Arza y toma
por: RAUL LOPEZ
rualnego@hotmail.com
Cuando uno las ve bailar pareciera como si todo se detuviera, sin embargo un vértigo de zapateo y música se apoderan del lugar donde estén. Mire, yo le cuento como espectador, aunque es muy difícil ser sólo un espectador mirando bailar flamenco; algo cautivante empieza a gobernarnos por dentro desde la primer danza; llámele piel de gallina, una ligera taquicardia, el rostro expectante y penetrado del espectador que tenemos enfrente que es nuestro fiel reflejo, nuestro espejo del momento.
Ver bailar flamenco es apasionante porque en sí el flamenco es pasión y misterio, los ojos crean una dependencia hacia el 'tablao' y quieren más y más. Es «para macana», me dice Eleana Rojas, la principal gestora de la compañía Arza y Toma, es una macana esto de meterse a bailar flamenco y me explica que eso mismo que sentimos los espectadores lo sienten ellas mismas al bailar; visto así diríamos que el diálogo mágico se concreta magníficamente desde el escenario al público. Para ella es una forma de vivir en su totalidad, «gracias al flamenco la vida me ha puesto más monedas que las que yo le he dado» dice ella agradecida.
Esta danza es universal pero en gran parte representa la cultura gitana (marginada como pocas). Para la mujer significa algo tan importante como lo es poder expresarse, es su modo de expresión. Todo explota dentro de ellas cuando están en el 'tablao', toda la represión y las emociones contenidas se exacerban de una manera que da la impresión de que un zapateo hace temblar la tierra y nos hace temblar a nosotros.
El flamenco tiene una cadencia distinta a las demás danzas quizá, de una sensualidad tan fuerte que sólo utiliza para seducir partes del cuerpo que no son las comunes, digamos cola o pechos, lo que no se muestra seduce, polleras largas y unas caras con expresiones tan especiales que a uno lo atrapan más allá de un deseo sexual. «El rostro de una bailaora es la parte más jonda» (hondo, muy hondo), es, diría, orgásmica. Es el sexo, que si bien es netamente visceral, no tiene que ver con las partes erógenas. Extraño y misterioso, apabullante y bello. Del plexo solar sale toda esa energía desbordante;
Eleana se toca el centro del pecho y me dice: «Yo a esto lo llamo, aunque seas mi muerte».
La mujer gitana, en su baile, vuelve a enamorar al marido «Esa es mi mujer» dice él; «estas son tus caderas» le dice ella desde su danza.
Volviendo a mi sitio de mero espectador puedo decir que con cada mujer que veo bailar flamenco me ocurren cosas distintas, es como si cada una de ellas me contara una historia diferente, desde sus rostros, desde esa violencia o esa gracia que me hacen llegar con tanta facilidad. Como dije anteriormente Eleana Rojas es la gestora fundamental de la compañía Arza y toma, la que me sigue explicando que es muy difícil regresar después de haber bailado, a veces se tardan horas, a veces una semana; cuando una baila es solamente una, es un baile netamente individualista; y se atreve a decir que las payas (la mujer que no es gitana) no baila flamenco.
Eleana comenzó en el año 2001 con la idea de montar un espectáculo y viajar dos o tres veces a presentarlo. Desde esa idea simple fue fluyendo lo que es hoy la compañía que además de ofrecer su danza por toda la zona también tiene una academia que comenzó con dos alumnas y ahora suma una cantidad de personas atrapadas inexorablemente en este arte.
Mire, cuando veo bailar flamenco también pienso en eso de las monedas. Es puro goce y temblor. Y este fin de semana me voy a empachar viéndolas bailar.
¡Y olé!
por: RAUL LOPEZ
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