Chismes
por RAUL LOPEZ
Si hay algo que nos molesta a todos es la intromisión de otras personas en nuestras vidas. Para ser más concreto, la intromisión bochornosa en nuestras cuestiones; me refiero, señoras y señores, al ¡chisme! No sé si se puede hablar del chisme, o del cuenterío gratuito y barato, como a usted más le guste, como una enfermedad que, quizá, acompañe al ser humano desde los comienzos de la vida en comunidad. Me gustaría pensar que no es tan vieja esa insana costumbre. Lo que no podemos negar es que el ejercicio del chisme, por lo general, vale la pena dejarlo de lado y no darle importancia, pero a veces, esa noticia falsa y maliciosa nos perjudica. Es entonces cuando la habladuría pasa ese límite raro y peligroso que es la injuria, la infamia… y póngale usted los sinónimos que quiera.
¿Puede ser que esta transmisión irreal de hechos o sucesos sea una de las formas de comunicación más antigua de la humanidad? Ya manifesté mi deseo de que así no sea, pero las noticias que nos llegan desde la historia y de obras literarias nos dicen que el hombre es chusma desde la aldea. Basta leer las espléndidas conspiraciones en las obras de Shakespeare para darnos cuenta de que un chisme escandaloso puede terminar en la peor de las tragedias. El chisme es un subtipo de comunicación, una construcción promiscua de pensamientos seguida de palabras que se transmiten de boca en boca alentada por la intriga que suscita. Es un manoseo vulgar, diría obsceno, de una realidad que se desconoce, o bien se conoce parcialmente, o que, aunque no relevante, aparece velada. La escasés de premisas, la visión incompleta y falaz, la economía documental es lo que auspicia la imaginería popular tan propensa a las fascinaciones inverosímiles. Aunque el origen de cualquier chisme es siempre vago, justamente su fuerza radica en esa borrosa génesis, en la duda que rápidamente asciende a creencia. El chisme se reduce a ámbitos, por ejemplo el lugar de trabajo, un club, cualquier círculo puede servir para este extraño campo de batalla dialécticamente apócrifo.
En todos lados existe esta peste. Claro que es más fácil sobrellevarlo en Buenos Aires, Córdoba, Roma o París, que en ciudades más pequeñas o pueblos, porque en una ciudad, el chisme se puede reducir al consorcio del edificio donde vivimos, y cuando salimos a la calle se terminó. Ahora bien, ¿qué hacer cuando ese ámbito es un pueblo o ciudad chica y nosotros somos sus habitantes? Ah, mire, yo no soy mago ni mucho menos. No sabría caminar en un campo minado más que con los ojos cerrados. Eso, lo mejor es hacer oídos sordos y cerrar los ojos ante el chisme. Pero cuando éste es peligroso, es decir, cuando nos puede perjudicar en nuestras relaciones, nuestros trabajos, lo mejor, quizá, sea enfrentarnos a esa maldita cadena de injurias de alguna manera.
La propagación del chisme va convirtiendo los hechos o supuestos sucesos en algo irrevocable. Se sucede entonces una deformación creativa que desplaza la realidad, siempre volátil, y se instala como el cólera entre sus fieles. A diferencia del rumor, tiene víctimas precisas que cargarán con la degeneración exasperante de la fe, esa desmesura de las almas. Pero esta fe tiene algún fundamento. Existe un deseo colectivo más o menos contenido de que las circunstancias sean tal cual se dice, se oye y se deforma. Se cree de verdad en la especulación oída. Esta lotería verbal se alimenta de sustancia gracias al privilegio que le otorga cierto vacío espiritual, vacío profano que necesita de la fatalidad ajena para sobrevivir.
Sus peculiaridades son varias, indefectiblemente para tener el status de «chisme de primera categoría» debe generar una curiosidad inmediata, intriga, ya por asombro, por misterio, gracia o bochorno. Debe poseer una cualidad ambigua, ser capaz de propagarse escrupulosamente, como una novedad que debe contar con la discreción del oyente, como si se tratara de un secreto magnífico, pero que a la vez resulte imposible reservarse. En esa ambigüedad reside la fórmula para un chisme perfecto.
Ciertas envidias son el condimento indispensable. No debe ser hermético, pero sí parecerlo para que la propagación se invista con el prestigio de la verdad. Jamás hay un primer confidente, obviamente, aunque el transmisor hace saber hace saber que es el primero en saberlo; habla de «buena fuente» y otras frases fastidiosas frases hechas. Por todas estas características podemos inferir que se trata de una práctica insana de la injuria; adición que padecen personas que necesitan llenar vacíos odiosos, personas envidiosas cuya labor es crear este tipo de intrigas de conventillo, personas que, como ladrones, se aferran a estas invenciones quizá con el afán de poseer una migaja ajena, una porción de vitalidad que los enfermos no poseen.
Para muchos constituye una especie de religión, la dosis diaria de patetismo y de asombros. Fragmentos de una extraña metafísica doméstica.
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