“Clistina” en China
La visita oficial de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a China será recordada no sólo por los convenios económicos por más de 20.000 millones de dólares que firmó en Pekín, sino también por el extraño episodio que protagonizó al mofarse de lo difícil que es para muchos chinos pronunciar la “r” castellana, difundiendo por el mundo el tuit: “Más de 1.000 asistentes al evento… ¿Serán todos de ‘La Cámpola’ y vinieron sólo por el aloz y el petróleo?”. Si bien los medios oficiales chinos optaron por pasarlo por alto, lo que puede entenderse porque los jerarcas del régimen comunista están más interesados en asuntos estratégicos que en las excentricidades de políticos foráneos, tanto en China misma como en otras partes del mundo el pequeño chiste presidencial motivó indignación al brindar la impresión de que Cristina sigue aferrándose a viejos estereotipos racistas considerados propios de gente de mentalidad imperialista. Por fortuna, parecería que lo que de acuerdo común fue una broma de pésimo gusto por parte de una mandataria que buscaba ayuda financiera no incidirá de manera negativa en la relación de nuestro país con su nuevo “socio estratégico”, pero así y todo ha motivado preocupación por lo que nos dice sobre el estado de ánimo de una presidenta tan habituada a gobernar de manera unipersonal que no le importan los sentimientos ajenos y que, para colmo, no cuenta con el asesoramiento de equipos profesionales, ya que nadie le advirtió de que en China le convendría guardar ciertas formalidades diplomáticas. Lo entienda o no Cristina, chistes que hace más de medio siglo estaban de moda en Hollywood ya no divierten a nadie. Como dirían los progresistas de otras latitudes, distan de ser “políticamente correctos”. De todos modos, aquel tuit nada feliz aparte, la visita de Cristina al país que, merced a sus dimensiones demográficas, a juicio de algunos especialistas ya ha reemplazado a Estados Unidos como dueño de la mayor economía del mundo, resultó ser productiva. De concretarse los ambiciosos acuerdos que rubricó la presidenta, China se encargará de la construcción de un par de reactores nucleares, algunas represas hidroeléctricas, líneas ferroviarias y muchas otras obras públicas importantes. Como consecuencia, la emergente superpotencia desempeñaría un papel plenamente equiparable con el de Gran Bretaña en el siglo XIX y la primera parte del XX, lo que, en vista del nacionalismo revisionista que supuestamente motiva el entusiasmo de los kirchneristas, podría considerarse un tanto raro, puesto que no hay motivos para esperar que los chinos subordinen sus propios intereses a los de la Argentina. Como pudo preverse, la decisión de Cristina de resignarse a que la Argentina dependa en delante de la voluntad, buena o mala, de una potencia extranjera que está en vías de expansión ha motivado protestas. Mientras algunos opositores dicen que un gobierno que se acerca al fin de su mandato no debería comprometer tanto a sus eventuales sucesores, que podrían preferir una estrategia política y económica más diversificada, otros temen que los chinos aprovechen las oportunidades que los kirchneristas les han dado para obligar a la Argentina a abrir las puertas a sus exportaciones de bienes manufacturados, lo que pondría en peligro la existencia de muchas empresas industriales poco competitivas que no podrían sobrevivir sin las barreras proteccionistas erigidas con el propósito de mantener a raya a los “invasores” comerciales, comenzando precisamente por los chinos. También se han manifestado preocupados por los acuerdos sindicalistas y otros que han señalado que las empresas estatales o paraestatales chinas están acostumbradas no sólo a suministrar capitales y tecnología para proyectos a gran escala sino también a permitir que sus propios compatriotas se encarguen del trabajo manual, de suerte que su irrupción no beneficiaría a la mano de obra local. Es lo que ha ocurrido en muchos países africanos, pero puede que tanto en su caso como en el de la Argentina la situación esté por cambiar, ya que en las zonas desarrolladas de China los salarios de los obreros están subiendo con tanta rapidez que no sorprendería demasiado que, en los países en que operan sus empresas, muy pronto les resultara mucho más barato dejar que los nativos desempeñen las tareas más humildes.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 9 de febrero de 2015
La visita oficial de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a China será recordada no sólo por los convenios económicos por más de 20.000 millones de dólares que firmó en Pekín, sino también por el extraño episodio que protagonizó al mofarse de lo difícil que es para muchos chinos pronunciar la “r” castellana, difundiendo por el mundo el tuit: “Más de 1.000 asistentes al evento… ¿Serán todos de ‘La Cámpola’ y vinieron sólo por el aloz y el petróleo?”. Si bien los medios oficiales chinos optaron por pasarlo por alto, lo que puede entenderse porque los jerarcas del régimen comunista están más interesados en asuntos estratégicos que en las excentricidades de políticos foráneos, tanto en China misma como en otras partes del mundo el pequeño chiste presidencial motivó indignación al brindar la impresión de que Cristina sigue aferrándose a viejos estereotipos racistas considerados propios de gente de mentalidad imperialista. Por fortuna, parecería que lo que de acuerdo común fue una broma de pésimo gusto por parte de una mandataria que buscaba ayuda financiera no incidirá de manera negativa en la relación de nuestro país con su nuevo “socio estratégico”, pero así y todo ha motivado preocupación por lo que nos dice sobre el estado de ánimo de una presidenta tan habituada a gobernar de manera unipersonal que no le importan los sentimientos ajenos y que, para colmo, no cuenta con el asesoramiento de equipos profesionales, ya que nadie le advirtió de que en China le convendría guardar ciertas formalidades diplomáticas. Lo entienda o no Cristina, chistes que hace más de medio siglo estaban de moda en Hollywood ya no divierten a nadie. Como dirían los progresistas de otras latitudes, distan de ser “políticamente correctos”. De todos modos, aquel tuit nada feliz aparte, la visita de Cristina al país que, merced a sus dimensiones demográficas, a juicio de algunos especialistas ya ha reemplazado a Estados Unidos como dueño de la mayor economía del mundo, resultó ser productiva. De concretarse los ambiciosos acuerdos que rubricó la presidenta, China se encargará de la construcción de un par de reactores nucleares, algunas represas hidroeléctricas, líneas ferroviarias y muchas otras obras públicas importantes. Como consecuencia, la emergente superpotencia desempeñaría un papel plenamente equiparable con el de Gran Bretaña en el siglo XIX y la primera parte del XX, lo que, en vista del nacionalismo revisionista que supuestamente motiva el entusiasmo de los kirchneristas, podría considerarse un tanto raro, puesto que no hay motivos para esperar que los chinos subordinen sus propios intereses a los de la Argentina. Como pudo preverse, la decisión de Cristina de resignarse a que la Argentina dependa en delante de la voluntad, buena o mala, de una potencia extranjera que está en vías de expansión ha motivado protestas. Mientras algunos opositores dicen que un gobierno que se acerca al fin de su mandato no debería comprometer tanto a sus eventuales sucesores, que podrían preferir una estrategia política y económica más diversificada, otros temen que los chinos aprovechen las oportunidades que los kirchneristas les han dado para obligar a la Argentina a abrir las puertas a sus exportaciones de bienes manufacturados, lo que pondría en peligro la existencia de muchas empresas industriales poco competitivas que no podrían sobrevivir sin las barreras proteccionistas erigidas con el propósito de mantener a raya a los “invasores” comerciales, comenzando precisamente por los chinos. También se han manifestado preocupados por los acuerdos sindicalistas y otros que han señalado que las empresas estatales o paraestatales chinas están acostumbradas no sólo a suministrar capitales y tecnología para proyectos a gran escala sino también a permitir que sus propios compatriotas se encarguen del trabajo manual, de suerte que su irrupción no beneficiaría a la mano de obra local. Es lo que ha ocurrido en muchos países africanos, pero puede que tanto en su caso como en el de la Argentina la situación esté por cambiar, ya que en las zonas desarrolladas de China los salarios de los obreros están subiendo con tanta rapidez que no sorprendería demasiado que, en los países en que operan sus empresas, muy pronto les resultara mucho más barato dejar que los nativos desempeñen las tareas más humildes.
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