Cambio de estilo

Columna semanal

LA PEÑA

Los gordos quieren ser flacos, los flacos quieren sumar algunos kilos, los rubios quieren ser morochos, los morochos quieren ser rubios y así podríamos estar un largo rato planteando deseos de lo que uno querría ser.

Claro, visto así suena muy simple, pero en una visión de niño decidido a asumir el cambio, suena muchísimo más complicado.

Con algunos amigos nos juntamos un día a la siesta como solíamos hacerlo en días de mucho calor. Unos se tiraban al canal que no tenía más de 50 centímetros de agua, otros comíamos tunas y algunos sólo participaban de la charla tirando piedritas al agua.

Ese escenario resultó el caldo de cultivo para ideas no siempre viables. Es que en horas de ocio uno puede pensar demasiado y como ya la materia de juegos parecía agotada, nos propusimos ser protagonistas de un gran cambio estético. Los cinco que estábamos en el lugar decidimos ser rubios. Ninguno de nosotros tenía ni un pelo claro, de manera que cualquier cambio en ese sentido sería más que notorio.

Miguel, el más humilde de los amigos, dijo conocer un método bueno y barato para hacernos rubios en pocos días porque él mismo la había visto a su mamá hacerse rubia con un método casero. Julio, tan humilde como Miguel, dijo que podría conseguir los elementos para que de una sola vez todos nos convirtiéramos en adolescentes de pelo claro y dejáramos atrás una vida de doce o trece años de morochez.

Quedamos en encontrarnos en dos o tres días en el mismo canal, a la misma hora, con la excusa de ir a pescar mojarras. De mi parte no se me ocurrió ninguna idea para cambiar el color, porque en mi casa nunca se había intentado semejante cambio.

Una de mis hermanas tenía el pelo claro, el resto éramos todos morochos. Pero lo teníamos asumido y jamás se vio un intento de cambiar de bando.

Y tal lo planeado, a los dos días, a la misma hora, al borde del canal de riego, nos encontramos los cinco con ideas más concretas para cambiar el color del pelo. Miguel tenía la certeza que con un litro de agua oxigenada alcanzaba para “teñir” a todos, aunque la gran dificultad era la falta de fondos para comprarla.

La otra idea fue tomar té de manzanilla, que según Julio aclaraba el pelo pero no de manera tan rápida.

Optamos por el té. Y cada uno, como pudo, consiguió el té para empezar a tomar a escondidas. Claro, pasaron dos días, tres, cuatro, una semana, y nada. El pelo tanto o más negro que siempre. Hasta que pactamos un nuevo encuentro para que Julio nos dijera qué había fallado. Y Julio llegó con cierta soberbia. Sugirió esperar un mes porque de seguir con el té, un tío suyo le había dicho que daría resultados. Lo peor del caso era que en su familia los rubios brillaban por su ausencia.

El método de Miguel resultaba a esta altura más tentador y pactamos, para no meter la pata, que Miguel se tiñera solo y nos encontraríamos en tres días en el mismo lugar y a la misma hora. Eso serviría como prueba de que el método era válido.

Al tercer día, a la misma hora y a la orilla del canal, aparecimos los cuatro para ver los resultado. Miguel llegó tarde. Su pelo color zanahoria era una realidad. Logró el cambio, pero no el tono deseado. El tema era quién se animaba a seguirlo. Y Julio dijo que sería él quien lo siguiera. De hecho, al día siguiente fue el nuevo zanahoria del pueblo.

Pero los otros tres decidimos abandonar el proyecto porque intuimos que volver a casa con ese color sería terrible.

Lo que no esperábamos era encontrarnos con las hermanas de Miguel, que aparecieron a los pocos días con el mismo color de pelo. Y ahí entendimos que la idea comunitaria nuestra Miguel la llevó a su casa y tuvo más eco. Sus tres hermanas habían aceptado la propuesta.

Jorge Vergara

jvergara@rionegro.com.ar


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