Juicio virtual y poder real: cuando las coincidencias piden explicación

Javier Genoud, DNI 17.506.130

GENERAL ROCA

El juicio por los llamados “Cuadernos de las coimas” avanza, aunque a muchos les cueste notarlo. No por falta de gravedad institucional (es uno de los procesos judiciales más relevantes de las últimas décadas) sino porque se desarrolla en un formato que diluye su impacto público: audiencias virtuales, pantallas apagadas, micrófonos en silencio y una distancia que parece simbólica de algo más profundo. Estamos ya transitando la audiencia número 13. En esta etapa, el Tribunal Oral Federal N.º 7 escucha las acusaciones de las querellas y del Ministerio Público. No es un detalle menor: aquí se expone de manera sistemática cómo habría funcionado un esquema de recaudación ilegal de fondos a partir de la obra pública, con empresarios, intermediarios y funcionarios jerárquicos. Entre ellos, Cristina Fernández de Kirchner, señalada por la fiscalía como figura central del entramado. El juicio existe, avanza y tiene reglas claras. La virtualidad es legal y válida, pero también funcional a una cierta desdramatización del proceso. No hay salas colmadas, no hay tensión visible, no hay imagen. Todo ocurre, pero casi en voz baja, como si el peso histórico del caso necesitara pedir permiso para hacerse notar.

Desde hace varios días, la expresidente permanece internada en una clínica privada de altísimo nivel tras una cirugía por apendicitis. Los partes médicos hablan de una evolución “lenta” y de la necesidad de continuar con controles e internación. Formalmente, nada irregular: una paciente, una cirugía, una recuperación. Sin embargo, despierta inevitablemente interrogantes en la opinión pública. ¿Es ilegal? No ¿Es imposible desde lo clínico? Tampoco ¿Es casual? Esa es la pregunta. En la Argentina, el escepticismo no nace de la nada. Tiene historia, antecedentes y memoria.

En este país, los plazos judiciales son elásticos, las responsabilidades son relativas y las recuperaciones médicas, cuando el contexto lo amerita, pueden tomarse su tiempo. El necesario para que el ruido baje, para que la agenda gire, para que la indignación se canse.

Tal vez sea solo otra coincidencia en una Argentina donde las coincidencias tienen una tasa de repetición bastante alta.

El riesgo es que nos acostumbremos. Que naturalicemos que el poder tenga siempre una cama mullida donde recostarse mientras el resto espera sentado, mirando la pantalla, preguntándose si esto alguna vez va a terminar. Lo que importa es que algún día, cuando sea otro, cuando sea cualquiera, la escena no nos resulte tan familiar. Porque cuando el escepticismo se vuelve sentido común, no es la justicia la que está enferma: es la República la que necesita cuidados intensivos.


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