Carrera contra el tiempo
El objetivo principal, tal vez el único, del ministro de Economía Axel Kicillof es terminar su gestión antes de que estalle el modelo. Si bien la meta está cerca, ya que le quedan menos de tres meses en el cargo que desempeña desde noviembre del 2013, para alcanzarla tendría que superar una serie de obstáculos. Luego de un período inesperadamente largo de paz cambiaria, el dólar blue ha comenzado a agitarse nuevamente. Están por vencer el Boden 2015, por la friolera de 6.000 millones de dólares, y se prevé que, aunque logre suavizar el golpe con malabarismos contables y acuerdos con los tenedores, las reservas disponibles del Banco Central son de apenas 14.000 millones de dólares. Mientras tanto, sigue bajando el superávit comercial –si es que aún existe, ya que las estadísticas oficiales distan de ser confiables–, se agrava el déficit financiero, la inflación ha empezado a acelerarse y, a pesar de los vigorosos esfuerzos del gobierno por estimularlo, el consumo tiende a reducirse. También influye en el clima de negocios la conciencia de que se aproxima una devaluación fuerte del peso, ya que al país no le será dado continuar negándose a prestar atención a lo que está sucediendo en Brasil, donde el real no deja de ceder terreno. Felizmente para Kicillof, cuenta con la colaboración de los dirigentes opositores que, por sus propios motivos, no quieren que la economía se hunda en la fase final de la campaña electoral, ya que en tal caso podrían verse obligados a decirnos lo que a su juicio sería necesario hacer para reflotarla. A la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el jefe de Gabinete y candidato a la gobernación bonaerense Aníbal Fernández y otros oficialistas les encantaría que Mauricio Macri y Sergio Massa acusaran al gobierno de manejar la economía de tal modo que el próximo mandatario no tendría más alternativa que ordenar un ajuste, lo que les permitiría contraatacar tratándolos de neoliberales, pero hasta ahora los rivales de Daniel Scioli han conseguido frustrar a los resueltos a emboscarlos. Se ha creado, pues, una situación paradójica; el oficialismo se ve beneficiado por el fracaso de su propia estrategia económica ya que puede aprovecharlo para incomodar a una oposición cuyos líderes, con razón o sin ella, entienden que la ciudadanía sería incapaz de soportar una dosis de realismo y por lo tanto tratan de convencerla de que los problemas económicos no son tan alarmantes como harían pensar los números, de ahí las alusiones optimistas al tsunami de inversiones que, nos aseguran, llegará después del 10 de diciembre. Por desgracia, tales esperanzas se basan en ilusiones interesadas. Aun cuando el sucesor de Cristina, sea Scioli, Macri o Massa, se afirmara decidido a hacer de la Argentina un paraíso capitalista, los inversores en potencia, excepción hecha de especuladores que buscan ganancias rápidas, demorarán en arriesgarse en un país tan errátil y tan cambiadizo como el nuestro. Durante cierto tiempo tendremos que depender de la capacidad exportadora del campo para conseguir divisas, pero las perspectivas en dicho ámbito son poco promisorias, al caer el precio internacional de la soja y otros productos comercializables y aumentar los costos internos enfrentados por los productores. Aun cuando tales commodities no compartan el destino del petróleo que, en un lapso muy breve, vio precipitarse su valor en los mercados, lo que entre otras cosas nos privó hasta nuevo aviso del uso de lo que hasta hace poco parecía ser una carta de triunfo, Vaca Muerta, la coyuntura internacional nos será mucho menos favorable de lo que era durante “la década ganada”. ¿Sería mejor que quienes están preparándose para gobernar nos advirtieran que está por comenzar una etapa de vacas flacas? En opinión de los asesores de los candidatos presidenciables, hablar con honestidad sería suicida en términos electorales. Estarán en lo cierto, pero los encargados de gobernar el país dejado por Cristina y su equipo no tendrán derecho a quejarse si, luego de algunas semanas en el poder, amplios sectores protestan contra lo que muchos calificarán de un fraude electoral, puesto que tal y como se perfilan las cosas el programa económico del próximo gobierno no guardará relación con ninguno de los propuestos en el transcurso de la campaña.