Rolando Robledo, símbolo de la peluquería y “Doki”, el perro de cola verde

Por Beatriz Chávez

Su historia va siempre acompañada de las aventuras con su perro Doki, que la hace particularmente atractiva. Nuestro homenajeado nació en San Juan en julio de 1951, hijo de Pedro Antonio Robledo y de Blanca Aurora Balmaceda, quienes tuvieron siete hijos. Rolando realizó la escuela primaria en Bahía Blanca y, luego, como cadete de las Fuerzas de Mecánica de la Armada en Suboficiales de Aeronáutica. De acuerdo con su narración, podríamos decir que fue un “buscavidas”: trabajó en aserraderos, panaderías, dormía en bolsas de harina, era ayudante y asistente.

La escuela secundaria la cursó como alumno libre entre Buenos Aires y Bahía Blanca; realizó el servicio militar. En Buenos Aires trabajó en la Pizzería las Cuartetas en la calle Corrientes. Hasta que comenzó como cadete en una clínica, fue telefonista y luego camillero durante varios años. Volvió a Bahía Blanca, donde realizó varios trabajos en depósito de vinos. Pero, económicamente, la cosa “iba y venía”. Ya en 1982 se asentó en Centenario, donde trabajó en el restaurante “La ruta 234” por tres o cuatro años. De acuerdo con su relato, una señora lo alojó en barrio Progreso; hasta que comenzó a cortarse en la Peluquería Fachas; y desde allí su destino cambió.

Realizó cursos de peluquería. Alquiló una peluquería en calle Ministro González 82; entre sus clientes se encontraba gente de Instituto Seguridad Social y Hospital.

Ya domiciliado en San Martín 31, comenzó su etapa artística, realizó cursos; se especializó en peinados de vanguardia; actuaba en las exhibiciones de peinados de la empresa Verse, peinaba a modelos. Inició sus estudios de Psicología Social con la Sra. Ana Mercado, “Pichón Riviere” y la escuela lo salvaron”.

Continuando con el relato de su etapa de peluquería, en un viaje a Buenos Aires se le presentó la oportunidad de ir al canal de TV con lo que conoció y trabajó con varias renombradas personas del medio. Asimismo, interpreta tangos, y también obras de teatro. Realizó el curso de rescate de buceo, entre tantas otras tareas.

Ya instalado en su peluquería de calle San Martín, primera cuadra, en los años 1987-88 viajaba mucho a perfeccionarse en Cosme Sur, a realizar compras; exhibiciones de peinados. Realizó una capelina tejida en cabello; trabajaba con el Laboratorio Alfaparf.

Hace veinte años dejó la peluquería, a la cual concurría gente de todo el valle, se daban turnos con anticipación, las modelos salían a promocionar a la calle. Hubo un día en el que atendió a una joven que estaba realizando tratamiento con quimioterapia, y se la caía muchísimo el cabello; por ese motivo, comenzó a hacer postizos de cabello natural. Comenzó a realizar curso de implantes capilares en países extranjeros, de micrones de espesor.

Trajo a Neuquén extensiones de cabello. En 1992, conoció a su perro Doki, al que le había teñido la cola de color verde con el objeto de que la perrera no lo llevara. La historia de Doki comenzó en Bahía Blanca, lugar donde lo habían arrojado a la calle.

Fernando, su sobrino, lo encontró y se lo llevó a su casa y allí fue amamantado por la gata de la familia. Doki acompañaba a Fernando a la escuela, se quedaba con los canillitas, en la carnicería esperaba un hueso. Cuando Fernando enfermó, su tío Rolando viajaba asiduamente a visitarlo y allí trabó amistad con Doki. Al fallecer Fernando, sus padres vinieron a vivir a Neuquén, y el perro quedó en Bahía Blanca.

Rolando estaba muy preocupado por el animal, y realizó todos los trámites para traerlo, al principio fue a vivir con los papás de Fernando; nuestro peluquero lo sacaba a pasear en moto con el casco que le había comprado.

Se lo llevó a vivir con él y así comenzaron los acontecimientos del perro del Neuquén. Salía a pasear todos los días, iba a la peluquería y luego continuaba la parranda. Rolando nos contó que debió pagar varias multas a la perrera.

En un viaje a Miami, observó cómo teñían a los animales, por lo que compró un aerosol y realizó la tarea con Doki. Cobró fama entre los taxistas, en la puerta del banco. Solía estar presente en los desfiles, en las movilizaciones.

Lograron, con el correr de los años, que Neuquén se convirtiera en un municipio no eutanásico, se estipuló la castración masiva de perros. Cuando Doki cumplió diez años… desapareció de un día para otro. Lo buscó por todos lados y nunca apareció.

El escultor Aldo Beroíza está realizando una escultura en homenaje a Doki.

A todas luces, esta es una historia de un hombre que mucho aportó a la vida neuquina y su perro que fue un personaje muy querido por los neuquinos.


Su historia va siempre acompañada de las aventuras con su perro Doki, que la hace particularmente atractiva. Nuestro homenajeado nació en San Juan en julio de 1951, hijo de Pedro Antonio Robledo y de Blanca Aurora Balmaceda, quienes tuvieron siete hijos. Rolando realizó la escuela primaria en Bahía Blanca y, luego, como cadete de las Fuerzas de Mecánica de la Armada en Suboficiales de Aeronáutica. De acuerdo con su narración, podríamos decir que fue un “buscavidas”: trabajó en aserraderos, panaderías, dormía en bolsas de harina, era ayudante y asistente.

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