Colombianos conformes

Por Redacción

Antes de celebrarse, el domingo pasado, las elecciones presidenciales en Colombia, tanto los encuestadores y comentaristas como los candidatos mismos se las ingeniaron para crear un país ficticio, uno en que el oficialista Juan Manuel Santos empataría “técnicamente” con el ex alcalde de Bogotá, el verde Antanas Mockus, lo que hubiera supuesto un cambio drástico en un país que a juicio de casi todos es intrínsecamente conservador. En vista de que el presidente saliente, Álvaro Uribe, cuenta desde hace años con un nivel de popularidad rayano en el 70% y Santos era su heredero indicado, los pronósticos en tal sentido extrañaron a muchos, pero para alivio de algunos y decepción de otros sólo se trataba de una fantasía. Lejos de empatar Santos y Mockus, el oficialista recibió el 46,7% de los votos y su contrincante 21,4, un resultado radicalmente distinto del previsto por todos los sondeos. Puesto que candidatos conservadores menores compartieron el 17% del total, el triunfo de Santos en el balotaje, que siempre y cuando Mockus no opte por borrarse tendrá lugar el 20 de junio, parece asegurado. La magnitud del error cometido por todos los encuestadores fue la sorpresa principal –en verdad, la única– de las elecciones colombianas. En algunos países podría considerarse “normal” que las empresas exageraran las posibilidades del oficialismo, pero sucede que en Colombia apostaron a un opositor pintoresco, de perfil excéntrico, por suponer que su popularidad evidente entre los jóvenes universitarios se vería reflejada en las urnas, pero la marejada verde que vaticinaron no se concretó, acaso porque la mitad del electorado se abstuvo, ya que el voto no es obligatorio, o porque en las zonas rurales el carisma urbano de Mockus resultó insuficiente como para producir el milagro que esperaban sus simpatizantes. Otro factor que incidió en las previsiones equivocadas fue la propensión generalizada –a su modo, una expresión de deseos– a creer que la internet está revolucionando la política al multiplicar las fuentes de información y permitir la formación casi instantánea de movimientos nuevos y que, por lo tanto, la irrupción del bogotano verde sería una señal de que estamos en vísperas de cambios espectaculares. Sea como fuere, la lógica terminó imponiéndose. Los colombianos tienen buenos motivos para apreciar a Uribe, el que a pesar de haber estado ocho años en el poder, durante los que ha tenido que afrontar una crisis tras otra, está entre los mandatarios más populares de toda América Latina. Cuando Uribe inició su primera gestión en el 2002, su país parecía destinado a seguir siendo por muchos años más un campo de batalla dominado por guerrilleros marxistas brutales y sus aliados narcotraficantes, pero a diferencia de sus antecesores, que habían procurado negociar con ellos e incluso les cedieron el control de pedazos de territorio, decidió enfrentarlos con gran energía. Los resultados de su ofensiva han sido muy positivos. Los terroristas de las FARC, que según se denuncia cuentan con el apoyo del presidente venezolano Hugo Chávez y el ecuatoriano Rafael Correa, ya no plantean una amenaza a la integridad de Colombia y, aunque el gobierno ha sido criticado por no respetar debidamente los derechos humanos, no se ha producido una reacción fuerte contra los métodos empleados por las fuerzas armadas. Asimismo, si bien en el resto de la región el apoyo brindado a Uribe por Estados Unidos ha sido motivo de críticas vehementes por parte de otros dirigentes latinoamericanos, los colombianos están más preocupados por la indiferencia manifiesta de países “hermanos”, cuyos gobiernos no han levantado un dedo para apoyarlos, que por la colaboración de los militares yanquis. Aunque Uribe cayó en la tentación de querer perpetuarse en el poder, no intentó desafiar a la Corte Constitucional de Colombia que, con buen tino, vetó una re-reelección que lo hubiera desprestigiado. A su presunto sucesor, Santos, le será difícil conservar todo lo logrado en el transcurso de los ocho años últimos, pero puede entenderse que a la hora de votar sus compatriotas hayan elegido la continuidad, negándose a emprender la aventura de desenlace incierto que les había propuesto Mockus.


Exit mobile version