Contra la austeridad
No sólo en Grecia, sino también en otros países de Europa, está tomando forma con rapidez desconcertante un movimiento político continental basado en la idea de que “la austeridad” ha fracasado y por lo tanto hay que probar suerte con una estrategia radicalmente distinta. Se trata de una alianza llamativamente variopinta. Además de los griegos presuntamente izquierdistas de Syriza que acusan a la canciller alemana Angela Merkel de ser la responsable de las penurias de su país y los españoles de Podemos, están los derechistas del Frente Nacional de la francesa Marine Le Pen y otros de actitudes afines en el resto de Europa, entre ellos los militantes de un pequeño partido xenófobo y antisemita griego cuyos diputados prestaron al líder de Syriza, Alexis Tsipras, los votos que necesitaba para erigirse en primer ministro. Acaso lo único que todos tienen en común es la convicción aparente de que, si no fuera por el apego, su juicio irracional, a “la austeridad” de quienes hasta ahora han llevado la voz cantante en la Unión Europea, los pueblos del Viejo Continente hubieran continuado disfrutando del bienestar al que se habían acostumbrado antes de la gran crisis financiera del 2008. Por desgracia, no existen motivos para creer que los problemas europeos son tan sencillos como los rebeldes izquierdistas, derechistas o meramente anarquistas, “posideológicos”, dan a entender. Aunque les ha sido muy fácil llamar la atención sobre las deficiencias manifiestas del “modelo” existente en que, como señalan, la desocupación masiva, sobre todo de los jóvenes, se ha institucionalizado, los servicios públicos se han deteriorado y decenas de millones de familias viven en condiciones de pobreza extrema, es poco realista atribuir tales desastres a nada más que “la austeridad”, como si todo cuanto ha ocurrido se debiera a la crueldad de políticos miopes obsesionados por los números. Si los dirigentes de los partidos conservadores y socialistas que desde la Segunda Guerra Mundial dominan el escenario político europeo son culpables de algo, es de no haber reaccionado a tiempo frente al envejecimiento de la población de todos los países que ha hecho inviables los generosos sistemas previsionales, a la expansión insensata, por motivos clientelistas, de las burocracias estatales y a la pérdida de competitividad de las economías de la franja mediterránea, sin excluir la francesa. Sin embargo, todos los esfuerzos por introducir reformas destinadas a preparar a los países de la Unión Europea para enfrentar las consecuencias a largo plazo de las tendencias así supuestas se vieron resistidos por quienes están liderando las protestas o, en el caso de los más jóvenes como Tsipras y el español Pablo Iglesias de Podemos, por sus mayores de actitudes parecidas. En Europa tienen razón tanto los rebeldes contra el statu quo como quienes lo defienden; aquellos, porque es innegable que la situación social de muchos países se ha hecho calamitosa, éstos porque las recetas propuestas por Syriza, Podemos y los que ven en tales movimientos una solución para la crisis que está desgarrando la Eurozona sólo sirven para generar ilusiones. ¿Es factible una síntesis, una que consistiría en el reconocimiento por parte de Alemania de que una unión monetaria debería suponer una unión fiscal, en la que Europa en su conjunto se encargaría de la deuda externa de Grecia y otros países precarios, lo que permitiría que los gobiernos de los socios poco competitivos llevaran a cabo los cambios necesarios en condiciones menos arduas que las actuales? Puede que lo sea, pero lo más probable es que todo siga más o menos igual y que Bruselas, o sea, la Comisión Europea, se limite a aplicar un parche tras otro con la esperanza de que, andando el tiempo, los países en apuros consigan superar las gravísimas dificultades que los abruman. Otra alternativa, una que pocos dicen querer, consistiría en la salida de Grecia de la Eurozona, lo que plantearía el riesgo de que movimientos afines a Syriza se fortalezcan a tal punto en España, Italia, Portugal y en su variante derechista, Francia, que el euro tal y como lo conocemos dejaría de existir, lo que asestaría a la construcción política más ambiciosa, y a pesar de todo aún más promisoria, del mundo, la Unión Europea, un golpe del que le costaría mucho recuperarse.
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