Chopin, un genio sin suerte
Los sones de la música del maestro polaco resuenan por el mundo al cumplirse el bicentenario de su nacimiento.
Héroe polaco, tipo raro y amante desesperado, pero sobre todo, maestro sin suerte: desde sus comienzos como niño prodigio de Varsovia hasta su tortuosa muerte en París, Frédéric (o Fryderyk) Chopin encarna la genialidad de un pianista cuyas obras han marcado a generaciones de músicos. En el bicentenario de su nacimiento, que en los registros oscila entre el 22 de febrero y el 1 de marzo, este artista asolado por crisis existenciales y una frágil salud sigue siendo recordado como uno de los compositores más grandes y trágicos de todos los tiempos. Desde las legendarias grabaciones de Vladimir Horowitz, Dinu Lipati hasta Martha Argerich, las mazurcas, valses y polonesas de Chopin han encontrado intérpretes en cada generación. Entre el entusiasmo y la perfección, representa el espíritu de la música absoluta, como lo fue Robert Schumann para el romanticismo alemán. Pero la música de Chopin estuvo también muy politizada, o así la entendían al menos sus compatriotas. Los sonidos patrios, sus armonías y melodías inspiradas en bailes de campesinos calaron entre los polacos, que llevaban siglos luchando por un Estado propio. Chopin sufrió toda su vida mirando como espectador hacia su país, mientras sus contemporáneos disfrutaban de vidas independientes. Cuando en 1832, las tropas rusas frustraron sangrientamente en las calles de Varsovia el sueño de una Polonia independiente, Chopin partía desde Viena camino a París. “Un cadáver ha dejado de vivir, y yo también estoy harto de la vida”, escribió el joven de entonces 21 años tras conocer las noticias de su patria. Un niño prodigio Frydrych Franciszek Chopin había nacido en Zelanowa Wola, cerca de Varsovia, protegido de todos los males. Su padre, Nicolas Chopin, trabajaba como profesor en un instituto, garantizando una confortable estabilidad a su mujer y sus cuatro hijos. Y toda la familia se volcó en el niño prodigio. Durante años, Chopin padre apoyó a su indeciso y nostálgico hijo, animándole a probar suerte en Viena tras acabar el colegio y el conservatorio. Sin embargo, la metrópolis imperial se convirtió en un callejón sin salida para el joven pianista. Aunque sus obras tempranas, especialmente sus conciertos para piano, causaron una cierta admiración, el público vienés se mostraba inaccesible. Y maldecía el momento en que partió de Varsovia: “Estoy harto de todas las cenas, veladas, conciertos y fiestas; me aburren”. Para colmo, sufrió la tisis, presagio de la posterior tuberculosis. Y le atormentó su relación a distancia con Konstancja, una amiga del jardín de infancia. París, en aquel entonces la ciudad europea de la música, fue más amable con él. Pronto, Chopin encontró acceso a los salones donde el rey Luis Felipe había abierto las puertas a la burguesía parisina. En una recepción del banquero Jacob von Rothschild, Chopin se sentó al piano y cosechó al instante el aplauso de los aristócratas. Su puesto de profesor de piano para las altas esferas estaba garantizado. Chopin no se sentía del todo cómodo como pianista de concierto, sufría una y otra vez una “mieditis” patológica. Sólo actuó en público unas 50 veces en toda su vida. “El público me intimida, su aliento me ahoga”, decía. Al contrario que su colega y amigo Franz Liszt (1811-1886), que se convirtió en el primer ídolo musical moderno para regocijo de sus fans, Chopin se hizo famoso a puerta cerrada. Pareja de enamorados Su fama, más allá de la música, llegó sobre todo gracias a un encuentro en noviembre de 1836. En un salón conoció a Madame Dudevat. Esta mujer segura de sí misma, que fue conocida como escritora bajo el seudónimo de George Sand, se enamoró a primera vista del delgado polaco. Pero éste se hizo de rogar, y no accedió a concertar una cita hasta que intervino Liszt. Aquel fue el comienzo de un romance de diez años que desde entonces ha llenado páginas de libros y fotogramas de películas. La millonaria heredera se mudó a su finca con Chopin y los hijos de ella, Maurice y Solange. Pero la relación entre la emprendedora escritora y el sensiblero Chopin no podría ser más contradictoria. Para su perdición, la pareja se fue de viaje a Mallorca, con la esperanza de que el clima insular hiciera bien al reuma del hijo de Sand y la apnea de Chopin. La estancia en las Baleares acabó siendo catastrófica. La salud de Chopin empeoró, la familia fue expulsada de la casa vacacional y tuvo que albergarse en un monasterio del pueblo montañoso de Valdemossa, que desde entonces no deja de atraer a turistas. Al cabo de unos meses, la pareja regresó a Francia. Chopin volvió a tener tiempo para componer, fueron años productivos. Para Sand, la convivencia con el depresivo artista fue claramente perjudicial. En su novela “Lucrezia Floriani” describe sin piedad ni apenas tapujos a ojos de los corrillos parisinos las manías y debilidades de su amado. Chopin quedó como paralizado por la ofensa pública. Y cuando se puso de parte de Solange en una pelea entre ésta y su madre, la relación con Sand quedó totalmente destrozada. En París, tuvo que abrirse paso como profesor de música, pero su cuerpo flaqueaba, tosía sangre y respiraba con dificultad. Su intento de instalarse en Londres acabó en un desastre financiero y regresó a París, como si anhelara su pronto final. La única fotografía de Chopin muestra al compositor ya marcado por la muerte. Su lecho mortal atrajo a lo más selecto de la sociedad, y los dibujantes inmortalizaron a las damas desvanecidas ante el moribundo. Hasta su último aliento, Chopin esperó en vano que las revoluciones europeas llegaran también a su país. El 17 de octubre de 1849 falleció a los 39 años. Sus restos descansan en el cementerio parisino de Pére-Lachaise. Pero su corazón regresó a Polonia y se encuentra desde entonces en una urna de la iglesia de la Santa Cruz de Varsovia. (DPA).
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