Carrusel: que no llegue la última vuelta

El municipio ya evaluó posibles relocalizaciones pero los dueños del carrusel deberán definir si trasladan el carrusel de la tradicional esquina en Moreno y Onelli.

Carrusel: que no llegue la última vuelta

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Cuando el creador del carrusel de Bariloche, Guillermo Vila, murió allá por el 2016, sus familiares pidieron ayuda a la municipalidad para que la calesita sea trasladada a una glorieta vidriada y calefacionada en alguna plaza de la ciudad, como soñó alguna vez su creador.

El subsecretario de Planeamiento de Bariloche, Pablo Bullaude, evaluó posibles espacios públicos, priorizando el área céntrica, para relocalizar el carrusel. “Ahora dependemos de la decisión de la familia básicamente por el aspecto económico. Ellos deberían hacerse cargo de la mudanza y la reinstalación ya que se trataría de una actividad privada en un espacio público”, remarcó el funcionario.

En las últimas dos décadas, miles de niños giraron en imponentes corceles, autos antiguos, un barco y un avión de principios de 1900 y hasta en el lomo de un león. El carrusel de Bariloche no gira como en otras ciudades, al aire libre en un parque o al final de una galería.

De las 46 calesitas que tiene la Ciudad de Buenos Aires, 37 ocupan espacios públicos; en Bariloche, en cambio, el carrusel resiste el paso del tiempo en un local alquilado en la esquina de Moreno y Onelli.

Al poco tiempo de instalarse en Bariloche a fines de los 80, el rosarino Guillermo Vila detectó una calesita abandonada en el barrio Villa Los Coihues. A partir de ese día, su vida cambiaría para siempre.

No sólo consiguió restaurarla sino que además, la inauguró en el Puerto San Carlos el 12 de junio de 1992. Luego, la trasladaría al Cerro Viejo. Cuando tomó la decisión de venderla, dio rienda suelta a su sueño de fabricar “una calesita bien barilochense” para emplazarla en la calle Moreno donde funciona desde hace 23 años.

Su familia remarca que el rosarino se encargó de diseñarla y fabricarla “con la ayuda de unos amigos que trabajaban en los medios de elevación del cerro” que colaboraron en el armado de los engranajes y la maquinaria. Algunos juegos -los más antiguos de chapa- se los compró a los viejos calesiteros de Buenos Aires; los caballos, en cambio, en Rosario.

“Un día, mi papá me llevó a una calesita que había en Bariloche al aire libre y vio que los chicos se pasaban de frío. Creo que ahí se le ocurrió fabricar una calesita, con los planos que había conseguido”, relató Goya Vila, hija de Guillermo.

Bariloche no cuenta con muchas plazas y las que están, no se encuentran en las mejores condiciones. Las inclemencias climáticas tampoco ayudan demasiado. Hoy el carrusel de la calle Moreno, rodeado de cuatro paredes, es uno de los pocos espacios recreativos para los más chicos. Además, cuenta con un pelotero rodeado por un puente colgante.

Goya explicó que “su papá fue uno de los primeros analistas de Sistemas. Al llegar a Bariloche, trabajó en el Instituto Primo Capraro dando clases de computación y elaboró sistema informáticos para algunos negocios. Cuando tuvo su calesita, perdió contacto con todo ese mundo y nunca volvió a aggiornarse. No sabía ni mandar un mail y siempre nos preguntaba a mi hermana y a mi”.


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