Contradicciones secundarias

Por Redacción

ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar

En un reciente programa televisivo el economista Héctor Valle, representante del gobierno en el directorio de YPF, reconoció las graves consecuencias éticas del blanqueo de capitales pero las consideró simples “contradicciones secundarias”. Utilizó una argumentación que desnuda el modo de pensar de muchos fervientes partidarios del actual presidencialismo hegemónico. Frente a la contradicción principal, es decir el enfrentamiento con las “corporaciones”, todo el resto de medidas que se estiman inadecuadas y aun los errores pasan a un segundo plano de irrelevancia ética. En los años setenta, los jóvenes militantes devoraban un breve opúsculo de Mao Tse Tung que se titulaba “Acerca de las contradicciones”. Mao distinguía la contradicción principal, que en ese momento era la lucha contra el imperialismo, de las contradicciones secundarias que se daban en el seno de la alianza popular antiimperialista. Afirmaba que en cada proceso político existen diferentes etapas y en cada etapa hay sólo una contradicción principal que desempeña el papel dirigente y decisivo, mientras que las demás ocupan un papel secundario y subordinado. Mientras la contradicción principal, según Mao, sólo podía resolverse por la supresión violenta de uno de los antagonistas, las contradicciones secundarias podían solucionarse por vías pacíficas, sobre base de la negociación y el acuerdo. Esta filosofía impregna al posmarxismo populista, que reivindica la existencia de una contradicción principal en la que el pueblo libra una batalla épica contra las viejas oligarquías transmutadas ahora en modernas corporaciones. En ese enfrentamiento de la alianza que nuclea a los “amigos” del pueblo con el “enemigo” escatológico del modelo nacional y popular, todas las acciones y recursos que contribuyan al éxito de la empresa son aceptables con independencia de consideraciones morales, jurídicas o formales. Esta forma de acomodar el pensamiento ante una realidad en ocasiones ingrata permite preparar el estómago para tragar un bello sapo todos los días. La lista es interminable y en nombre de la lucha popular se aceptan con resignación franciscana cuestiones tan secundarias como: el blanqueo de capitales que premia a los grandes evasores, la falsificación de las estadísticas públicas, la confiscación de empresas privadas, la desbocada emisión monetaria, la macrocorrupción en la contratación de obra pública o en la entrega de subsidios, el enriquecimiento inexplicable del matrimonio presidencial, la obscena ostentación de riqueza de la nueva abanderada de los humildes, el uso faccioso de los recursos del Estado, los intentos de someter a la prensa independiente, la embestida contra el Poder Judicial para subordinarlo a los requerimientos del Ejecutivo, y un largo etcétera. La astucia de la razón para justificar las contorsiones ideológicas más sorprendentes no es nada novedosa. Ha sido una constante en la historia de la humanidad, donde se han librado las más feroces guerras de exterminio contra enemigos internos o externos embellecidas siempre por los ideales más nobles. En la época de la sangrienta dictadura de Stalin, los intelectuales marxistas de Occidente, que habían quedado deslumbrados leyendo los bellos y vigorosos textos de Marx y Engels, esgrimían todo tipo de argumentos para dulcificar la imagen que venía de la Unión Soviética. Actualmente todavía hay algunos reducidos grupos de izquierda que reivindican una dictadura tan ramplona y obsoleta como la de los hermanos Castro en Cuba. Uno de los primeros filósofos que estudiaron el fenómeno de las distorsiones provocadas por los “falsos ídolos del entendimiento”, es decir las visiones ideológicas sesgadas, fue Francis Bacon con su obra “Novum Organum”, publicada en 1620. El entendimiento humano, para Bacon, no es una luz pura que ilumina la realidad sino que se ve atrofiada bajo la influencia de la voluntad y los sentimientos, y los hombres tienden a creer aquello que más han deseado que fuera verdadero. La persistencia en el error es consecuencia de que el espíritu humano rechaza los datos de la experiencia para mantener incólume el prestigio de viejas y anacrónicas concepciones ideológicas. Según Bacon, existen varias clases de “ídolos” o prejuicios, que tienen “subyugado al entendimiento de los hombres”. Entre esos falsos ídolos que menciona sobresalen los “ídolos de la tribu”, que tienen su fundamento en la naturaleza humana, en su espíritu de tribu. Todo lo que pertenece o rodea a la tribu, aun sus peores hábitos, son admitidos con enorme condescendencia frente al extremo rigor con que contemplamos las actuaciones de los integrantes de las tribus rivales. También los hombres, en el trato social, añadía Bacon, utilizan expresiones que son como las monedas de oro en el comercio, representaciones de cosas que adquieren un valor puramente convencional. Esas palabras van sedimentando nuevas experiencias que, como capas de pintura superpuestas, van deformando el objeto original. Esa deformación va permeando también los comportamientos humanos que se van acomodando pragmáticamente a las nuevas realidades. Esta enorme plasticidad de la naturaleza humana permite contemplar escenas divertidas, como las de legendarios combatientes del capital, abrazados con inocultable éxtasis a las puertas de las bóvedas que guardan el vil metal.


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