Brunel: muerte y resurrección de un bandido
Por Francisco N. Juárez
Al despuntar el siglo XX la Patagonia era la nueva patria para los pioneros. A la vez que se esperaba la definición fronteriza, el dilatado territorio resultaba imposible de vigilar metro a metro. Esa dificultad lo tornaba propicia para bandidos cuyos nombres se pronunciaban en las tertulias entre la prudencia y el temor: Sepúlveda, Balderrama, Montenegro y, sobre todo Asensio (a veces con su última «s» transformada en «c») Brunel. Sus andanzas se rastrean en pocos esquilmados archivos, mutiladas hemerotecas y en salpicados tramos de libros.
El árbitro inglés designado para el laudo del conflicto argentino-chileno, coronel Thomas H. Holdich, aludiría en sus crónicas a un herido, moribundo y escarchado Asensio Brunel y lo mismo haría el pionero de la estancia Fitz Roy, Andreas Madsen en Patagonia Vieja. También Clemente Onelli lo incorporó en su libro Trepando los Andes. Más de una década de correrías obligó a poner su nombre en boca de los gobernadores patagónicos, ya que asolaba los territorios desde Río Negro al estrecho de Magallanes.
Julio B. Lezama del Chubut y Gregorio Aguirreberry de Santa Cruz se inquietaban con las apariciones casi fantasmales de Brunel. El presidente Roca supo del bandido y firmaría un decreto para ayudar a capturarle.
Pero era hombre difícil. Si era cierto que comía sólo lengua de yegua, sería el secreto de su agilidad. Montaba en pelo con desdén por las monturas o saltaba de un caballo al que enseñaba a correr en paralelo. También se dice que alzó a la carrera a una muchachita aborigen en medio en un camaruco en el que irrumpió y fugó como un relámpago. Se evadió dos veces. Una, en el parejero del comisario de Gallegos luego que, escaso de tabaco, entró en el ralo poblado: fue descubierto y engrillado. Otra, cayendo desde una ventana del cuartel de Trelew sobre su pingo. En esa historia oral parece haberse iniciado en el delito tras matar por celos en Punta Arenas -según Onelli-, robar dos caballos y galopar 6 horas para cruzar a la Argentina. El mismo contó que quedó sujeto a las policías de uno y otro lado. Lo premiaban por robar en territorio vecino y de fracasar, lo apaleaban.
Como lo contó Long Jack
El cazador Jack van den Hayden o Long Jack contó a Madsen en 1903 que por haber vendido su rancho y el derecho a sus tierras, pasó un duro invierno protegiéndose en la comisaría de Tres Pasos, cerca de Ultima Esperanza. Una madrugada llegó entre las sombras un grupo de jinetes. Traían un herido escarchado y en trance agónico. Todo empezó en una estancia tras encontrar una vaquillona recién carneada y seguir huellas en la nieve. La informal patrulla creía ir detrás del cuatrero Montenegro. Esos perseguidores vieron en la noche y desde lo alto un fogón y aparente grupo de personas. Pero una voz junto al fuego gritó «no tiren» y se escuchó un disparo. La respuesta fue una lluvia de cinco Winchester y luego el silencio. A la mañana los perseguidores dieron con una sola huella en la nieve de alguien ensangrentado que se arrastró hasta un arroyo: lo encontraron escarchado y agónico. Pero no era Montenegro. Lo cargaron y creyeron que este otro estaba muerto cuando lo entregaron harapiento y congelado en la comisaría de Tres Pasos. Allí lo vio resucitar Long Jack («comía carne casi cruda»). Fue a Brunel a quien el tiro se le disparó sin querer. Se curó de las heridas y volvió a andar, pero rengo: aquella vez un balazo se le metió en la cadera.
Al alemán Guillermo York, el salvaje asesinato de su socio Max Volmer lo marcó de por vida. También padeció el asalto de los mismos bandoleros y pensó que la Patagonia comenzaba a cambiar. Pero las andanzas de Brunel y la fama de sus fechorías, el arreo de lo ajeno, apariciones y desapariciones, consolidaron su leyenda desde mucho antes. Hasta se lo consideró inmortal porque hay dos relatos sobre su muerte. Onelli -que dató Trepando los Andes el 23 de noviembre de 1903, lo dio por muerto a expensas de un certero disparo de Winchester del tío del cacique Kankel, no lejos del río Senguer donde la indiada contabilizó las pertenencias del muerto: el bolsillo con pedernales, un cuchillo de lomo desgastado, arropado con cuero de puma sobado y buenas boleadoras. ¿Pero era Brunel? Al menos a Onelli así se lo contaron en una toldería, donde solía bromear con las muchachas.
Pero el asalto y muerte del alemán Volmer que se atribuyó a Brunel y secuaces sucedió en mayo de 1904 y obligó al Juez Letrado de Santa Cruz, doctor Delfín N. Baca, a abrir una causa por asesinato y abigeato en Río Gallegos (al ser apresado en Chubut, Brunel acusó a Sepúlveda y su banda).
Roca y 49 caballos
Simultáneamente la orden de persecución se frenó por falta de buenas caballadas. El gobernador -como siempre- actuó de facto. Tomó todos los caballos que le ofreció Justo Rodríguez -casi medio centenar- necesarios para despachar las partidas policiales. Fue una propuesta para una compra nada obligatoria, salvo pagar los caballos que se inutilizaran en la persecución. Pero el gobernador elevó urgente al ministro del Interior Joaquín V. González -el 13 de junio del ese año 4- la propuesta de compra. Los pingos ya galopaban en demanda de los bandidos «que capitanea Asencio Brunel» y en razón de que «»dichas comisiones llevan orden de invernar en las proximidades de los lagos si es que antes no consiguen dar caza a la cuadrilla mencionada», sugería al ministro el pronto despacho de la nota.
La distancia -y la burocracia- hizo que el expediente 3276 (S-904) con la petición santacruceña, recién fuera satisfecha el 13 de septiembre de 1904 por decreto que autorizó la compra por 49 caballos a 55 pesos cada uno, es decir un total de $ 2.695. Se lo puso al tanto al presidente Roca y este estampó la firma con sus cinco ministros, porque era un gasto excepcional y debió cargarse al presupuesto general.
Andreas Madsen llamaba al asesinado Max Volmer «el pobre Landsmann». Max y Madsen conocían bien a Brunel, tanto como otro amigo de Andreas, Fred Otten. Fue Fred quien – al calor de una cocina de hierro fundido-, que había conocido desde muy joven a Asensio Brunel, quien le robó una manada de caballos por el puro placer de verlo enojado hasta que encontró a los animales bien rodeados en el lago San Martín. Hacia su destino fatal Max había salido de la estancia La Federica (lago San Martín) en una carreta que le prestó Frank York. El lugar donde lo mataron se llamó desde entonces Vega del Finado. Pero al parecer, Brunel y la banda (raro, porque fue un solitario) en realidad rondaban a los carros de Madsen. Así lo declararon los bandidos cuando los apresaron en Chubut. Madsen se demoró en su viaje por la zona a causa de una nevazón.
En Chubut el expediente se caratuló «Asensio Brunel, Víctor Sepúlveda, Domingo Santos, Pedro Caballero, Lino y Camber, por homicidio y abigeato». El 19 de noviembre de 1904 el juez letrado Navarro Carreaga concedió «la extradición solicitada de los detenidos Asencio (sic) Brunel y Domingo Santos» y pidió se oficiase al gobernador de Santa Cruz el traslado de los detenidos hasta Río Gallegos. Otra leyenda habla de una segunda captura y muerte, pero según Madsen, el legendario Brunel terminó su presidio «tras algunos años de cárcel de Palermo» (es decir la desaparecida en la calle Las Heras) donde le visitaban y obsequiaban dinero. Ya en libertad fue al Chaco y compró una estancia. Luego el silencio.
fnjuarez@interlink.com.ar
Curiosidades
• Esta semana, pero en 1902, se divulgó en Buenos Aires el desquicio administrativo que imperaba en Chos Malal, capital de Neuquén. El gobernador Olmos había dejado su mando en febrero al intendente Alberto Alfredo Laurent sin arqueo de caja ni transferencia alguna. Ya había un rojo de 30.000 pesos pero Laurent giró desde que asumió hasta el 7 de junio 50.240 pesos más contra el apoderado en Buenos Aires en vales diversos «que iban desde Agua de Janos hasta latas de sardinas», según una crónica. El gobernador electo Alsina había pedido en mayo no se tocara un peso sin consulta a su persona y al él se le reclamaron varios comisarios (Carlos Alvarez Gómez, Felipe Ferreyra, entre otros) sueldos atrasados.
• También en esta semana de hace un siglo, mientras en Roca se vendía el balde de agua potable a 10 centavos (según La Prensa del 6 de octubre de 1902), noticias de Choele Choel en los diarios porteños señalaban haberse esfumado los anhelos progresistas del vecindario ante «las pretensiones de Pedro Vincent representante del señor Marcó, cuñado del presidente de la República y propietario de este pueblo. Ya no solo pretende cobrar 5 o 6 mil pesos por un solar sino que, a quienes se resisten a notificarse, cobrará 80 y 100 pesos mensuales de alquiler por los lotes que ocupan». Los pobladores amenazaban abandonar sus edificaciones «antes que someterse a las orcas caudinas» dos años después que Roca «había prometido expropiar esta tierra». También decía que Marcó se vanagloriaba que allí se mudaría la capital.
• Por una gran deuda impaga al Banco Hipotecario Nacional a nombre de una hermana de Roca, se ofrecieron en garantía las tierras de Choele Choel que «mi esposo (Marcó) recibió como premio de la Conquista del Desierto en mérito de ser escribiente del Ministerio de Agricultura». El expediente permaneció impago hasta mediados de este siglo y lo tuvo en manos quien esto escribe. Puede dar testimonio quien se lo mostró antes de que el BHN lo mandara a incinerar.
Al despuntar el siglo XX la Patagonia era la nueva patria para los pioneros. A la vez que se esperaba la definición fronteriza, el dilatado territorio resultaba imposible de vigilar metro a metro. Esa dificultad lo tornaba propicia para bandidos cuyos nombres se pronunciaban en las tertulias entre la prudencia y el temor: Sepúlveda, Balderrama, Montenegro y, sobre todo Asensio (a veces con su última "s" transformada en "c") Brunel. Sus andanzas se rastrean en pocos esquilmados archivos, mutiladas hemerotecas y en salpicados tramos de libros.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios