Caras y caretas 

Por Jorge Gadano

Redacción

Por Redacción

Desfachatado es sinónimo de desvergonzado, impúdico. Más propiamente lo es de descarado, por la sinonimia existente entre cara y facha. Pero como, estrictamente, descarado sería aquel que no tiene cara, es más aplicable al caso que se verá en este comentario el de caradura. Es alguien que tiene cara, pero de una dureza equivalente a la del diamante, la piedra más dura entre todas las conocidas.

Sería un error, no obstante, decir que Luis Eduardo González tiene cara de diamante, porque esta piedra es, a la vez que la más dura, la más pura. Y cualquier persona que haya leído los diarios en estos días coincidirá en que el rostro de este González no es el de la pureza.

A quien, harto de noticias sobre la corrupción, ya no las lee, hay que decirle que el tal González es un hijo del ex múltiple ministro menemista Erman González y, a la vez, su mejor alumno. Aventajado, se diría, porque si bien Erman tuvo también una riojana jubilación de privilegio (las riojanas son las mejores), la tuvo ya maduro. En cambio, Luis Eduardo la consiguió con sólo 38 años. No logró, es verdad, equiparar a la de su papá, que era de 8.000 pesos con más 220.000 de retroactividad. En realidad, la suya es una miseria, de sólo 1.891,55, que apenas alcanza a mejorar su sueldo de 4.800 pesos. Como dijo Erman, pétreo él también, refiriéndose a los críticos: “Como me quieren destruir a mí, atacan a mi hijo”.

Esa réplica vale cuando la usan todas aquellas personalidades públicas de trayectoria impecable a las que se quiere cuestionar atacando a parientes de moral ligera. Pero la respuesta de Erman sorprende, porque en su caso no habría necesidad de emprenderla contra ningún pariente. Lo que él hizo con su jubilación da material más que suficiente para que sus críticos se regodeen sin necesidad de apuntar contra otros miembros de su familia.

Para algunos funcionarios, el cuestionamiento, de todas maneras, tendría solamente un alcance ético, porque el otorgamiento del beneficio se ajustaría a lo prescripto por la ley riojana. Fue lo que dijo el titular de la Anses, Melchor Posse: “Probablemente no quede otro remedio que la condena ética”, porque el hijo de Erman “a lo mejor, legalmente, tiene razón”.

El año pasado el gobierno de Menem, en medio de la “tormenta ética” desatada por la divulgación de la jubilación de Erman, hizo pública una lista de 611 funcionarios beneficiados con jubilaciones privilegiadas “legales”, entre quienes había algunos miembros de la Alianza. El ex presidente guarda “secretos” con cuya revelación amenaza si el gobierno divulga otros. En otros términos, busca un pacto de silencio.

Este es, en efecto, un país en el cual la moral y el derecho están cada vez más distanciados. Por fortuna, el 10 de diciembre pasado asumió un gobierno que parece interesado en reducir esa distancia. No obstante, funcionarios como Posse parecen resignados a admitir que una ley vale si en su trámite se han cumplido todos los requisitos rituales, aunque disponga que cada riojano, por el solo hecho de haber nacido en la tierra de Facundo, tendrá derecho a usar un título de nobleza y no pagará impuestos.

Una de las normas constitucionales de más claro cuño democrático es la del artículo 16. Proscribe todo privilegio al establecer que: “La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre ni de nacimiento”, y que “no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza”, para luego proclamar el principio de la igualdad: “Todos sus habitantes son iguales ante la ley”, y “la igualdad es la base del impuesto y de las cargas públicas”.

Va de suyo que también debe ser la base de los beneficios que otorga el Estado. No se trata, por cierto, de confundir igualdad con uniformidad, como lo haría quien pretendiera que todos los jubilados cobraran el mismo haber. La igualdad constitucional es la de oportunidades, violentada cuando sólo en una provincia, por ser la del presidente, sus amigos y parientes, existe un privilegio tan flagrante como el de poder obtener una jubilación a los 38 años.

El sistema de jubilaciones y pensiones, una creación de la modernidad, nació para dar un medio de vida a quienes no pueden sostenerse con su trabajo. Cualquiera sabe que está destinado a viejos e inválidos. Dar una jubilación a una persona joven es por lo tanto, además de inmoral, ilegal, porque aunque una ley riojana lo permita, lo impide la ley suprema, que sí tiene una sustancia moral.

Que hasta ahora no haya intervenido un juez para restablecer el imperio constitucional tiene que ver con la historia reciente de este país, que también envuelve a muchos jueces, beneficiarios ellos mismos de privilegios irritantes, cuando no partícipes de escándalos como los que involucraron a personajes farandulescos del tipo de los ex “magistrados” Bernasconi y Oyarbide, ambos con un lugar destacado en la servilleta que popularizó Domingo Cavallo.

Es probable, con todo, que la justicia que no llega por los ideales llegue por la conveniencia. Así como hay jueces que ahora, por la decadencia menemista, están haciendo méritos ante los nuevos habitantes de la Rosada, también el gobierno riojano busca un lugar bajo el sol. En un comunicado habló de su “indignación y repulsa” por la jubilación que obtuvo el aventajado retoño de Erman. 


Desfachatado es sinónimo de desvergonzado, impúdico. Más propiamente lo es de descarado, por la sinonimia existente entre cara y facha. Pero como, estrictamente, descarado sería aquel que no tiene cara, es más aplicable al caso que se verá en este comentario el de caradura. Es alguien que tiene cara, pero de una dureza equivalente a la del diamante, la piedra más dura entre todas las conocidas.

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