Campanella bajo la «Luna de Avellaneda»
BUENOS AIRES (Télam).- El cineasta argentino Juan José Campanella, autor de la celebrada «El hijo de la novia», ultima los detalles para estrenar el 20 de mayo próximo en el país su filme «Luna de Avellaneda», en el que aborda con humor y emoción las frecuentes contradicciones que convierten a la argentinidad en una disyuntiva constante entre el dolor y la felicidad.
«Me di cuenta de que el ser argentino no es ni bueno ni malo, sino inevitable», dijo a Télam Campanella desde los Estados Unidos, donde está dirigiendo capítulos de la serie «La ley y el orden: Unidad de víctimas especiales» y agregó que «si bien puede ser difícil alcanzar la felicidad en la Argentina, en otro lado es imposible».
Protagonizada por Ricardo Darín, Eduardo Blanco, Mercedes Morán y Valeria Bertuccelli, «Luna de Avellaneda» narra la historia de un club barrial -inspirado en el club Juventud Unida de Lavallol- y de sus socios, personas reales con numerosas dudas y problemas, con innumerables obstáculos para salir adelante, pero con una voluntad de resistencia inquebrantable para alcanzar la felicidad.
-¿Qué importancia tiene «Luna de Avellaneda» en su carrera?
-Es curioso como mi carrera se desarrolló en la Argentina de una manera totalmente distinta a mi carrera paralela en los Estados Unidos. En Argentina mi cine es sumamente personal, en la medida en que es un espejo de cambios o reafirmaciones que se van dando en mi vida. «El mismo amor…» surgió de mi primer reencuentro con el país, después de vivir muchos años afuera y darme cuenta cómo los valores en los 90 se habían trastrocado por completo. Esta nueva película surge de la necesidad de establecer un nexo entre la Argentina de la cual me había ido y la Argentina a la que he vuelto.
-Si «El hijo de la novia» significó su consagración a nivel local e internacional, ¿qué piensa que pueda ocurrir con su nueva película?
-Cuando filmé «Ni el tiro del final» (una producción rodada en Estados Unidos en base al libro de José Pablo Feinmann) todos los involucrados creíamos que iba a revolucionar el cine. Pero no pasó nada. Con «El hijo de la novia» pensábabamos que iba a ser difícil recuperar la inversión, y fue un bombazo. Hacer futurología, tratar de adivinar qué película va a ver la gente, es imposible, frustrante y muy poco aconsejable».
-Si es posible hacerlo, cómo definiría -desde lo artístico y temático- a este nuevo filme? ¿Qué cosas nuevan aparecen y cuáles permanecen con respecto a sus otras películas?
– Prefiero no hacer análisis sobre mis películas. Juro que esto no es pedantería, ni mucho menos. Simplemente trato de mantenerme en un nivel intuitivo, y temo que analizar desde un punto de vista crítico lo que hago me mecanice. Eso desde lo artístico. Desde lo temático, tiene que ver con la búsqueda de dignidad o de una definición de dignidad, por la que creo que estamos pasando actualmente como individuos, sociedad y país».
-¿Cuáles son las constantes en sus películas? ¿Qué temas le gusta tocar, qué emociones le gusta despertar?
– Yo soy un gran fanático de los mitos y de su influencia innegable en toda la narrativa. El viaje de Orfeo al infierno, ida y vuelta, es la historia de todas mis películas. Juro que esto no es consciente. Es más, desde el momento en que lo noté, hice un esfuerzo consciente por evitarlo y cambiar de mito, digamos. Pero en los sucesivos bocetos de los guiones, noté que las historias se van naturalmente para ese lado. Y si van naturalmente, ¿por qué evitarlo? Además, es el mito más representativo de nuestras vidas. Fijate en todas las cosas que nos estamos planteando actualmente en la Argentina. Si no hubiéramos visto de cerca las llamas del infierno, no las estaríamos planteando».
-¿En qué tradición cinematográfica se inscriben sus películas? Pienso en este momento en Frank Capra y en el cine que, sin dejar de ser popular y emocional, posee siempre una marca de autor. ¿Es este un buen ejemplo?
– Sin duda que lo es, porque encima «Qué bello es vivir» es la película que más me gusta de toda la historia. Una película que tuvo una influencia fundamental en mi vida. Pero la película que más me marcó como escritor, que más moduló mi voz, fue «Nos habíamos amado tanto». Las películas que hago en la Argentina son hijas directas de la comedia a la italiana.
-¿Qué opinión tiene de la superabundancia productiva de largometrajes argentinos (independientes o no) que, en muchos casos, no tienen chances de ser vistos por un público masivo?
– Me parece que la superabundancia de cine argentino es buenísima. Pero mi parte cínica me hace adherir a la máxima que dice que el 90 por ciento de todo es mierda. Así que, con esa pequeña fórmula, para que salgan cuatro películas buenas, hay que hacer 40. Además, muchas de esas películas no tiene acceso al público masivo porque, mal que le pese a sus realizadores, no están en ese 10 por ciento. En ese sentido, todo lo que es bueno, encuentra una manera de emerger. Ha pasado con Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Adrián Caetano, Daniel Burman y mucha otra gente, pero siempre lo bueno encuentra su camino. Si no es en la primera, es en la segunda película».
-¿Qué es el cine para usted? ¿Un refugio personal, un lugar de experimentación, un medio para comunicar cosas, un arte que puede modificar en algún modo la vida de la gente?
– De todas esas definiciones me quedo con la de un medio para comunicar cosas. Mi énfasis no está en el cine por sí mismo, por eso me aburren las películas que son pura forma. Elegí el cine porque no puedo escribir prosa. Porque tiene un poder más grande de lograr la inmersión en la audiencia y porque puedo oír las risas de la gente. Pero además pienso que puede cambiar la vida de la gente. Mi vida fue alterada radicalmente, en el plano espiritual, pero también en el práctico y cotidiano, por películas como «Qué bello es vivir» o «All that Jazz'».
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