Camino hacia la nada

El radical Ricardo Balbín solía decir que “el pueblo nunca se equivoca”. Habrá sido su forma de recordarnos que en una democracia hay que respetar los resultados electorales por antipáticos que fueran, ya que con toda seguridad entendía que sería un disparate suponer que la mayoría siempre tiene razón.

Redacción

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

Después de todo, abundan los casos de pueblos -grupos étnicos o lingüísticos, tribus, naciones, etcétera- que se equivocaron tanto que de ellos no queda un solo rastro, mientras que hay otros que, si bien aún no han desaparecido por completo de la faz de la Tierra, sobreviven a duras penas luego de haber disfrutado de un momento de esplendor. No sólo se trata de pueblos conquistados por vecinos belicosos, sino también de algunos que, por voluntad propia, decidieron dar un salto al vacío sin preocuparse por las eventuales consecuencias. Como el griego Aristóteles advirtió hace más de 2.300 años, la democracia puede desvirtuarse en un lapso muy breve, degenerando primero en demagogia y, después, en una tiranía, a menos que los ciudadanos respeten las leyes establecidas.

¿Será éste el destino del pueblo griego? Algunos creen que ha optado por borrarse por razones económicas. Es ésta la opinión de Mario Vargas Llosa que, en un artículo publicado primero en España y después aquí, en “La Nación”, lamentó “el harakiri de un país” por suponer que, al confiar demasiado en las promesas de políticos parecidos a los que tantos estragos han provocado en la Argentina y Venezuela, los griegos han decidido sacrificarse en aras de una ilusión fantasiosa. A su juicio, al votar el 36% del electorado por un partido dominado por populistas que se habían comprometido a decretar el fin de la pobreza y que se instalaron en el poder merced a las particularidades del sistema electoral y la ayuda brindada por una pequeña facción ultraderechista de actitudes casi tan xenófobas como las de los neonazis de Amanecer Dorado, Grecia se condenó a un futuro de miseria colectiva.

Si sólo fuera cuestión de la necesidad de hacerse cargo cuanto antes de una economía agobiada por deudas que desde hace décadas ha sido manejada por políticos tan corruptos que no vacilaban en difundir estadísticas fraudulentas, Grecia podría recuperarse. Al fin y al cabo, para sorpresa de escépticos que los creían definitivamente marginados de la historia, muchos países se han levantado de sus ruinas. A mediados del siglo pasado, la situación en la que se encontraron Japón, Alemania, Corea del Sur y, de más está decirlo, la mismísima Grecia, era infinitamente peor que la enfrentada por los griegos actuales, pero, para desconcierto de los agoreros, en poco tiempo dichos países lograron salir de ella para prosperar. No fue cuestión de “milagros”, sino de los resultados previsibles de actuar con disciplina, realismo y sentido práctico.

Con todo, aunque no cabe duda de que en Grecia sobran personas que poseen el talento y la entereza necesarios para superar las dificultades actuales, los problemas que enfrentan incluyen uno que es incomparablemente más grave que el planteado por el descubrimiento tardío de lo riesgoso que es tratar de vivir, en base de mentiras, por encima de las posibilidades. Como el español, el italiano y el alemán, el pueblo griego parece haber perdido interés en reproducirse: el índice de fecundidad (el número de hijos por mujer) actual es del 1,34%, y no hay señales de que esté por aumentar. Para cada cien abuelos griegos, hay a lo sumo cuarenta nietos. Dentro de un par de generaciones, Grecia será un país de jubilados.

No sirve para mucho atribuir este fenómeno extraño a las penurias económicas que ha sufrido el país desde el estallido de la crisis financiera en la segunda mitad del 2008. Como la obesidad, la esterilidad voluntaria es un mal típico de países ricos; en los más pobres, la gente sigue reproduciéndose con entusiasmo.

Durante siglos los griegos, cohesionados por un espíritu colectivo fortísimo, lograron resistirse a un sinnúmero de adversidades, entre ellas las que les supuso medio milenio de cautiverio en el cruel imperio turco, conservando más o menos intacto su idioma -si Platón regresara, no le sería tan difícil leer un diario ateniense moderno, aunque le sorprendería la cantidad de palabras de origen bárbaro que ha incorporado-, además de sus tradiciones ancestrales, pero parecería que no están en condiciones de derrotar la modernidad.

El gran enemigo tanto del pueblo griego como de muchos otros -tal vez de todos- es el progreso tecnológico, este monstruo terriblemente seductor que ofrece una multitud de bienes materiales y placeres a quienes están dispuestos a someterse a sus dictados pero depaupera a los reacios a hacerlo o a los que, por los motivos que fueran, son incapaces de adaptarse a sus exigencias. Si bien es el tema de nuestro tiempo, pocos se preguntan si a la larga -mejor dicho, a mediano plazo- será viable un modelo socioeconómico consensuado en el que hay más muertes que nacimientos.

De todos modos, como muchos han señalado, para aprovechar los beneficios de formar parte de la Eurozona, Grecia hubiera tenido que reformar drásticamente sus estructuras económicas y por lo tanto sociales, pero no pudo, debido a la resistencia de un conjunto de intereses creados defendidos por el grueso de la clase política, los empleados públicos, los sindicatos y otros decididos a mantener a raya el nuevo orden. Aunque los voceros del gobierno del joven primer ministro Alexis Tsipras, del frente supuestamente izquierdista que se llama Syriza, juran creer que hay una alternativa al statu quo dentro de la Eurozona, fuera de Grecia muy pocos los toman en serio. A su entender, lo único que realmente quieren es presionarlos con argumentos progresistas para que les den más plata.

Aun cuando los demás europeos decidieran que, por ser Grecia un país chico cuyos habitantes han sufrido mucho, sería mejor ayudarla en relación a lo que sería dejarla caer, sólo sería cuestión de un alivio pasajero. Por las consabidas razones demográficas, a Grecia le aguarda un futuro doloroso, pero lo mismo podría decirse de otros países del sur europeo, comenzando con Italia y, desde luego, algunos del norte. Si bien dista de ser motivo de consuelo para los griegos, Alemania también envejece con rapidez, de ahí los pronósticos lúgubres de quienes vaticinan que pronto, alrededor del año 2030, el Reino Unido tendrá la mayor economía europea.

JAMES NEILSON


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