Convertibilidad a la griega
Los funcionarios de la Comisión Europea tienen que actuar como si estuvieran a cargo de un solo país, pero sucede que no lo están, ya que todos los miembros de la embrionaria confederación insisten en anteponer sus propios intereses nacionales a los del conjunto. La Unión Europea es una obra en construcción. A pesar de los esfuerzos de los comprometidos con el proyecto, aún sería prematuro hablar de un pueblo europeo. Si no fuera así, los griegos y otros que han visto caer su nivel de vida aceptarían que viven en una región deprimida, equiparable a su modo al sur de Italia o algunas partes del norte de la Argentina, pero, por motivos comprensibles, no se les ocurriría reaccionar de tal modo. Antes bien, asumen posturas nacionalistas que, en los países de la franja mediterránea de Europa, los hacen culpar a Alemania por las penurias que están sufriendo, dando a entender que son víctimas del imperialismo económico teutón y acusando a Angela Merkel de pisotear sus derechos democráticos. Es ésta la actitud del nuevo gobierno griego. Dicen sus líderes que, puesto que acaban de ser elegidos luego de prometer poner fin a “la austeridad”, es el deber democrático del resto de Europa respetar la voluntad popular así manifestada entregándole decenas de miles de millones de euros sin exigir nada a cambio. También afirman que su país lo merece porque, en la Segunda Guerra Mundial, los invasores nazis provocaron un sinfín de estragos terribles, masacrando a miles de griegos y hambreando a muchos más. Sus socios europeos, encabezados por el gobierno alemán, han contestado recordándole que sus propios electorados no tolerarían una decisión de subsidiar a los griegos hasta nuevo aviso, de suerte que el gobierno de Syriza ha tenido que aceptar que cualquier préstamo vendría acompañado por una lista larga de condiciones onerosas destinadas a obligarlo a usar el dinero con sensatez, sin gastarlo en programas clientelistas como quisiera. En esta batalla, los alemanes y sus aliados, entre ellos los españoles y otros que han procurado sanear sus economías, siempre han llevado las de ganar. Si bien el primer ministro heleno Alexis Tsipras y el ministro de Hacienda Yanis Varoufakis, un exprofesor universitario que comparte con Axel Kicillof algunas ideas heterodoxas y una aversión fotogénica a las corbatas, tratan de convencer a sus compatriotas de que lograron doblegar a los demás europeos, ya sabrán que, aun cuando el 100% votara en contra de la austeridad, tal manifestación de unidad no serviría para nada. El gran problema de Grecia y otros países en una situación parecida no es que sus gobiernos respectivos se vean obligados por otros a reducir el gasto público, es que carecen del dinero que necesitarían para mantenerlo al nivel que creen apropiado y, para más señas, no están en condiciones de producir lo suficiente como para permitirles restaurar el statu quo de antes. El desastre griego es producto de la ilusión de que adoptar el euro bastaría para asegurar un futuro de prosperidad. Es el equivalente europeo del uno a uno de la convertibilidad. Para que funcionara, los gobiernos de los países menos competitivos tendrían que llevar a cabo muchas reformas estructurales que perjudicarían a poderosos intereses creados, algunos respetables, otros no tanto, pero por distintos motivos no han podido hacerlo. El resultado es que, después de algunos años de vivir por encima de sus posibilidades reales, los presuntamente beneficiados por el esquema elegido se vieron frente a una factura monstruosa. En nuestro caso, pagarla supuso tolerar la madre de todos los ajustes, con la transferencia de una cantidad fenomenal de dinero sustraído de los bolsillos de la clase media a los del Estado y de muchos financistas y empresarios, ya que, según los artífices del “modelo” que heredarían los kirchneristas, la alternativa hubiera sido aún peor. En el caso de Grecia, algo muy similar está en marcha, con la diferencia de que el país se niega a abandonar la versión europea de la convertibilidad por razones geopolíticas: los griegos entienden que la Unión Europea les brinda una medida imprescindible de protección en un mundo que, para ellos, siempre ha sido muy peligroso, factor éste que nuestros dirigentes no tuvieron que tomar en cuenta.
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