Choque versus cautela
Si bien para la mayoría “es la economía, estúpido”, como rezaba aquella famosa consigna acuñada décadas atrás por el ideólogo de la exitosa campaña electoral del norteamericano Bill Clinton, sorprendería que en los próximos meses los candidatos presidenciales más significantes se animaran a celebrar debates genuinos acerca del tema en los que se sentirían obligados a explicarnos en detalle lo que harían en el caso de que les tocara gobernar. Por motivos comprensibles, prefieren dar a entender que los problemas que enfrentarían se prestarían a soluciones casi tan sencillas y rápidas como la propuesta por Mauricio Macri cuando afirmó que “el 11 de diciembre” no habrá más cepo cambiario. También quisieran desmantelarlo en un lapso bastante breve los rivales del líder de Pro, el gobernador bonaerense Daniel Scioli y el diputado Sergio Massa, porque entienden que a menos que el país reciba muy pronto un torrente de inversiones le aguardaría un período de estrechez extrema que podría prolongarse por mucho tiempo, pero son reacios a comprometerse a hacerlo de la noche a la mañana por miedo a desatar una crisis financiera peligrosa. Aunque en términos generales los tres parecen coincidir en lo que sería necesario hacer para corregir las distorsiones del “modelo” kirchnerista, discrepan en cuanto a la mejor forma de intentarlo. Mientras que el porteño Macri estaría a favor de un plan económico de choque por suponer que enseguida motivaría el entusiasmo de los financistas tanto locales como de otras latitudes, Scioli, el de “continuidad con cambios”, querría un programa gradualista. Massa estaría de acuerdo con Scioli, aunque procura brindar la impresión de estar dispuesto a obrar con más vigor que el oficialista. De manera un tanto subrepticia, pues, los candidatos presidenciales mejor ubicados están participando de un debate que se ha repetido una y otra vez no sólo aquí sino también en virtualmente todos los países del mundo cuando, como con frecuencia sucede, los gobiernos o los aspirantes a encabezar uno entienden que no les queda más alternativa que cambiar muchas cosas. Por un lado, siempre están los partidarios de un choque presuntamente terapéutico que, esperan, sirva para encandilar a los mercados de capitales y estimular a los empresarios; es lo que sucedió en la Alemania Federal al poner en marcha el gobierno del canciller Konrad Adenauer un plan liberal. Por el otro lado, se encuentran los que, por motivos sociales, políticos o ideológicos, recomiendan mucha cautela y advierten que en demasiadas ocasiones las estrategias basadas en un choque supuestamente estimulante han sido contraproducentes, como fue el caso en Rusia luego de la desintegración de la Unión Soviética. En la actualidad, los países del sur de la Eurozona se han visto sometidos a programas de choque que, a pesar de brindar algunos resultados promisorios, carecen de apoyo popular no sólo porque han tenido consecuencias sociales muy negativas sino también porque muchos los atribuyen a presiones foráneas procedentes de los halcones fiscales de Alemania. En la Argentina, un choque, el de la convertibilidad, tuvo un impacto inicial muy positivo pero, al convencerse el grueso de la clase política de que ya había encontrado “la solución”, andando el tiempo el esquema resultó insostenible. Sin embargo, puesto que todos los muchos planes gradualistas que se han ensayado a través de los años han fracasado, la tentación de apostar a un cambio abrupto sigue siendo muy fuerte. Por lo demás, la experiencia tanto nacional como internacional hace sospechar que, a menos que un nuevo gobierno aproveche plenamente las primeras semanas de su gestión o los primeros cien días para llevar a cabo las drásticas reformas que se ha propuesto, no las concretará nunca, ya que los defensores del statu quo anterior se movilizarán para desbaratarlas. Sea como fuere, a esta altura quienes se creen en condiciones de gobernar el país sabrán que la tarea que les aguarda será sumamente ardua, de suerte que es de esperar que sus equipos ya tengan preparados sus programas económicos. Dadas las circunstancias, el sucesor de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no disfrutará de nada parecido a una luna de miel. Por el contrario, tendrá que ponerse a trabajar no bien reciba los símbolos del poder.
Si bien para la mayoría “es la economía, estúpido”, como rezaba aquella famosa consigna acuñada décadas atrás por el ideólogo de la exitosa campaña electoral del norteamericano Bill Clinton, sorprendería que en los próximos meses los candidatos presidenciales más significantes se animaran a celebrar debates genuinos acerca del tema en los que se sentirían obligados a explicarnos en detalle lo que harían en el caso de que les tocara gobernar. Por motivos comprensibles, prefieren dar a entender que los problemas que enfrentarían se prestarían a soluciones casi tan sencillas y rápidas como la propuesta por Mauricio Macri cuando afirmó que “el 11 de diciembre” no habrá más cepo cambiario. También quisieran desmantelarlo en un lapso bastante breve los rivales del líder de Pro, el gobernador bonaerense Daniel Scioli y el diputado Sergio Massa, porque entienden que a menos que el país reciba muy pronto un torrente de inversiones le aguardaría un período de estrechez extrema que podría prolongarse por mucho tiempo, pero son reacios a comprometerse a hacerlo de la noche a la mañana por miedo a desatar una crisis financiera peligrosa. Aunque en términos generales los tres parecen coincidir en lo que sería necesario hacer para corregir las distorsiones del “modelo” kirchnerista, discrepan en cuanto a la mejor forma de intentarlo. Mientras que el porteño Macri estaría a favor de un plan económico de choque por suponer que enseguida motivaría el entusiasmo de los financistas tanto locales como de otras latitudes, Scioli, el de “continuidad con cambios”, querría un programa gradualista. Massa estaría de acuerdo con Scioli, aunque procura brindar la impresión de estar dispuesto a obrar con más vigor que el oficialista. De manera un tanto subrepticia, pues, los candidatos presidenciales mejor ubicados están participando de un debate que se ha repetido una y otra vez no sólo aquí sino también en virtualmente todos los países del mundo cuando, como con frecuencia sucede, los gobiernos o los aspirantes a encabezar uno entienden que no les queda más alternativa que cambiar muchas cosas. Por un lado, siempre están los partidarios de un choque presuntamente terapéutico que, esperan, sirva para encandilar a los mercados de capitales y estimular a los empresarios; es lo que sucedió en la Alemania Federal al poner en marcha el gobierno del canciller Konrad Adenauer un plan liberal. Por el otro lado, se encuentran los que, por motivos sociales, políticos o ideológicos, recomiendan mucha cautela y advierten que en demasiadas ocasiones las estrategias basadas en un choque supuestamente estimulante han sido contraproducentes, como fue el caso en Rusia luego de la desintegración de la Unión Soviética. En la actualidad, los países del sur de la Eurozona se han visto sometidos a programas de choque que, a pesar de brindar algunos resultados promisorios, carecen de apoyo popular no sólo porque han tenido consecuencias sociales muy negativas sino también porque muchos los atribuyen a presiones foráneas procedentes de los halcones fiscales de Alemania. En la Argentina, un choque, el de la convertibilidad, tuvo un impacto inicial muy positivo pero, al convencerse el grueso de la clase política de que ya había encontrado “la solución”, andando el tiempo el esquema resultó insostenible. Sin embargo, puesto que todos los muchos planes gradualistas que se han ensayado a través de los años han fracasado, la tentación de apostar a un cambio abrupto sigue siendo muy fuerte. Por lo demás, la experiencia tanto nacional como internacional hace sospechar que, a menos que un nuevo gobierno aproveche plenamente las primeras semanas de su gestión o los primeros cien días para llevar a cabo las drásticas reformas que se ha propuesto, no las concretará nunca, ya que los defensores del statu quo anterior se movilizarán para desbaratarlas. Sea como fuere, a esta altura quienes se creen en condiciones de gobernar el país sabrán que la tarea que les aguarda será sumamente ardua, de suerte que es de esperar que sus equipos ya tengan preparados sus programas económicos. Dadas las circunstancias, el sucesor de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no disfrutará de nada parecido a una luna de miel. Por el contrario, tendrá que ponerse a trabajar no bien reciba los símbolos del poder.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora