Brasileños indignados
Parecería que en todas partes abundan personas, por lo común jóvenes, que se sienten tan frustradas por la realidad local que, para sorpresa de los gobernantes, en cualquier momento podrían celebrar protestas masivas. En algunos países, como los convulsionados por la llamada “primavera árabe”, Turquía, Rusia, China, España y Grecia, los motivos de los estallidos sociales son evidentes; el hastío provocado por décadas de dictadura, una reacción multitudinaria frente a la prepotencia de un régimen sectario, o la incapacidad de poner fin a una crisis económica que ha destruido millones de fuentes de trabajo y que amenaza con prolongarse por muchos años más. Sin embargo, encontrar explicaciones por lo que está ocurriendo en Brasil, donde la proliferación de protestas callejeras protagonizadas por muchedumbres de “indignados” ha desconcertado no sólo a los dirigentes sino también a todos los observadores, no ha sido tan fácil. Al fin y al cabo, Brasil no es una dictadura sino una democracia, acaso imperfecta pero así y todo vibrante en que todos pueden expresarse. El gobierno de la presidenta Dilma Rousseff, una mandataria que sigue disfrutando de un alto nivel de aprobación, no ha procurado obligar a todos a someterse a un culto religioso determinado o a una ideología particular; por el contrario, se ha destacado por su amplitud de miras. Y si bien el desempeño reciente de la economía brasileña ha sido muy decepcionante, no ha sufrido una caída tan dramática y, para la mayoría, tan inexplicable, como las del sur de Europa. Así y todo, durante días, los centros urbanos principales de Brasil han visto escenas violentas muy parecidas a las que ya son rutinarias en Turquía, Egipto y la periferia mediterránea de la Unión Europea. ¿De qué se trata, pues? Según quienes dicen hablar en nombre de los manifestantes, lo que repudian es el aumento del boleto de los colectivos en diversas ciudades, la voluntad del gobierno de gastar muchísimo dinero construyendo estadios en preparación para el Mundial de Fútbol que se celebrará el año que viene, dinero que en su opinión debería ser invertido en los servicios sociales, la corrupción ubicua y, por supuesto, la ya habitual brutalidad policial. Son quejas puntuales, de legitimidad indiscutible, pero de por sí no bastan como para hacer más comprensible la erupción repentina e imprevista de ira de centenares de miles de personas convocadas a través de las redes sociales. Parecería que detrás de la furia está la sensación de que Brasil no está a la altura de las expectativas de los jóvenes, que a pesar del triunfalismo de una clase política que da por descontado que su país ya se ha erigido en una gran potencia regional y pronto formará parte de la elite mundial, la realidad cotidiana tiene muy poco que ver con la imagen internacional así supuesta. Estarán en lo cierto. Brasil no ha dejado de ser un país relativamente pobre, de políticos a menudo corruptos e instituciones públicas deficientes, pero que éste sea el caso dista de ser una novedad. Tampoco lo es que en Brasil el oficialismo sea propenso a exagerar las bondades de su gestión mientras que los opositores intenten aprovechar las lacras, atribuyéndolas al gobierno, como sucede en los demás países democráticos. Con todo, si bien la impaciencia que tantos claramente sienten puede comprenderse, llevar a cabo los cambios necesarios para que Brasil sea un país de sociedad más próspera y más equitativa, con un buen sistema educativo, hospitales adecuados, policías mejor preparados, políticos más honestos y una economía que sea capaz de suministrar todos los empleos y los bienes que hoy en día se juzgan imprescindibles, serían necesarios años, tal vez decenios, de esfuerzos muy duros. Mal que les pese a los brasileños que están protestando, y a sus contemporáneos de actitudes similares del mundo árabe, Turquía, Irán, Rusia, China y Europa, no hay atajos que les permitirían soslayar las dificultades que obstaculizan el camino hacia el país mejor que tantos están reclamando. Por lo demás, incluso en sociedades tan ricas como la sueca, alemana, británica, francesa y norteamericana, pueden detectarse síntomas de frustración apenas tolerable en jóvenes que se han convencido de que merecen una vida radicalmente distinta a la que, creen, les ha tocado.