Aterrizajes forzosos en avenidas y rutas

El teniente Julio Cesar Piñón tiró el timón hacia atrás. Un gesto último para intentar levantar la nariz del avión. Inútil. El Gloster Meteor siguió descendiendo y topó con una avenida de Morón. Se arrastró y desintegró en varios centenares de metros.

Con su final llegó el del piloto y el de varias personas que transitaban por el lugar.

Sucedió en el ´61.

Y el de este Gloster – uno de los primeros aviones a reacción del mundo y de los cuales Juan Perón compró más de un centenar durante su primer gobierno – es uno de los antecedentes más dramáticos protagonizados en el país por aviones que se «meten en la calle».

Porque en las rutas es al menos sino habitual, menos extraño.

Al promediar los ´60 dos profesionales de La Plata en un Citröen 2 CV luchaban contra el viento por la ruta 3 hacia Comodoro Rivadavia. De golpe, el auto tembló.

Entre aturdidos y aterrorizados, los ocupantes se agacharon. Cuando levantaron la vista vieron adelante de ellos un avión que carreteaba con rumbo sur. Corrió y corrió.

Cuando los «citronistas» llegaron junto a la máquina – un Panter de la Armada, veteranos de Corea – el piloto ya la había colocado a un costado de la ruta y les hacía dedo.

El avión había entrado en emergencia y la 3 fue su única alternativa.

Y en Carmen de Patagones, hace más de 40 años, vivía un ingeniero nacionalista e inteligente. Era piloto civil y su apellido López Jouve.

Cuentan que en verano se divertía siguiendo a poca altura los autos que transitaban rumbo al balneario El Cóndor, distante 30 kilómetros de Viedma y por entonces de tierra.

Pero su audacia se expresó al máximo un día en que los lancheros que unen Patagones con Viedma vieron pasar al ras del agua a un avión pequeño y amarillo, y enfilar hacia el puente ferrocarretero, tres kilómetros río abajo.

Repitió la maniobra dos o tres veces. Y de golpe se largó por debajo del tablero del puente y entre dos de los pilares que lo sostienen. Poca altura y poco ancho para el desafío. Pero pasó.


El teniente Julio Cesar Piñón tiró el timón hacia atrás. Un gesto último para intentar levantar la nariz del avión. Inútil. El Gloster Meteor siguió descendiendo y topó con una avenida de Morón. Se arrastró y desintegró en varios centenares de metros.

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