Bach y la política
Por Osvaldo Alvarez Guerrero
La primera idea que tenemos de Johann Sebastian Bach es la de un músico religioso, cristiano y alemán, dedicado por entero a honrar a Dios en las iglesias. Por razones que merecerían disquisiciones que no vienen ahora al caso, la impresión que nos da su música de iglesia está asociada a la muerte y a la fe en una existencia supraterrenal. Es casi seguro que cuando alguien de menor cultura artística oye alguna de sus composiciones (un fragmento, pues escucharla con atención aplicada exige esfuerzos intelectuales y algún ensimismamiento) exclamará, como lo hacía cierta empleada que supo ayudarnos en tareas de la casa: “¡Esa es música de muerte..!” El cultor de la música clásica sabe, además, que Bach se adscribe al estilo barroco tardío (fines del siglo XVII y principios del XVIII), que su obra subsume una formidable técnica polifónica y un sentido metafísico de alta abstracción, que alcanza una sublimidad poética casi sin parangones en la Historia occidental.
Bach sería, así, un artista puro, cuya música está incontaminada de literatura y de las artes plásticas, y que recibe su inspiración de sí misma, de las creencias religiosas y de las tradiciones populares, más específicamente de la música coral alemana que se ejecutaba en los templos protestantes. Burgués típico, honestamente dedicado a su oficio; poeta solitario, de ejemplar conducta familiar, conservador en sus prácticas, alejado de las ambiciones de la fama, tan frecuentes en la vida de los artistas, son connotaciones personales difundidas por los biógrafos de Bach. Su figura aparece, pues, con una “geometría” de abstracta vitalidad; sin pasiones románticas, protector de su privacidad, sin inquietudes políticas ni influencias colectivas que no fueran las de la Iglesia y el mundo de la música.
Desde luego, con ser cierta, esta idea de Bach es parcial e insuficiente. Quizá este aniversario, que será proficuo en homenajes, revisiones y nuevos estudios, nos muestre algunas otras caras del gran músico.
Bach vivió entre 1685 y 1750 en Prusia, durante los reinados de Federico Guillermo (el rey soldado) y su hijo Federico II, el Grande). En ese período histórico de monarcas absolutos, con señores feudales y burguesías urbanas que estaban perdiendo sus anteriores prerrogativas, se conformó entre infinitas guerras la gran tradición absolutista, militarizada y rígidamente sometida, que forma parte de la tradición prusiana vulgarizada por los historiadores. Parece que antes de este absolutismo político, aquella parte del territorio alemán tenía estructuras sociales y económicas más democráticas, asentadas en poderes municipales con relativa autonomía y una más equilibrada participación popular. Las reformas religiosas de Lutero habían posibilitado allí las características del individualismo moderno. Esa ética protestante sería para Max Weber la génesis del capitalismo liberal. Pero la dinastía de los Hoenzollern, con sus Federico, instituyó con sistemática ferocidad un estado militar burocrático. Y en menos de cincuenta años convirtió pacíficas comarcas en un imperio expansionista, con ejércitos permanentes de doscientos mil hombres en estado de superlativa belicosidad. En ese régimen muchos historiadores creen descubrir, a su vez, los orígenes del nazi fascismo hitleriano.
El Estado era todo en Prusia, y el individuo no era nada. ¿Cómo mantenerse al margen de tan abrupta revolución política autoritaria, por más artista que uno fuese? Ese tipo de contexto sociopolítico no despolitiza a los hombres, sino que por el contrario los politiza masivamente en extremo. Pues todo lo que puede hacer tiene origen y objetivos de asimilación política con el poderoso.
¿Qué hizo Bach en esos períodos de cambio drástico? Una lectura cuidadosa de su vida, en apariencia tan lineal y apartada de la mudanza impuesta por el totalitarismo, nos va mostrando indicios contradictorios. Bach persiguió con denuedo cargos bien remunerados como maestro y compositor de música por encargo, en los Concejos Municipales y en las organizaciones eclesiásticas locales. Y los obtuvo. Debía componer música para cada misa dominical y para cada festividad religiosa, civil o militar. Y lo hizo.
Casi la mitad de su obra musical es profana, esto es, no destinada a los ritos del templo. La mayor parte de ella se ha perdido, pero lo que nos queda (los conciertos brandeburgueses, las obras para clave y las suites danzantes) muestran esa condición laica. Compuso música de circunstancias para entretener a aristócratas durante las jornadas de caza, para combatir el abuso del consumo de café, para cantar las glorias del paisaje alemán; y odas a las victorias de la guerra y a los jefes militares, a profesores universitarios y burócratas locales, cantatas para resaltar figuras de la mitología griega y trabajos para otras múltiples ocasiones no precisamente vinculadas con la mística religiosa. Las escribió con entusiasmo, utilizando técnicas innovadoras y una imaginación llena de alegría y vitalidad.
Lo notable es que muchas partes, compuestas originariamente para halagar y divertir a príncipes, duques o burócratas locales, las traspuso luego sin empacho alguno a textos de homenaje a la Divinidad, en oratorios que se interpretan hoy con unción religiosa. Más de una vez Bach cambió a Federico II por Dios Padre o Hijo.
En 1747 alcanzó a conocer personalmente al rey. Y escribió, sobre un burdo tema dictado por el propio Federico, unas maravillosas variaciones conocidas como la Ofrenda Musical. La dedicatoria que le envió al déspota ilustrado, refleja tanto la actitud del artista ante el poder, como el grado abyecto con que éste se ejercía respecto de los súbditos.
Pero ello no quiere decir que Bach haya renunciado a su dignidad profesional, a la defensa de su salario y a las exigencias de admiración respecto de sus iguales y superiores plebeyos. Son innumerables las reyertas y pleitos académicos, las competencias y hasta intrigas por obtener mayores ganancias y mejores puestos, en las que Bach demuestra una enérgica consideración de sus derechos. En ese campo, su individualismo y su rebeldía de artista no cedieron.
Los vínculos de Bach con la sociedad y la política de su tiempo de crisis, tan plagado de convulsiones inescapables, no han sido motivo, hasta ahora y que yo conozca, de estudios particularizados. La grandeza de su creación, sin embargo, no quedaría empañada por ello. Por el contrario, su obra se agigantaría asimilándola a las perfecciones a las que puede llegar la criatura humana cuando conjuga razón, talento e imaginación. Sólo se vería mellado el mito que lo reduce a músico de Dios en la Tierra.
La primera idea que tenemos de Johann Sebastian Bach es la de un músico religioso, cristiano y alemán, dedicado por entero a honrar a Dios en las iglesias. Por razones que merecerían disquisiciones que no vienen ahora al caso, la impresión que nos da su música de iglesia está asociada a la muerte y a la fe en una existencia supraterrenal. Es casi seguro que cuando alguien de menor cultura artística oye alguna de sus composiciones (un fragmento, pues escucharla con atención aplicada exige esfuerzos intelectuales y algún ensimismamiento) exclamará, como lo hacía cierta empleada que supo ayudarnos en tareas de la casa: “¡Esa es música de muerte..!” El cultor de la música clásica sabe, además, que Bach se adscribe al estilo barroco tardío (fines del siglo XVII y principios del XVIII), que su obra subsume una formidable técnica polifónica y un sentido metafísico de alta abstracción, que alcanza una sublimidad poética casi sin parangones en la Historia occidental.
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