Campaña antiargentina bis

Redacción

Por Redacción

Cuando los militares gobernaban el país, sus voceros insistían en atribuir las críticas a su gestión a una “campaña antiargentina” siniestra organizada por subversivos locales y sus cómplices en Estados Unidos, Europa y, desde luego, la Unión Soviética. Asimismo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner parece creer que lo que están buscando quienes critican su gestión es atacar a la Argentina, de ahí la afirmación de que “a veces pienso si no sería también importante nacionalizar, no estatizar, los medios de comunicación; que adquieran conciencia nacional y defiendan los intereses de país”. Dicho de otro modo, en opinión de la presidenta de la República, que es, para más señas, una enemiga jurada de la dictadura castrense, aquellos medios, en especial los del Grupo Clarín, que no la apoyan con el fervor que considera apropiado se han prestado a una campaña antiargentina. De lo contrario, pasarían por alto asuntos anecdóticos como los supuestos por la corrupción, el nepotismo, la inflación, el aislamiento financiero, el estado lamentable del sistema educativo, la consolidación de la pobreza estructural y el desprecio manifiesto del Poder Ejecutivo por el Judicial, para concentrarse en temas más gratos como el crecimiento macroeconómico, fútbol para todos, los anuncios cotidianos de nuevas obras y los triunfos retóricos de la presidenta tanto aquí como en el exterior. Según Cristina, “en ningún país ocurre lo que pasa aquí donde los medios de comunicación quieren quedar bien con los de afuera en lugar de defender al país”. O sea, como decía Mafalda, “sólo en este país” suceden tantas barbaridades. ¿Es así? Desde luego que no. En todos los países democráticos, los gobernantes de turno, además de los líderes opositores, tienen que soportar críticas mediáticas que son por lo menos tan furibundas como las dirigidas contra la presidenta y su marido. En muchas ocasiones, son decididamente más feroces. Los diarios más prestigiosos norteamericanos atacaban sin piedad al presidente George W. Bush cuando estaba en la Casa Rosada, y en la actualidad Barack Obama es blanco de las diatribas de quienes manejan el canal televisivo más popular. En Europa, sobre todo en el Reino Unido, la prensa opositora es a menudo igualmente brutal. En otras partes del mundo, la situación es un tanto distinta. En China, Corea del Norte, Irán y, con escasísimas excepciones, los países árabes, los medios sí tratan a los gobernantes con el respeto debido. Conforme con la tesis de Cristina, son “patrióticos”, razón por la que adulan al líder por ser el representante viviente de las esencias nacionales y se abstienen de aludir a sus eventuales deficiencias. Por cierto, no se les ocurriría intentar “quedar bien con los de afuera”, crimen éste que, como es lógico en una sociedad bien organizada, suele ser castigado con severidad ejemplar. ¿Quisiera la presidenta que la Argentina se asemejara más a tales países y menos a los del mundo desarrollado? De tomarse en serio su alusión a los hipotéticos beneficios de “nacionalizar” los medios, la alternativa así supuesta no le disgustaría. Que Cristina se haya sentido molesta por la actitud hacia su persona, y hacia su gobierno, de aquellos medios que no comulgan con su ideología setentista, es comprensible. Por deformación profesional, y por depender tanto de la imagen que proyectan, los políticos parecen ser más proclives a la egolatría que los demás mortales. Con todo, en las sociedades democráticas los dirigentes políticos pronto aprenden que no les conviene acusar a sus adversarios de ser, en efecto, traidores a la patria, aunque sólo fuera por entender que, tarde o temprano, ellos mismos se encontrarán militando en la oposición. Si bien es posible que Cristina y su marido se hayan convencido de que les será dado seguir en el poder por muchos años más, motivo por el que sencillamente no creen que pudiera llegar el momento en que gobernantes de otros signos políticos, pero de mentalidad similar, los acusaran de militar en una campaña antiargentina por animarse a criticarlos, sería positivo que por fin se resignaran a que en una democracia pluralista no hay nada menos patriótico que el silencio de quienes están más interesados en congraciarse con los poderosos de turno que en defender lo que creen son los intereses nacionales.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Co-directora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 24 de octubre de 2010


Cuando los militares gobernaban el país, sus voceros insistían en atribuir las críticas a su gestión a una “campaña antiargentina” siniestra organizada por subversivos locales y sus cómplices en Estados Unidos, Europa y, desde luego, la Unión Soviética. Asimismo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner parece creer que lo que están buscando quienes critican su gestión es atacar a la Argentina, de ahí la afirmación de que “a veces pienso si no sería también importante nacionalizar, no estatizar, los medios de comunicación; que adquieran conciencia nacional y defiendan los intereses de país”. Dicho de otro modo, en opinión de la presidenta de la República, que es, para más señas, una enemiga jurada de la dictadura castrense, aquellos medios, en especial los del Grupo Clarín, que no la apoyan con el fervor que considera apropiado se han prestado a una campaña antiargentina. De lo contrario, pasarían por alto asuntos anecdóticos como los supuestos por la corrupción, el nepotismo, la inflación, el aislamiento financiero, el estado lamentable del sistema educativo, la consolidación de la pobreza estructural y el desprecio manifiesto del Poder Ejecutivo por el Judicial, para concentrarse en temas más gratos como el crecimiento macroeconómico, fútbol para todos, los anuncios cotidianos de nuevas obras y los triunfos retóricos de la presidenta tanto aquí como en el exterior. Según Cristina, “en ningún país ocurre lo que pasa aquí donde los medios de comunicación quieren quedar bien con los de afuera en lugar de defender al país”. O sea, como decía Mafalda, “sólo en este país” suceden tantas barbaridades. ¿Es así? Desde luego que no. En todos los países democráticos, los gobernantes de turno, además de los líderes opositores, tienen que soportar críticas mediáticas que son por lo menos tan furibundas como las dirigidas contra la presidenta y su marido. En muchas ocasiones, son decididamente más feroces. Los diarios más prestigiosos norteamericanos atacaban sin piedad al presidente George W. Bush cuando estaba en la Casa Rosada, y en la actualidad Barack Obama es blanco de las diatribas de quienes manejan el canal televisivo más popular. En Europa, sobre todo en el Reino Unido, la prensa opositora es a menudo igualmente brutal. En otras partes del mundo, la situación es un tanto distinta. En China, Corea del Norte, Irán y, con escasísimas excepciones, los países árabes, los medios sí tratan a los gobernantes con el respeto debido. Conforme con la tesis de Cristina, son “patrióticos”, razón por la que adulan al líder por ser el representante viviente de las esencias nacionales y se abstienen de aludir a sus eventuales deficiencias. Por cierto, no se les ocurriría intentar “quedar bien con los de afuera”, crimen éste que, como es lógico en una sociedad bien organizada, suele ser castigado con severidad ejemplar. ¿Quisiera la presidenta que la Argentina se asemejara más a tales países y menos a los del mundo desarrollado? De tomarse en serio su alusión a los hipotéticos beneficios de “nacionalizar” los medios, la alternativa así supuesta no le disgustaría. Que Cristina se haya sentido molesta por la actitud hacia su persona, y hacia su gobierno, de aquellos medios que no comulgan con su ideología setentista, es comprensible. Por deformación profesional, y por depender tanto de la imagen que proyectan, los políticos parecen ser más proclives a la egolatría que los demás mortales. Con todo, en las sociedades democráticas los dirigentes políticos pronto aprenden que no les conviene acusar a sus adversarios de ser, en efecto, traidores a la patria, aunque sólo fuera por entender que, tarde o temprano, ellos mismos se encontrarán militando en la oposición. Si bien es posible que Cristina y su marido se hayan convencido de que les será dado seguir en el poder por muchos años más, motivo por el que sencillamente no creen que pudiera llegar el momento en que gobernantes de otros signos políticos, pero de mentalidad similar, los acusaran de militar en una campaña antiargentina por animarse a criticarlos, sería positivo que por fin se resignaran a que en una democracia pluralista no hay nada menos patriótico que el silencio de quienes están más interesados en congraciarse con los poderosos de turno que en defender lo que creen son los intereses nacionales.

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