Blanco equivocado
De anotarse los populistas un nuevo triunfo contra el FMI, el derrotado sería, una vez más, el país.
Hasta hace poco, los caciques políticos más notorios del país parecían estar tratando de convencerse de que el FMI, lejos de ser el monstruo cruel y absurdamente riguroso del mito populista, era en realidad un organismo acaso severo pero aun así bondadoso que pronto mostraría sus cualidades perdonándoles sus pecados anteriores y entregándoles varios miles de millones de dólares «frescos». Por motivos recónditos, suponían que sus esporádicas manifestaciones de realismo relativo servirían para que los técnicos del Fondo se apiadaran del país reanudando el envío de los subsidios regulares a los que se había acostumbrado. Ultimamente, empero, la actitud de muchos dirigentes de esta especie ha cambiado. Al difundirse la sensación de que el FMI no se hacía rogar insistiendo en la necesidad de equilibrar el presupuesto reduciendo los gastos sino que hablaba tan en serio que no modificaría su posición hasta ver evidencia de que se tomaban medidas concretas en dicho sentido, personajes como el radical Raúl Alfonsín, el peronista Humberto Roggero y muchos otros se han puesto a atacarlo con vehemencia creciente. Según el ex presidente, la culpa de todo la tienen «las recetas estúpidas del FMI», lo cual sugiere que a diferencia del presidente actual, Eduardo Duhalde, cree que al país le iría mucho mejor si dejara de prestar atención a los consejos del máximo verificador de cuentas mundial, mientras que Roggero ha protestado contra la postura a su juicio supina del gobierno. Huelga decir que su hostilidad hacia el FMI no ayudará en absoluto a Duhalde, no porque Anoop Singh y los demás funcionarios del organismo se tomen a pecho los palabras de los dirigentes locales, sino porque comprenderán que el presidente no podrá convertir sus promesas en medidas efectivas.
Por ingenuidad en algunos casos pero por cinismo en otros, estos políticos que a su modo encarnan el statu quo quieren hacer creer a la ciudadanía que la Argentina está luchando contra el FMI, institución a la vez estúpida e imperialista, que Alfonsín, Roggero y los demás están resueltos a defender los intereses de la ciudadanía que están siendo amenazados por la rapacidad foránea, de manera que a todos les convendría desoír las exigencias conforme a las cuales las provincias tendrán que llevar a cabo ajustes suficientes como para permitirle al país sustraerse del pantano en el que está asfixiándose. Lo que no dicen los populistas es que, con dinero enviado por el FMI o sin él, al país no le será posible continuar costeando el Estado en su forma actual. La opción no es entre someterse al FMI por un lado y dejar las cosas como están por el otro, sino entre emprender reformas con los tranquilizantes que sólo aquella entidad está en condiciones de facilitarnos y hacerlo sin ningún tipo de anestesia. Desde un punto de vista «neoliberal», la segunda alternativa sería preferible porque enseñaría a los políticos y, con contundencia, a la ciudadanía, que les es inútil oponerse a las leyes básicas no tanto de la economía cuando de la matemática sencilla, pero sería de suponer que luego de pensarlo la mayoría preferiría la primera.
Desafortunadamente, la tercera opción, por llamarla así, que consistiría en defender con uñas y dientes al sector público tal y como es, negándose a aceptar cesantear a nadie, con la esperanza de que el resto de la economía pronto se recupere lo bastante como para poder subsidiarlo, sólo existe en la imaginación de ciertos políticos populistas. Habituados a tomar las estructuras que les han permitido prosperar por la Argentina misma, estos dirigentes siguen resistiéndose a entender que el ciclo así supuesto ya ha llegado a su fin y que no les será dado prolongarlo mucho más. Por supuesto que podrían «derrotar» al FMI, frustrando todas las medidas destinadas a complacerlo, obligándolo a irse – y, tal vez, a expulsar a la Argentina de su seno por encontrarla incorregible-, pero sucede que los costos de semejante triunfo no serían pagados por los funcionarios internacionales ni por los países ricos sino por todos los argentinos, salvo los integrantes de una pequeña minoría de privilegiados, pormenor éste que los luchadores suelen pasar por alto. Dicho de otro modo, de anotarse los populistas un nuevo triunfo, el derrotado sería, una vez más, el país.
Hasta hace poco, los caciques políticos más notorios del país parecían estar tratando de convencerse de que el FMI, lejos de ser el monstruo cruel y absurdamente riguroso del mito populista, era en realidad un organismo acaso severo pero aun así bondadoso que pronto mostraría sus cualidades perdonándoles sus pecados anteriores y entregándoles varios miles de millones de dólares "frescos". Por motivos recónditos, suponían que sus esporádicas manifestaciones de realismo relativo servirían para que los técnicos del Fondo se apiadaran del país reanudando el envío de los subsidios regulares a los que se había acostumbrado. Ultimamente, empero, la actitud de muchos dirigentes de esta especie ha cambiado. Al difundirse la sensación de que el FMI no se hacía rogar insistiendo en la necesidad de equilibrar el presupuesto reduciendo los gastos sino que hablaba tan en serio que no modificaría su posición hasta ver evidencia de que se tomaban medidas concretas en dicho sentido, personajes como el radical Raúl Alfonsín, el peronista Humberto Roggero y muchos otros se han puesto a atacarlo con vehemencia creciente. Según el ex presidente, la culpa de todo la tienen "las recetas estúpidas del FMI", lo cual sugiere que a diferencia del presidente actual, Eduardo Duhalde, cree que al país le iría mucho mejor si dejara de prestar atención a los consejos del máximo verificador de cuentas mundial, mientras que Roggero ha protestado contra la postura a su juicio supina del gobierno. Huelga decir que su hostilidad hacia el FMI no ayudará en absoluto a Duhalde, no porque Anoop Singh y los demás funcionarios del organismo se tomen a pecho los palabras de los dirigentes locales, sino porque comprenderán que el presidente no podrá convertir sus promesas en medidas efectivas.
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