Barranca Yaco

Por Abel Sandro Manca

Durante la gobernación del Dr. Manuel V. Maza, en la provincia de Buenos Aires, el norte del país se encontraba convulsionado. Se había desencadenado una lucha entre los gobernadores Latorre, de Salta, y Heredia, de Tucumán. Maza, de acuerdo con Rosas, solicitó al general Quiroga -quien entonces residía temporariamente en Buenos Aires con su esposa e hijas- que se hiciera presente en el escenario de esa guerra civil y apaciguara los ánimos de esos caudillos que, sin duda, escucharían al general por varios motivos: su prestigio en el norte, su astucia política y el hecho de que ambos gobernadores estaban en el gobierno gracias al triunfo de Quiroga en la batalla de La Ciudadela.

El 18 de diciembre de 1834 partió el general Juan Facundo Quiroga hacia el norte y en el trayecto se enteró de que el mandatario tucumano Heredia había derrotado al salteño Latorre, quien además fue asesinado.

El 5 de febrero los gobernadores de Tucumán y Santiago del Estero, el ministro representante de Salta y el comisionado Quiroga firmaron un acuerdo en Santiago por el que estipulaban: «El pacto solemne de combatir la fatal idea de incorporar Jujuy a Bolivia, que fue una de las causas que motivaron el conflicto». Además los gobernadores querían dejar sentado en el documento sus posturas en favor de la organización constitucional. Quiroga, quien coincidía con ese planteo, sin embargo defendió las ideas de Rosas, influenciado por la llamada Carta de Figueroa, que éste le había entregado cuando emprendió su viaje y en la que explicaba sus razones para considerar que aún no era el momento oportuno para la organización constitucional del país. Con el documento se estableció la paz y se dejó sentada la voluntad de que no fuera demorada la organización nacional. El riojano había cumplido bien su misión.

Antes de emprender su viaje de regreso desde Santiago, el gobernador Ybarra le ofreció una escolta segura porque había rumores de que en la provincia de Córdoba, sus enemigos, los hermanos Reynafé, tenían la intención de eliminarlo. Quiroga no era hombre de escuchar a nadie y confiaba en su «buena estrella». Agradeció ese y otros ofrecimientos de gente amiga, y los rechazó.

El 13 de febrero partió, acompañado por su secretario, el ex gobernador de San Luis, Dr. Santos Ortiz y dieciséis postillones. Facundo viajaba mudo en la tambaleante diligencia, como dijo Borges «iba al muere en coche». Antes de llegar a la Posta de Ojo de Agua, un joven les avisó que en las inmediaciones del lugar llamado Barranca Yaco estaba apostada una partida, con la intención de matar a toda la comitiva. Les ofreció su hacienda próxima, para después tomar otro camino más seguro. Facundo le agradeció y le dijo: «A un grito mío, esa partida mañana se pondrá a mis órdenes y me servirá de escolta hasta Córdoba».

En la noche anterior al crimen, cuando estaban alojados en la Posta de Ojo de Agua, un vecino se acercó al Dr. Ortiz para informarle lo que ya no era un misterio, si no estaba en boca de todos, en Barranca Yaco los esperaba la muerte. Quiroga, inmutable, ordenó preparar algunas armas y se echó a dormir diciendo «que para eso se había inventado la noche».

En la madrugada del 16 de febrero partieron, se había agregado un adolescente, hijo de un postillón. En el mediodía, un calor sofocante agobiaba a los viajeros y en el lugar indicado, a dieciocho leguas al norte de la ciudad de Córdoba, el capitán Santos Pérez, un bandido de averías que comandaba la partida, hizo oír su voz, diciendo: ¡Haga alto esa galera! Hay distintas versiones de los historiadores sobre cuáles fueron las últimas palabras que pronunció Facundo cuando asomó su cabeza en una de las ventanillas de la diligencia:

«Aquí va el general Quiroga» «¿Qué significa esto? Que se acerque el jefe de la partida» «¿Quién manda esta partida?» En lo que todos coinciden es que Santos Pérez, como respuesta, con un certero balazo le perforó el ojo izquierdo, provocándole una muerte instantánea. Tenía 46 años. Luego el Dr. Ortiz y los dieciséis postillones fueron acuchillados y degollados sin piedad. Como la orden era que no quedara vivo un solo testigo, fue también asesinado el hijo del postillón. Una tradición cordobesa asegura que el bandido Pérez no pudo hasta el final de sus días conciliar el sueño, pues se le presentaban con dramática puntualidad los gritos de la inocente víctima degollada. Un correo y un ordenanza, que seguían con retraso el carruaje, salvaron milagrosamente sus vidas escondiéndose en la espesura del bosque.

Después de una fuerte tormenta de verano, encontraron los caballos sacrificados, la diligencia vacía y ensangrentada y los cuerpos diseminados de Facundo y sus compañeros de viaje.

La trágica noticia llegó a Buenos Aires el 3 de marzo. Se suspendieron lo festejos del carnaval. El gobierno rindió homenaje a la personalidad del finado general y por decreto se dispuso que todos los empleados civiles y militares llevaran el luto que se acostumbraba para esos casos.

El crimen tuvo una repercusión inusitada en todo el país, especialmente en Córdoba y en Buenos Aires. La opinión pública comenzó a conjeturar sobre quién o quiénes podían haber sido los responsables de ese hecho incalificable. Si bien se comprobó que los hermanos Reynafé estaban complicados con el crimen, las sospechas recayeron sobre Rosas y Estanislao López, pero esto nunca pudo ser comprobado.

Durante el segundo gobierno de Rosas se realizó el juicio, que duró más de dos años. Fueron condenados a muerte los hermanos Vicente y Guillermo Reynafé, como principales instigadores; el capitán Santos Pérez, cuatro oficiales y tres soldados, sorteados entre los integrantes de la emboscada, fueron ejecutados el 25 de octubre de 1837. Los cadáveres de los hermanos Reynafé y Santos Pérez fueron expuestos en la plaza de la Victoria durante seis horas.

Así murió, hace 170 años, el llamado «Tigre de los Llanos», uno de los personajes más discutidos de nuestra historia. Pero nadie ha dudado de que su temeridad no tenía límites y que vivió convencido de que no había nacido quien fuera capaz de matarlo.


Durante la gobernación del Dr. Manuel V. Maza, en la provincia de Buenos Aires, el norte del país se encontraba convulsionado. Se había desencadenado una lucha entre los gobernadores Latorre, de Salta, y Heredia, de Tucumán. Maza, de acuerdo con Rosas, solicitó al general Quiroga -quien entonces residía temporariamente en Buenos Aires con su esposa e hijas- que se hiciera presente en el escenario de esa guerra civil y apaciguara los ánimos de esos caudillos que, sin duda, escucharían al general por varios motivos: su prestigio en el norte, su astucia política y el hecho de que ambos gobernadores estaban en el gobierno gracias al triunfo de Quiroga en la batalla de La Ciudadela.

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