Colecciones
Néstor Tkaczek
ntkaczek@hotmail.com
Muchos escritores, al igual que nosotros, tienen entre sus pasatiempos el coleccionismo. Hay algunos que atesoran elementos comunes mientras otros muestran excentricidades. Un acaparador serial de diversas categorías de objetos fue Pablo Neruda. El poeta chileno, además de coleccionar mujeres a lo largo de su vida, tenía la manía de juntar cosas, es más, él no se consideraba coleccionista sino un “cosista”. Así es famosa la colección en su casa de Isla Negra, de mascarones de proa. También Neruda gustaba de juntar botellas raras de diferentes partes del mundo; otra colección notable es la de caracoles por la cantidad y diversidad de especies (llegó a tener alrededor de quince mil). En “Confieso que he vivido”, dice: “ Lo mejor que coleccioné en mi vida fueron mis caracoles. Estos me dieron el placer de su prodigiosa estructura: la pureza lunar de una porcelana misteriosa, agregada a la multiplicidad de formas, táctiles, góticas, funcionales”. Menos conocida es su afición por los insectos, especialmente las mariposas.
Entre los franceses, André Gide y Colette se revelaron entusiastas coleccionistas de mariposas. El alemán Ernest Jünger, autor de “Sobre los acantilados de mármol”, fue un verdadero entomólogo que dedicó gran parte de su tiempo a recolectar insectos ya sea para su inmensa colección o bien para regalar a algunos amigos que compartían la afición.
Un experto en estos delicados insectos fue Vladimir Nabokov, quien afirmó: “La literatura y las mariposas son las pasiones más dulces de la humanidad”. Su especialización llegó a tanto que la Universidad de Harvard le encargó organizar la colección de mariposas de su museo. Tanto en Rusia, como después en Francia y Estados Unidos, Nabokov dedicó largas temporadas a recolectar y estudiar diferentes especies. Hay una que se llama “Navokovia” en honor al escritor por haberla descubierto. Cuentan que ya en su lecho final, Nabokov lloró al observar el aleteo de una mariposa junto a su ventana, en una clara señal –según interpretó el escritor ruso–, de despedida.
Datos
- Muchos escritores, al igual que nosotros, tienen entre sus pasatiempos el coleccionismo. Hay algunos que atesoran elementos comunes mientras otros muestran excentricidades. Un acaparador serial de diversas categorías de objetos fue Pablo Neruda. El poeta chileno, además de coleccionar mujeres a lo largo de su vida, tenía la manía de juntar cosas, es más, él no se consideraba coleccionista sino un “cosista”. Así es famosa la colección en su casa de Isla Negra, de mascarones de proa. También Neruda gustaba de juntar botellas raras de diferentes partes del mundo; otra colección notable es la de caracoles por la cantidad y diversidad de especies (llegó a tener alrededor de quince mil). En “Confieso que he vivido”, dice: “ Lo mejor que coleccioné en mi vida fueron mis caracoles. Estos me dieron el placer de su prodigiosa estructura: la pureza lunar de una porcelana misteriosa, agregada a la multiplicidad de formas, táctiles, góticas, funcionales”. Menos conocida es su afición por los insectos, especialmente las mariposas.
- Entre los franceses, André Gide y Colette se revelaron entusiastas coleccionistas de mariposas. El alemán Ernest Jünger, autor de “Sobre los acantilados de mármol”, fue un verdadero entomólogo que dedicó gran parte de su tiempo a recolectar insectos ya sea para su inmensa colección o bien para regalar a algunos amigos que compartían la afición.
- Un experto en estos delicados insectos fue Vladimir Nabokov, quien afirmó: “La literatura y las mariposas son las pasiones más dulces de la humanidad”. Su especialización llegó a tanto que la Universidad de Harvard le encargó organizar la colección de mariposas de su museo. Tanto en Rusia, como después en Francia y Estados Unidos, Nabokov dedicó largas temporadas a recolectar y estudiar diferentes especies. Hay una que se llama “Navokovia” en honor al escritor por haberla descubierto. Cuentan que ya en su lecho final, Nabokov lloró al observar el aleteo de una mariposa junto a su ventana, en una clara señal –según interpretó el escritor ruso–, de despedida.
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