Brasil en caída libre
Los mercados aplaudieron la detención breve del aún muy popular expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, que tuvo que declarar ante un juez durante tres horas antes de ser liberado, por suponer que el episodio presagió la caída casi inmediata de su protegida, la presidenta Dilma Rousseff, pero sería necesario algo más que un cambio de gobierno para que Brasil se recupere de la grave crisis económica que está sufriendo. Si bien parece evidente que Dilma, atrapada como está en la red de corrupción que rodea la empresa estatal Petrobras que durante años sirvió como una caja política, nunca estará en condiciones de gobernar de manera eficiente, reemplazarla por alguien mejor no será nada fácil. Son tantos los políticos brasileños que han sido acusados de enriquecerse ilícitamente, lavar dinero de origen inconfesable, tener cuentas bancarias secretas en Suiza y, desde luego, dejarse sobornar por Petrobras, que aun cuando el eventual sucesor de Dilma resultara ser una persona intachable, le sería muy difícil formar un gobierno estable. Asimismo, no cabe duda de que los políticos vinculados con el Partido de los Trabajadores de Lula continuarán esforzándose por desprestigiar a sus adversarios, afirmando que son aún más corruptos que los oficialistas actuales. Mientras tanto, la economía brasileña sigue hundiéndose. Acaba de informarse que el año pasado se achicó el 3,8%, luego de haberse anotado un magro 0,1% de crecimiento en el 2014, y se prevé que este año la contracción sea del 3,45%. Brasil, pues, está en la fase inicial de una recesión generalizada de una magnitud no vista desde el siglo XIX. Se trata de una debacle que es casi tan imponente como la que está experimentando Venezuela. Aunque el derrumbe brasileño se debe en parte a la caída precipitada de los precios de casi todas las materias primas exportables, comenzando con el petróleo, también ha contribuido la escasa productividad de una economía que está poco habituada a la competencia. La industria brasileña, que tiene su epicentro en el estado de San Pablo, se desarrolló detrás de una multitud de barreras proteccionistas que se ven defendidas con tenacidad por el poderoso lobby paulista. Tal y como sucedió en nuestro país, merced al esquema elegido, los empresarios mismos se enriquecieron mucho, pero no se beneficiaron los trabajadores, cuyos ingresos permanecieron llamativamente inferiores a los percibidos por sus equivalentes en Europa Occidental, América del Norte y el Japón. Por algunos años, el boom de las commodities permitió tanto a los políticos como a los empresarios pasar por alto las deficiencias estructurales del modelo así supuesto, pero al llegar a su fin el superciclo, no tendrán más alternativa que tomarlas en cuenta, aunque es poco probable que opten por romper con una tradición que ha echado raíces muy profundas en su país. No bien logró Dilma ganar las elecciones presidenciales del 2014, en las que derrotó al senador Aécio Neves, al que acusó de querer llevar a cabo un ajuste neoliberal, el kirchnerista Daniel Scioli basó su campaña de miedo en la de la mandataria brasileña. El gobierno resultante puso en marcha un programa de austeridad casi idéntico al atribuido a su rival. Lo hizo apostando a que, después de un período corto de retroceso, la economía, debidamente saneada por las medidas financieras tomadas, reanudaría el crecimiento para que Dilma recuperara la popularidad perdida. Desgraciadamente para ella y para la mayoría de los brasileños, el desplome de los precios de las commodities, la sensación entre los inversores internacionales de que no les convendría arriesgarse en Brasil y las denuncias de corrupción en gran escala se combinaron para frustrar sus planes. Aunque los más optimistas vaticinan que en el 2017 podría reiniciarse el crecimiento, los demás temen que al país más grande de América Latina le aguarden muchos años de estancamiento que tendrían un impacto sociopolítico sumamente negativo. Huelga decir que la Argentina se verá perjudicada por la crisis que está agitando al gigante vecino, si bien es de prever que el gobierno del presidente Mauricio Macri procure aprovecharla para conseguir algunas inversiones adicionales señalando que, pensándolo bien, los problemas estructurales de nuestro país son menos graves que los de Brasil.
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