Barbie non grata
Asustado por el desmoronamiento del superávit comercial que hasta ahora ha sido uno de los dos pilares del “modelo” kirchnerista, el gobierno ha decidido que la única forma de mantenerlo en pie consiste en bloquear las importaciones. La víctima más reciente de la estrategia oficial es la muñeca Barbie, de procedencia norteamericana, a la que le ha prohibido entrar en el territorio nacional. Tampoco podrán hacerlo muchos otros juguetes conocidos. Se trata de una medida que con toda seguridad será del agrado de aquellos ideólogos que la creen, como el pato Donald y el ratón Mickey, una agente del imperialismo cultural yanqui, aunque en esta ocasión los motivos de la ucase gubernamental tienen menos que ver con el peligro planteado por el juguete que con la voluntad oficial de proteger a los fabricantes locales. Según la ministra de Industria, Débora Giorgi, lo que tiene en mente el gobierno es promover “la sustitución de importaciones, generar más producción y más trabajo en la Argentina”. La estrategia autárquica así supuesta dista de ser nueva, ya que muchos gobiernos anteriores han procurado acercarse al ideal nacionalista de “vivir con lo nuestro” pero por desgracia los resultados de los esfuerzos en tal sentido han sido negativos, ya que sólo han servido para consolidar el atraso. En cuanto al impacto en la balanza comercial de la ampliación de la lista negra de productos efectivamente prohibidos, a juicio de la mayoría de los especialistas será insuficiente para asegurar que el país siga beneficiado por el abultado superávit al que se ha acostumbrado. Asimismo, se da el peligro de que los países perjudicados por dichas medidas elijan tomar represalias, como ya hizo China al negarse a comprar aceite de soja por razones supuestamente sanitarias. Por lo demás, convendría tomar en cuenta el efecto sobre nuestra imagen internacional de la postura claramente proteccionista asumida por un gobierno que dice querer que la Argentina se reintegre al “mundo” pero que sigue adoptando políticas destinadas a prolongar el aislamiento, recordándoles a los demás países que no tiene la menor intención de acatar las reglas que todos reivindican. Con escasas excepciones los economistas más respetados prevén que el proteccionismo cada vez más explícito del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner significará más inflación, y en consecuencia la reducción del poder adquisitivo de los consumidores, y menos inversiones. Por cierto, las medidas que se han tomado no ayudarán a que la industria local se haga más competitiva. Al contrario, sin tener que preocuparse por “invasores” que, según los lobbies sectoriales, son sistemáticamente desleales porque venden sus productos a precios irrisorios, nuestros empresarios podrán continuar ganando mucho dinero produciendo bienes de calidad inferior pero así y todo costosos. Aun cuando entiendan muy bien que, como ha ocurrido tantas veces en el pasado, llegará el momento en que el gobierno actual o su sucesor optará por derribar la muralla protectora, pocos aprovecharán la oportunidad para prepararse para el día en que se vean obligados a competir en pie de igualdad con los norteamericanos, europeos, japoneses, surcoreanos, chinos y otros. Antes bien, se limitarán a disfrutar del privilegio de contar con un mercado cautivo. El que el gobierno kirchnerista se haya sentido constreñido a multiplicar las trabas a la importación ha incidido en el clima de incertidumbre que se respira. Aunque el consenso es que, siempre y cuando no se modifique abruptamente la coyuntura internacional, por ahora el país no corre el riesgo de experimentar una crisis muy grave, el reconocimiento de que la industria local sencillamente no está en condiciones de hacer frente a la competencia externa, más la preocupación provocada por una tasa de inflación muy alta y la agitación sindical, brindan la impresión de que el “modelo” oficial tiene los días contados, de suerte que tarde o temprano el gobierno tendrá que introducir algunos cambios drásticos. Aleccionados por la experiencia, tanto los empresarios como el resto de la población saben que, una vez más, el esquema económico vigente es a la larga insostenible porque depende demasiado de la voluntad de los líderes de un gobierno determinado, no de sus méritos intrínsecos.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 8 de marzo de 2011
Asustado por el desmoronamiento del superávit comercial que hasta ahora ha sido uno de los dos pilares del “modelo” kirchnerista, el gobierno ha decidido que la única forma de mantenerlo en pie consiste en bloquear las importaciones. La víctima más reciente de la estrategia oficial es la muñeca Barbie, de procedencia norteamericana, a la que le ha prohibido entrar en el territorio nacional. Tampoco podrán hacerlo muchos otros juguetes conocidos. Se trata de una medida que con toda seguridad será del agrado de aquellos ideólogos que la creen, como el pato Donald y el ratón Mickey, una agente del imperialismo cultural yanqui, aunque en esta ocasión los motivos de la ucase gubernamental tienen menos que ver con el peligro planteado por el juguete que con la voluntad oficial de proteger a los fabricantes locales. Según la ministra de Industria, Débora Giorgi, lo que tiene en mente el gobierno es promover “la sustitución de importaciones, generar más producción y más trabajo en la Argentina”. La estrategia autárquica así supuesta dista de ser nueva, ya que muchos gobiernos anteriores han procurado acercarse al ideal nacionalista de “vivir con lo nuestro” pero por desgracia los resultados de los esfuerzos en tal sentido han sido negativos, ya que sólo han servido para consolidar el atraso. En cuanto al impacto en la balanza comercial de la ampliación de la lista negra de productos efectivamente prohibidos, a juicio de la mayoría de los especialistas será insuficiente para asegurar que el país siga beneficiado por el abultado superávit al que se ha acostumbrado. Asimismo, se da el peligro de que los países perjudicados por dichas medidas elijan tomar represalias, como ya hizo China al negarse a comprar aceite de soja por razones supuestamente sanitarias. Por lo demás, convendría tomar en cuenta el efecto sobre nuestra imagen internacional de la postura claramente proteccionista asumida por un gobierno que dice querer que la Argentina se reintegre al “mundo” pero que sigue adoptando políticas destinadas a prolongar el aislamiento, recordándoles a los demás países que no tiene la menor intención de acatar las reglas que todos reivindican. Con escasas excepciones los economistas más respetados prevén que el proteccionismo cada vez más explícito del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner significará más inflación, y en consecuencia la reducción del poder adquisitivo de los consumidores, y menos inversiones. Por cierto, las medidas que se han tomado no ayudarán a que la industria local se haga más competitiva. Al contrario, sin tener que preocuparse por “invasores” que, según los lobbies sectoriales, son sistemáticamente desleales porque venden sus productos a precios irrisorios, nuestros empresarios podrán continuar ganando mucho dinero produciendo bienes de calidad inferior pero así y todo costosos. Aun cuando entiendan muy bien que, como ha ocurrido tantas veces en el pasado, llegará el momento en que el gobierno actual o su sucesor optará por derribar la muralla protectora, pocos aprovecharán la oportunidad para prepararse para el día en que se vean obligados a competir en pie de igualdad con los norteamericanos, europeos, japoneses, surcoreanos, chinos y otros. Antes bien, se limitarán a disfrutar del privilegio de contar con un mercado cautivo. El que el gobierno kirchnerista se haya sentido constreñido a multiplicar las trabas a la importación ha incidido en el clima de incertidumbre que se respira. Aunque el consenso es que, siempre y cuando no se modifique abruptamente la coyuntura internacional, por ahora el país no corre el riesgo de experimentar una crisis muy grave, el reconocimiento de que la industria local sencillamente no está en condiciones de hacer frente a la competencia externa, más la preocupación provocada por una tasa de inflación muy alta y la agitación sindical, brindan la impresión de que el “modelo” oficial tiene los días contados, de suerte que tarde o temprano el gobierno tendrá que introducir algunos cambios drásticos. Aleccionados por la experiencia, tanto los empresarios como el resto de la población saben que, una vez más, el esquema económico vigente es a la larga insostenible porque depende demasiado de la voluntad de los líderes de un gobierno determinado, no de sus méritos intrínsecos.
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