Tiempos turbulentos



Hace menos de una semana, los líderes de la Eurozona se felicitaban por haber frenado la corrida contra la moneda común al comprometerse a respaldarla con un fondo de más de 900.000 millones de dólares, pero la ilusión duró muy poco. Al igual que la anterior, la semana pasada terminó con las bolsas en caída libre, el euro perdiendo valor y los políticos procurando ocultar el desconcierto que con toda seguridad sentían por lo que estaba sucediendo. Parecería que los ajustes drásticos anunciados por los gobiernos de Grecia, España y Portugal no sirvieron del todo para impresionar a los mercados financieros. Antes bien, habrán convencido a los inversores de que a los tres países les aguardaban años de estancamiento y agitación social que, tarde o temprano, los obligarían a abandonar el euro. Tampoco ayudó a restaurar la calma la versión de que el presidente francés, Nicolas Sarkozy, había amenazado con sacar su país de la Eurozona a menos que el gobierno alemán subordinara todo lo demás a la defensa de la moneda. En los meses que siguieron a la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers, virtualmente todos los gobiernos coincidieron en que la crisis resultante se había debido a la codicia insaciable de financistas irresponsables y que “la solución” consistiría en forzarlos a respetar reglas más severas, pero ya es evidente que subestimaron la gravedad de los problemas enfrentados por la economía mundial. Lo que está en juego ahora no es la rentabilidad de los grandes bancos y fondos de inversión sino el estándar de vida de miles de millones de personas de las cuales muchas, sobre todo en los países desarrollados, se habían acostumbrado a creer que siempre contarían con un ingreso suficiente como para permitirles mantener su nivel de gastos. Aunque muchos entenderán que durante años han vivido por encima de sus medios endeudándose y que en adelante tendrán que apretarse el cinturón, hacerlo no les será nada fácil cuando los ahorros pueden desaparecer de un momento para otro, como sucedió en nuestro país en el 2002, y los empleos razonablemente remunerados se hacen cada vez más escasos. Puede que el panorama económico ante los europeos, norteamericanos y japoneses actuales sea decididamente menos intimidante de lo que fue medio siglo atrás, pero hay motivos para suponer que, a diferencia de sus antecesores, la mayoría no estará en condiciones anímicas de hacer frente a la adversidad. Ahora bien: desde hace décadas teóricos destacados han señalado que el centro de gravedad de la economía internacional propende a trasladarse de los países del Atlántico norte hacia los del Pacífico, pero pocos se han preocupado por el eventual impacto del cambio así supuesto en la vida de millones de europeos. Como los norteamericanos, los que presuntamente se verán perjudicados han dado por descontado que la transición sería indolora y que podrían seguir prosperando en base a las ventajas tecnológicas y educativas que han acumulado. ¿Será así? La idea de que los norteamericanos, europeos y japoneses se encargaran de las tareas sofisticadas, dejando en manos de los chinos, indios y otros las más rudimentarias, ya parece aventurada, porque los asiáticos han resultado ser perfectamente capaces de desempeñarlas. La crisis que está agitando la Eurozona puede atribuirse en buena medida a la conciencia tardía de que los griegos, españoles y otros no son “competitivos” con los alemanes y por lo tanto no tienen derecho a disfrutar de ingresos comparables, pero pronto no podrán competir con centenares de millones de asiáticos que sean tan bien instruidos como ellos pero que están habituados a ingresos muy inferiores. Por lo demás, dentro de poco el grueso de los norteamericanos podría encontrarse en una situación similar. Que éste sea el caso puede considerarse irónico en vista de que durante décadas los líderes de los países ricos procuraron convencer a los chinos e indios de que les convendría adoptar cuanto antes el sistema capitalista. Su prédica en tal sentido resultó exitosa, puesto que los chinos abandonaron el comunismo y los indios su variante notoriamente letárgica del socialismo democrático, pero, por desgracia, no previeron que el triunfo del “modelo” capitalista occidental en otras partes del mundo tendría consecuencias nefastas para muchas partes del Occidente mismo.


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