Crece la desigualdad
Si bien parecería que nadie está a favor de la desigualdad económica, en casi todos los países sigue ampliándose la brecha que separa los ingresos de los más ricos de aquellos de los más pobres. Exageran groseramente quienes dicen que nunca fue tan grande como en la actualidad, pero no cabe duda de que, como acaba de confirmar la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), la entidad que agrupa a una treintena de países considerados más avanzados que los demás, la desigualdad ha aumentado mucho a partir de los años noventa del siglo pasado. Se trata de un fenómeno que afecta no sólo a países de cultura netamente capitalista, entre ellos Estados Unidos, sino también a otros de tradiciones estatistas como Francia y Dinamarca. Sin embargo, aunque virtualmente todos dicen coincidir en que la desigualdad es mala por razones humanitarias, políticas, sociales e incluso económicas, ya que, como advirtió el secretario general de la OCDE, el mexicano José Ángel Gurría, además de debilitar el tejido social compromete el crecimiento económico a largo plazo, a esta altura la mayoría entenderá que no sería del todo fácil revertir una tendencia que se debe menos a la codicia de individuos determinados que a cambios estructurales que están experimentando el sistema económico mundial. Los preocupados por la desigualdad creciente que, año tras año, se registra en los países más prósperos a pesar de los intentos esporádicos de frenarla señalan que son cada vez más los empleos precarios, o a tiempo parcial, y que los ingresos de las mujeres suelen ser llamativamente inferiores a los de los hombres. Los autores del informe de la OCDE también lamentan las perspectivas ante “los trabajadores temporales y poco calificados”. Sin embargo, se trata de consecuencias inevitables de la revolución tecnológica que está en marcha. No es exactamente una novedad que los procesos económicos se hayan modificado mucho últimamente a causa de la irrupción de la informática y la robotización. En la “economía del conocimiento” que está instalándose en el mundo rico y en enclaves en países relativamente pobres como la Argentina, es lógico que se vean rezagados quienes no cuentan con una educación adecuada o, por lo menos, con un patrimonio significante que les permita vivir de rentas. Para hacer frente al desafío planteado por el cambio que propende a acelerarse, dirigentes políticos bien intencionados apuestan a reformas educativas que, aseguran, servirían para que todos adquieran los conocimientos necesarios para abrirse camino en el mundo laboral, pero, por injusto que les parezca, en todas partes abundan las personas que sencillamente no están en condiciones de aprovechar las oportunidades así brindadas. No sólo es cuestión de los millones de jóvenes que ni estudian ni trabajan, sino también de los que, por los motivos que fueran, nunca podrían cumplir tareas intelectualmente exigentes. En todos los países avanzados funcionan programas redistributivos, como los planes sociales que existen aquí, destinados a atenuar la pobreza extrema. Aunque en vista de la alternativa son claramente necesarios, motivan la hostilidad no tanto de los más ricos, que por lo común los apoyan con tal de que no se vean constreñidos a reducir su propio nivel de vida, cuanto de los trabajadores mismos que no quieren aportar a subsidios para los que, a su juicio, son vagos, tema éste que en ocasiones han aprovechado por motivos políticos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el ministro de Economía Axel Kicillof. Sea como fuere, es de prever que en los años próximos tales programas se hagan más extensivos en todos los países. La “economía del conocimiento” se hará más productiva por momentos, pero también será cada vez menos la labor intensiva. Puesto que ningún país puede darse el lujo de perder terreno aferrándose a esquemas económicos anticuados, o conservar industrias no competitivas como las que daban empleos a decenas de miles de obreros hasta verse remplazadas por otras más eficientes, será necesario encontrar la forma de asegurar que todos reciban un ingreso suficiente como para permitirles compartir la riqueza generada sin sentirse desmoralizados por depender de la ayuda pública, como a menudo sucede con los desocupados en sociedades en que es muy fuerte la cultura del trabajo.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Domingo 24 de mayo de 2015
Si bien parecería que nadie está a favor de la desigualdad económica, en casi todos los países sigue ampliándose la brecha que separa los ingresos de los más ricos de aquellos de los más pobres. Exageran groseramente quienes dicen que nunca fue tan grande como en la actualidad, pero no cabe duda de que, como acaba de confirmar la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), la entidad que agrupa a una treintena de países considerados más avanzados que los demás, la desigualdad ha aumentado mucho a partir de los años noventa del siglo pasado. Se trata de un fenómeno que afecta no sólo a países de cultura netamente capitalista, entre ellos Estados Unidos, sino también a otros de tradiciones estatistas como Francia y Dinamarca. Sin embargo, aunque virtualmente todos dicen coincidir en que la desigualdad es mala por razones humanitarias, políticas, sociales e incluso económicas, ya que, como advirtió el secretario general de la OCDE, el mexicano José Ángel Gurría, además de debilitar el tejido social compromete el crecimiento económico a largo plazo, a esta altura la mayoría entenderá que no sería del todo fácil revertir una tendencia que se debe menos a la codicia de individuos determinados que a cambios estructurales que están experimentando el sistema económico mundial. Los preocupados por la desigualdad creciente que, año tras año, se registra en los países más prósperos a pesar de los intentos esporádicos de frenarla señalan que son cada vez más los empleos precarios, o a tiempo parcial, y que los ingresos de las mujeres suelen ser llamativamente inferiores a los de los hombres. Los autores del informe de la OCDE también lamentan las perspectivas ante “los trabajadores temporales y poco calificados”. Sin embargo, se trata de consecuencias inevitables de la revolución tecnológica que está en marcha. No es exactamente una novedad que los procesos económicos se hayan modificado mucho últimamente a causa de la irrupción de la informática y la robotización. En la “economía del conocimiento” que está instalándose en el mundo rico y en enclaves en países relativamente pobres como la Argentina, es lógico que se vean rezagados quienes no cuentan con una educación adecuada o, por lo menos, con un patrimonio significante que les permita vivir de rentas. Para hacer frente al desafío planteado por el cambio que propende a acelerarse, dirigentes políticos bien intencionados apuestan a reformas educativas que, aseguran, servirían para que todos adquieran los conocimientos necesarios para abrirse camino en el mundo laboral, pero, por injusto que les parezca, en todas partes abundan las personas que sencillamente no están en condiciones de aprovechar las oportunidades así brindadas. No sólo es cuestión de los millones de jóvenes que ni estudian ni trabajan, sino también de los que, por los motivos que fueran, nunca podrían cumplir tareas intelectualmente exigentes. En todos los países avanzados funcionan programas redistributivos, como los planes sociales que existen aquí, destinados a atenuar la pobreza extrema. Aunque en vista de la alternativa son claramente necesarios, motivan la hostilidad no tanto de los más ricos, que por lo común los apoyan con tal de que no se vean constreñidos a reducir su propio nivel de vida, cuanto de los trabajadores mismos que no quieren aportar a subsidios para los que, a su juicio, son vagos, tema éste que en ocasiones han aprovechado por motivos políticos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el ministro de Economía Axel Kicillof. Sea como fuere, es de prever que en los años próximos tales programas se hagan más extensivos en todos los países. La “economía del conocimiento” se hará más productiva por momentos, pero también será cada vez menos la labor intensiva. Puesto que ningún país puede darse el lujo de perder terreno aferrándose a esquemas económicos anticuados, o conservar industrias no competitivas como las que daban empleos a decenas de miles de obreros hasta verse remplazadas por otras más eficientes, será necesario encontrar la forma de asegurar que todos reciban un ingreso suficiente como para permitirles compartir la riqueza generada sin sentirse desmoralizados por depender de la ayuda pública, como a menudo sucede con los desocupados en sociedades en que es muy fuerte la cultura del trabajo.
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