Cómo se cometió el crimen de la familia Mantero
La noche del 1 de marzo de 1901, en Caleufu, la banda de Juan Bautista Lara asaltó un comercio. El dueño -un francés- estaba ausente, pero mataron a su esposa y suegros. El comisario "meritorio" de Junín de los Andes se puso en la saga.
En su celda de la cárcel de Las Heras, como vulgarmente los porteños llamaban a la Penitenciaría Nacional, al múltiple criminal chileno Juan Bautista Lara, la primera semana de enero de 1904 le pareció un infierno. Pero sólo el fuego del agobiante verano capitalino fue su tormento. Era un criminal nato, joven pero de aspecto desagradable y con ruinoso y perpetuo futuro. El 16 de setiembre anterior había llegado esposado desde la estación Neuquén, pero podría considerarse un bienaventurado por haberse salvado de la pena de muerte a causa de la desidia procesal de la fiscalía, y por lo poco que vio entre Constitución y la cárcel palermitana, Buenos Aires lucía primaveral.
Era el autor principal de «El crimen del Caleufu», como llamaron los neuquinos a una barbarie, también conocida como «La matanza de la familia Mantero». Esa historia arrancó en marzo de 1901 pero quedó en retazos periodísticos, y hasta en informes de severas contradicciones. El sumario, como muchos documentos que debieran preservarse, no ha podido ubicarse.
Lara, que había fugado con ayuda carcelaria, volvió a ser capturado y retornó entonces al calabozo de Chos Malal. Uno de sus secuaces que eludió largo tiempo a las partidas policiales, recién fue apresado por el comisario del 6to. departamento neuquino, el 19 de diciembre de 1903 en La Colorada, 2 años y 10 meses después de los crímenes. El informe del comisario Benavídez que se divulgó a la prensa sobre tal captura, decía que Marinao era quien «había apuñalado tranquilamente a los niños de la familia Mantero» (El Tiempo del 21/12/1903).
Sumario inasible
¿Fue realmente así? Esa causa -entre otras que hacen también al pasado y a la vida cotidiana de la historia neuquina- fue inútilmente buscada hace unos años por quien esto escribe, entre un desordenado cúmulo de expedientes de causas penales. Necesitó de una autoriza
ción especial y aceptar hacer la búsqueda entre condenados: aquel caótico archivo estaba dentro mismo de la cárcel del Neuquén. Fue en un riguroso invierno y hubo que trabajar después de escuchar el chasquido de varias enrejadas puertas traspuestas que, obviamente se cerraron a sus espaldas.
Para investigar el caso Mantero no quedó más solución que valerse sólo de los testimonios periodísticos que recogieron los viejos diarios nacionales. Pero en la fecha en se cometió aquel horror, las noticias no ganaban espacio en medio de un complicado clima político internacional con Chile, que tenía prioridad de edición, clima encendido con mutuas acusaciones de supuestas invasiones. A la vez, al camino chileno abierto por la compañía Cochamó flanqueando el río Manso (y que oportunamente denunció por oficio el comisario Humphreys al gobernador del Chubut), se había agregado otro que abrió el ingeniero chileno Barrios desde Aysén. Lo denunció del ingeniero Morateau que comandaba una comisión argentina de límites y mandó dos chasques a Rawson para dar aviso.
También fue el momento propicio a la crítica periodística interna hacia las carencias y trato a nuestros conscriptos en la frontera, denuncia que desnudaba cierto desquicio militar. Esa conducción incompetente no pudo, por ejemplo, impedir que un oficial se complicara en un -incomprensible en plena crisis limítrofe- contrabando por Pino Hachado para la cantina del cuartel de Las Lajas y a la vez no se retiraban bastimentos hospitalarios que quedaron a la intemperie -hasta la ruina- en General Roca. No sólo eso, también en Roca quedó para siempre Pedro Rodríguez (murió el 1° de octubre de 1901), un conscripto injustamente reclutado en Tres Arroyos a los 27 años y que marchaba enfermo de viruela con un contingente de reclutas hacia Las Lajas. Y aunque sería la corona inglesa la que iba a laudar al año siguiente, fueron invertidas 125.000 libras esterlinas en el puente que aceleradamente construía la empresa británica del Ferrocarril Sud sobre el río Neuquén (quedó inaugurado el 9 de noviembre siguiente).
Fue un 1901 tan complicado que terminó -por elegir el caso más descabellado- con la presentación de un grupo de chilenos ante su cónsul en Chos Malal, conocida el 12 de diciembre: consultaban cuál era el día señalado para asaltar la gobernación neuquina.
El año no había comenzado mejor si se considera el ingreso de bandidos trasandinos por los boquetes de la cordillera, más transitables durante el verano. Para entonces, el francés José Mantero, con familia y negocio en Caleufu, acababa de salir de cobranzas por montañas sureñas entre su clientela «d fiado». Había dejado a su familia -esposa e hijos- con sus suegros y peonada.
En la última noche de febrero y en su ausencia, llegó a su boliche un jinete chileno que pidió hospedarse (en tiempos que tal favor no se negaba ni siquiera al forastero peor entrazado). Pero este hospedado resultó el apoyo del asalto y uno de los criminales en la siniestra noche del jueves al viernes 1° de marzo. Porque, súbitamente, aparecieron otros 6 bandoleros que saquearon el lugar y mataron a los ocupantes, aunque inmediatamente no se supo cuántos de la casa habían caído o salvado la vida.
Escenario del crimen
Se presume que la esposa de Mantero trató de defenderse con un rifle, pero no hizo a tiempo: yacía en el piso con su arma al costado, molida a golpes como sus padres, Claudio Enterre y esposa, además de un peón, todos muertos. En Buenos Aires la noticia se supo recién el 14 de marzo, cuando el corresponsal de La Prensa en General Roca, fue alertado por un viajero y telegrafió la noticia. El matutino lo editó el viernes 15 con el siguiente título: » Río Negro – Una familia asesinada por una gavilla de bandoleros chilenos – Cuatro muertos y un herido». La nota informaba que el múltiple crimen había sucedido en Caleufu (no lejos de la actual ruta provincial 63), 6to. departamento. Además de las víctimas ya señaladas, en «la casa comercial del súbito francés José Mantero» se encontró moribundo otro peón indígena que, molido a golpes fue arrojado atado al río «y que milagrosamente escapó a la muerte». Fue inútil interrogarlo por su estado, pero contestó con los dedos de su mano cuanto le preguntaron por el número de bandidos: abrió una mano e hizo una «V» con la otra. Es decir, los criminales fueron siete. El primer telegrama con detalles del crimen también plantea una incógnita porque consignaba creerse «que fue el robo el móvil que ha impulsado a los asaltantes, pues han respetado la vida de tres menores, hijos de dicho Mantero que por su corta edad no podían oponerse a la perpetración del crimen que habían premeditado». Esta dato se contradice con lo informado por el comisario Benavídez, respecto al ensañamiento demostrado por Francisco Marinao, secuaz de Juan B. Lara, y quien habría acuchillado mansamente a las criaturas.
Los criminales fugaron precipitadamente llevándose unos 8000 pesos entre dinero argentino, chileno y giros comerciales, además de elementos y prendas valiosas. La repercusión del crimen alarmó a las autoridades territoriales y nacionales, mantuvo en vilo a los pobladores de la región y puso en incesante cabalgata a una partida comandada por «comisario» de Junín de los Andes, Carlos Alvarez Gómez, en realidad un «meritorio», como se designaba a quienes no cobraban sueldo y aspiraban al cargo. Este policía instruyó un sumario «de más de doscientas fojas» (lo dijo La Prensa del martes 7 de mayo de 1901) que, aquel que no fue encontrado en una búsqueda de hace años en la cárcel neuquina. La saga del «meritorio» y la del propio francés Mantero valió la pena.
• Auxilio a enfermos en Comodoro. El 6 de enero de 1903, los enfermos de Comodoro Rivadavia tuvieron el mejor regalo en el Día de Reyes Magos para esa incipiente localidad, entonces sin médico. Ante su reclamo, el capitán del transporte Guardia Nacional, comandante Mariano Beascochea, ordenó el desembarco del médico de a bordo «quien prestó sus servicios profesionales y entregó medicinas gratuitamente» (LP, del día siguiente).
• Centenarios de Choele. En esta semana de hace un siglo, el corresponsal de La Prensa de Choele Choel José Cámpora, remitió un retrato fotográfico de Mercedes Cossia de González. La información que acompañó la ilustración señalaba que en «la isla» sobrevivían dos centenarios y uno era doña Mercedes, de 106 años, que pasaba un momento crítico: hacía dos meses que padeció la amputación de sus piernas, y acababa de morir un hijo suyo de 70 años.
• Semana en Nahuel Huapi. En estos mismos días de hace 100 años, se concentraron en Nahuel Huapi y en San Carlos, puerto y aserradero de Carlos Wiederhold varias novedades señaladas en los puntos que siguen.
• Se va el explorador Titcomb. En estos días de hace un siglo, Jarred A. Jones navegaba el Limay aguas abajo con el explorador e ictiólogo Titcomb, norteamericano de origen sueco, quien hurgaba en las aguas del río, la fauna autóctona para el inmediato implante de truchas en el Nahuel Huapi. El 12 de enero de 1904, llegarían al caserío junto a la estación Neuquén donde Titcomb tomó el tren a Buenos Aires.
• Newbery hacia el lago. También hace una centuria se aguardaba en la región del Nahuel Huapi al dentista George Newbery (tío del aviador), en esos momentos en viaje por Chile hacia Puerto Montt (Cruzaría por el paso Pérez Rosales con Mario Engel y llegaría al lago el 21 de enero).
• Barilochenses agradecidos. Los vecinos de San Carlos, tramaron en estos días de 1904, una colecta para obsequiarle un reloj a R. Quintana, jefe de la oficina de Correos y Telégrafos. Un par de semanas después se ausentaría a otra sede laboral, ocasión delbanquete de homenaje y regalo.
En su celda de la cárcel de Las Heras, como vulgarmente los porteños llamaban a la Penitenciaría Nacional, al múltiple criminal chileno Juan Bautista Lara, la primera semana de enero de 1904 le pareció un infierno. Pero sólo el fuego del agobiante verano capitalino fue su tormento. Era un criminal nato, joven pero de aspecto desagradable y con ruinoso y perpetuo futuro. El 16 de setiembre anterior había llegado esposado desde la estación Neuquén, pero podría considerarse un bienaventurado por haberse salvado de la pena de muerte a causa de la desidia procesal de la fiscalía, y por lo poco que vio entre Constitución y la cárcel palermitana, Buenos Aires lucía primaveral.
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