Clarificaciones ideológicas





ALEARDO F. LARÍA (*)

El ex presidente Kirchner, antes de asumir su cargo, escribió un breve ensayo donde tomaba partido por dos iniciativas políticas estrechamente vinculadas: por un lado, manifestaba su preferencia por un sistema parlamentario y, en segundo lugar, señalaba su deseo de conformar una fuerza política transversal de centroizquierda que rompiera con la hegemonía de los partidos tradicionales. Las dos propuestas fueron quedando relegadas en el olvido al calor de las alianzas políticas marcadas por el corto plazo. Sin embargo, como responden a problemas no resueltos en Argentina cada tanto vuelven a aparecer. El verdadero autor intelectual de aquellas propuestas –y probable redactor de aquel libro– era Torcuato Di Tella, un intelectual convencido de ambas iniciativas. Las necesidades políticas del corto plazo llevaron a Kirchner, un pragmático poco dado a fuertes adhesiones intelectuales, a abandonar ambas ideas. El resultado está a la vista. Una alianza contra natura entre los sectores de derecha del peronismo –en esta ocasión bien representados por el líder de la CGT Hugo Moyano– y un supuesto progresismo que confía en que su apuesta por el populismo lo aproxime al “fin de la historia”, es decir, a una sociedad ideal donde gobierne “el pueblo” luego de la derrota definitiva de “la oligarquía”. La pretensión de unir la derecha con la izquierda, incluyendo en esa alquimia a los sectores más extremos, fue ensayada en los años 70 por un líder provisto de considerable carisma como fue el ex presidente Perón. Sin embargo, la realidad fue más fuerte que su carisma y los enfrentamientos que dieron lugar a la masacre de Ezeiza fueron el anuncio de la trágica guerra civil interior que luego protagonizaron los Montoneros con las Tres A. Como si aquella experiencia no hubiera sido suficiente, hoy persisten los intentos de unir el aceite con el vinagre, aunque en este caso bajo liderazgos mucho más endebles. Ya no existe ningún líder carismático y los intentos mediáticos por construir imágenes dotadas de carisma alrededor de un líder desaparecido resultan patéticos. El único carisma realmente existente es el denominado por Max Weber “carisma del cargo”, es decir, el que proviene de distribuir dineros y honores por estar en el puesto de mando de un sistema que, como el presidencialista, permite el libre ejercicio del patrimonialismo. Los partidarios honestos y convencidos del liderazgo eterno de Cristina Fernández de Kirchner se molestan cuando los analistas comparan su movimiento con el menemismo. Pero no tardarán mucho en comprobar que su construcción es endeble. Un carisma organizado alrededor del poder efímero que otorga el control del Ejecutivo en un régimen presidencialista desaparece inevitablemente cuando el poder se pierde o incluso antes, cuando se prepara la sucesión. En el ínterin los progresistas se ven condenados a seguir comiendo sapos ideológicos, en un ejercicio permanente de batraciofagia que en algunos recalcitrantes viene de la época en que comieron sapos del tamaño de Isabel Perón y López Rega. La buena noticia es que se abre paso, todavía de modo tentativo, la posibilidad de recrear un marco político novedoso. Las últimas informaciones dan cuenta de que se estaría afianzando la conformación de dos nuevos espacios: uno de centroizquierda, en donde abrevarían figuras políticas provenientes de diferentes partidos como Alfonsín, Stolbizer, Binner y Pino Solanas, y otro de centroderecha, con los aportes de Macri, Sanz, Cobos, Duhalde y De Narváez. Si estas aspiraciones llegaran a cuajar podríamos estar pronto ante un escenario similar al de los países que progresan en América Latina, como Chile, Brasil y Uruguay. La marcha decidida hacia la modernización de los países que hemos mencionado no es fruto de la casualidad. Cuando el horizonte ideológico se despeja desaparecen miles de problemas políticos artificiales provenientes de las peleas por el poder que se libran en las construcciones personalistas. Obsérvese que la mayoría de los conflictos actuales que ocupan las páginas de los periódicos argentinos son relativos a los desbordes hegemónicos del poder y ninguno responde a un debate fundado sobre nuestras necesidades y carencias. La formación de dos espacios ideológicamente definidos, uno de centroizquierda y otro de centroderecha, permitiría una competencia diáfana entre opciones ideológicas desprovista de desviaciones personalistas. Supondría el fin de las tradiciones populistas en nuestro país, encarnadas por los viejos partidos como el radicalismo y el peronismo. Para culminar esta labor de despersonalización de la vieja política haría falta aún dar otro paso hacia la instauración de un sistema parlamentario, pero mientras tanto contemplemos con simpatía esta retrasada desaparición de los dinosaurios. (*) Abogado y periodista


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