Cristina contra el tiempo
Siempre y cuando el escenario político nacional no se vea trastornado por algún hecho imprevisto tan impactante que sirva para modificar todo, durante los próximos meses continuará dominándolo la lucha por el voto bonaerense que se da entre la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el intendente de Tigre, Sergio Massa. Según las encuestas de opinión que acaban de difundirse, en la primera fase de la campaña formal Massa aventaja por más de diez puntos al candidato de Cristina, el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, una diferencia que el oficialismo tratará de superar obligándolo a definirse con mayor nitidez. Si bien el retador se afirma en contra de una eventual reforma constitucional que sirviera para permitir la reelección indefinida y ha hablado de la necesidad de “atacar la inflación, ese cáncer que les come el bolsillo de los argentinos”, además de defender la independencia judicial, diferenciándose así de la presidenta, parecería que el programa de gobierno que tiene en mente se limitaría a la conservación de lo considerado positivo y la eliminación de lo negativo de la gestión prolongada del matrimonio santacruceño, planteo éste que merecería la aprobación de todos los políticos. De más está decir que la estrategia resueltamente moderada elegida por Massa molesta sobremanera a rivales peronistas de actitudes más agresivas como el diputado bonaerense Francisco de Narváez y a los simpatizantes de la lista antiperonista del Frente Cívico encabezada por Margarita Stolbizer. Ellos venían desafiando al intendente tigrense a que se arriesgara adoptando posturas más duras frente a grandes problemas nacionales como el supuesto por la corrupción rampante. Sin embargo, puesto que Massa intuye que una contundencia mayor no lo ayudaría a obtener más votos –antes bien, teme que lo privara de muchos–, sorprendería que prestara atención a los pedidos en tal sentido. Para Cristina, la prioridad ha de consistir en brindar la impresión de que su “proyecto”, lejos de haberse agotado, apenas se ha iniciado, razón por la que necesita “ganar” algunas décadas más para consolidarlo. Aunque parecería que una proporción significante de los millones de bonaerenses que dependen de la asistencia pública para sobrevivir se aferra al kirchnerismo, como en el pasado hizo con el menemismo y con el peronismo original, lo que resulta comprensible por tratarse de un sector que es sumamente vulnerable, la evolución de una economía socavada por la inflación no puede sino erosionar su fe en la presidenta. Así y todo, parecería que, para extrañeza de sus adversarios, Cristina aún disfruta del apoyo de un núcleo duro de aproximadamente el 30% de los bonaerenses, lo que es mucho, pero hay señales de que la base de sustentación así supuesta propende a reducirse poco a poco. Si Massa logra persuadir a quienes lo conforman de que es un oficialista renovador, por decirlo de algún modo, que los defendería contra las dificultades que ven acercándose, se pondría en marcha un cambio de lealtades que podría resultar irreversible. En países de cultura política populista como el nuestro, la imagen suele importar mucho más que cualquier otro factor. Tanto aquí como en Venezuela, millones de personas muy pobres se han acostumbrado a privilegiar los lazos emotivos con el líder de turno por encima incluso de la realidad económica. De otro modo, sería inexplicable la popularidad que tuvo Hugo Chávez hasta el día de su muerte o que sigue teniendo Cristina entre quienes viven al borde de la indigencia en los inmensos barrios destartalados y plagados de delincuentes del conurbano bonaerense. Para los opositores, la situación así supuesta es muy frustrante. Por contundentes que sean sus críticas y racionales que resulten sus planteos, no conseguirán mucho a menos que logren competir con el oficialismo construyendo imágenes más atractivas. El más exitoso en este ámbito últimamente ha sido Massa, quien se las ha arreglado para erigirse en el sucesor más probable de Cristina, alejándose no sólo de Insaurralde sino también de otros aspirantes a tomar el relevo, aunque después de las elecciones tenga que disputar la primacía con el gobernador bonaerense Daniel Scioli, otro político que sabe que su destino personal no dependerá de su capacidad como administrador o de sus propuestas concretas sino de la imagen que logre proyectar.
Siempre y cuando el escenario político nacional no se vea trastornado por algún hecho imprevisto tan impactante que sirva para modificar todo, durante los próximos meses continuará dominándolo la lucha por el voto bonaerense que se da entre la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el intendente de Tigre, Sergio Massa. Según las encuestas de opinión que acaban de difundirse, en la primera fase de la campaña formal Massa aventaja por más de diez puntos al candidato de Cristina, el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, una diferencia que el oficialismo tratará de superar obligándolo a definirse con mayor nitidez. Si bien el retador se afirma en contra de una eventual reforma constitucional que sirviera para permitir la reelección indefinida y ha hablado de la necesidad de “atacar la inflación, ese cáncer que les come el bolsillo de los argentinos”, además de defender la independencia judicial, diferenciándose así de la presidenta, parecería que el programa de gobierno que tiene en mente se limitaría a la conservación de lo considerado positivo y la eliminación de lo negativo de la gestión prolongada del matrimonio santacruceño, planteo éste que merecería la aprobación de todos los políticos. De más está decir que la estrategia resueltamente moderada elegida por Massa molesta sobremanera a rivales peronistas de actitudes más agresivas como el diputado bonaerense Francisco de Narváez y a los simpatizantes de la lista antiperonista del Frente Cívico encabezada por Margarita Stolbizer. Ellos venían desafiando al intendente tigrense a que se arriesgara adoptando posturas más duras frente a grandes problemas nacionales como el supuesto por la corrupción rampante. Sin embargo, puesto que Massa intuye que una contundencia mayor no lo ayudaría a obtener más votos –antes bien, teme que lo privara de muchos–, sorprendería que prestara atención a los pedidos en tal sentido. Para Cristina, la prioridad ha de consistir en brindar la impresión de que su “proyecto”, lejos de haberse agotado, apenas se ha iniciado, razón por la que necesita “ganar” algunas décadas más para consolidarlo. Aunque parecería que una proporción significante de los millones de bonaerenses que dependen de la asistencia pública para sobrevivir se aferra al kirchnerismo, como en el pasado hizo con el menemismo y con el peronismo original, lo que resulta comprensible por tratarse de un sector que es sumamente vulnerable, la evolución de una economía socavada por la inflación no puede sino erosionar su fe en la presidenta. Así y todo, parecería que, para extrañeza de sus adversarios, Cristina aún disfruta del apoyo de un núcleo duro de aproximadamente el 30% de los bonaerenses, lo que es mucho, pero hay señales de que la base de sustentación así supuesta propende a reducirse poco a poco. Si Massa logra persuadir a quienes lo conforman de que es un oficialista renovador, por decirlo de algún modo, que los defendería contra las dificultades que ven acercándose, se pondría en marcha un cambio de lealtades que podría resultar irreversible. En países de cultura política populista como el nuestro, la imagen suele importar mucho más que cualquier otro factor. Tanto aquí como en Venezuela, millones de personas muy pobres se han acostumbrado a privilegiar los lazos emotivos con el líder de turno por encima incluso de la realidad económica. De otro modo, sería inexplicable la popularidad que tuvo Hugo Chávez hasta el día de su muerte o que sigue teniendo Cristina entre quienes viven al borde de la indigencia en los inmensos barrios destartalados y plagados de delincuentes del conurbano bonaerense. Para los opositores, la situación así supuesta es muy frustrante. Por contundentes que sean sus críticas y racionales que resulten sus planteos, no conseguirán mucho a menos que logren competir con el oficialismo construyendo imágenes más atractivas. El más exitoso en este ámbito últimamente ha sido Massa, quien se las ha arreglado para erigirse en el sucesor más probable de Cristina, alejándose no sólo de Insaurralde sino también de otros aspirantes a tomar el relevo, aunque después de las elecciones tenga que disputar la primacía con el gobernador bonaerense Daniel Scioli, otro político que sabe que su destino personal no dependerá de su capacidad como administrador o de sus propuestas concretas sino de la imagen que logre proyectar.
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