«Bonita, asustada, banal adorno, cuadrito de época con su sonrisa helada»

Sofía Coppola plantea una película de champaña y fresas, lejos de la elocuencia de Danton, la implacabilidad de Robespierre o de Marat, Couthon o San Just en una Revolución que se avecinaba con ese gusto a rabia que los pueblos acumulan cada tanto hasta que estalla incontenible. La «María Antonieta…» de Sofía Coppola es una reina desconcertada con una Kirsten Dunst que está en las antípodas de la Helen Mirren que compone a «Isabel II» (tanto por su edad como por su sentido del Estado).

Estamos en presencia de un prolongado videoclip, con un montaje nervioso a la manera de Scorsese y una protagonista bonita y asustada, banal adorno, cuadrito de época con su sonrisa helada. Importan más los perfumes, la ropa y la pastelería en la línea que impone el texto de Stefan Zweig y aquella concepción de que «todos los acontecimientos históricos son el reflejo de conflictos íntimos» cuando no se deja llevar por la complaciente descripción de la escritora Antonia Frazer en cuyo libro basa su historia.

Sofía Coppola lo convirtió en un filme para diseñadores (Balenciaga, Oscar de la Renta, Chanel, Christian Lacroix), con vaporosos diseños rococó, zapatitos de diferentes colores y modelos, volados, puntillas, moños y corsés; pelucas y pedrería. Todo en esas dos horas de perfumes a flor de piel y piojos en el cuerpo, que termina siendo un tributo entre la empatía y la compasión que ya se vio en los Estados Unidos y en Europa.

El reparto que completan Jason Schwartzman, Rip Torn, Molly Shannon, Judy Davis, Steve Coogan y Asia Argento, acompañan a esta María Antonieta que elude desde los jardines de Versalles su responsabilidad con un país famélico y propone su propia revolución desde el palacio. Humanizar a un personaje demonizado era cuanto menos arriesgado. La idea es que esta María Antonieta, además de joven, caprichosa, inconstante, insegura y a veces inconsciente, busca en la corte de Versalles su espacio, entre tanta falsedad e hipocresía. Pero esta anécdota no conmueve al margen del poderío visual viscontiano que practica Coppola. Y sus referencias al hambre y a la angustia de un pueblo se agotan en un plano.

La película ni siquiera es un preámbulo de la Revolución, sino más bien una convención con más ficción que realidad pero que se ajusta a los cánones de Hollywood. Frívola, chabacana, inocua y sobre todo vacía de contenido. La también autora de «Perdidos en Tokio» y «Las vírgenes suicidas» propone una película con incuestionable «glamour». La vida de su personaje, llena de lujos, fiestas y amores furtivos, ocupan casi todo el metraje, con la música de fondo de The Strokes o The Cure, en una transgresión de escaso vuelo.

 

FERNANDO FERREIRA

Télam

 


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