Cristina y Christine

Redacción

Por Redacción

Hace casi una década, cuando en el transcurso de una visita a Madrid la entonces senadora Cristina Fernández de Kirchner peroraba en torno a la “incompetencia económica” del FMI, el expresidente español Felipe González le aseguró que “a veces solemos decir que ‘menos mal que existe el Fondo’ porque, si no, ¿a quién le echaríamos la culpa?”. Tenía razón el socialista. En los muchos países en que los gobernantes son reacios a afirmarse a favor de cualquier ajuste, por suave que fuere, los obligados por las circunstancias a reducir el gasto público se han acostumbrado a atribuir las decisiones en tal sentido a las presiones irresistibles de un organismo multilateral supuestamente sádico que, por dogmatismo o por razones conspirativas, se dedica a hacer sufrir a pueblos enteros. Puesto que el gobierno kirchnerista rompió hace tiempo con el FMI, no le es dado culparlo por los problemas que enfrenta, privilegio éste que sí tienen sindicalistas como Hugo Moyano. Según el camionero y otros de opiniones parecidas, el ministro de Economía Axel Kicillof se ha entregado al Fondo. De ser así, Christine Lagarde, la titular de la entidad que para muchos simboliza el mal absoluto, aún no se ha enterado de la transformación del kirchnerismo en un movimiento “neoliberal”, ya que acaba de difundir un informe lapidario en que prevé que nuestra economía, como la de Venezuela, “se frene de forma marcada” en un clima de “alta incertidumbre”, mientras que las de otros países latinoamericanos seguirán creciendo a un ritmo satisfactorio. Con todo, si bien, como señaló González, para políticos en apuros el FMI cumple un rol que les es útil al proporcionarles un chivo expiatorio que pueden vapulear en público sin correr muchos riesgos, es una suerte que el gobierno de Cristina no esté en condiciones de hacerlo. La larga serie de desastres económicos que han protagonizado gobiernos de distintos orígenes ideológicos se ha debido en buena medida a la negativa de los integrantes de la clase política nacional a asumir la responsabilidad por sus propios errores. Siempre se las arreglan para imputarlos a otros. Aunque en esta oportunidad los kirchneristas no han podido ensañarse con el FMI, se afirman víctimas de la malignidad de “poderes concentrados” que, desde los mercados, los obligaron a devaluar y a emprender un ajuste que amenaza con ser sumamente severo, pero, aparte de los militantes incondicionales, pocos toman demasiado en serio tales explicaciones. Parecería que la mayoría entiende muy bien que, terminada la fiesta de consumo subsidiado, ha llegado la hora de pagar la cuenta. Asimismo, a pesar de la imagen necesariamente mala del FMI, un organismo que cumple la función ingrata de recordarles a gobiernos en problemas que los recursos financieros siempre son limitados, Cristina entiende que le convendría reconciliarse con él porque, en el mundo desarrollado por lo menos, no se ha visto tan desprestigiado como quisieran creer los populistas locales. De coincidir los dirigentes de los países ricos en que los técnicos del FMI son incompetentes que, a diferencia de Cristina, no saben nada de economía, no titubearían un solo minuto en reemplazarlos por otros mejor preparados. Por supuesto que no lo han hecho. Si bien las previsiones formuladas por el FMI a veces resultan equivocadas y, en retrospectiva, es legítimo criticarlo por no haber advertido a tiempo que una grave crisis como la desatada en el 2008 al derrumbarse el mercado inmobiliario estadounidense, y con él algunos bancos de inversión gigantescos, estaba a punto de estallar, comprenden que, de haberlo hecho, muchos lo hubieran acusado de provocarlo sembrando alarma. El consenso es que, dadas las circunstancias, desempeña una función que es imprescindible. De otro modo, países del Club de París como el Japón y Alemania no insistirían en que el FMI haga una auditoría de la economía argentina a fin de determinar si realmente está en condiciones de cumplir con sus compromisos. Por extraño que les parezca a los convencidos de que el organismo no sirve para nada, en muchas partes del mundo Christine Lagarde es considerada más confiable que Cristina, razón por la que el virtual boicot financiero que tantos perjuicios nos ha causado continuará hasta que el FMI haya dictaminado que, a su juicio, las estadísticas difundidas por el gobierno nacional reflejan la realidad.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 13 de abril de 2014


Hace casi una década, cuando en el transcurso de una visita a Madrid la entonces senadora Cristina Fernández de Kirchner peroraba en torno a la “incompetencia económica” del FMI, el expresidente español Felipe González le aseguró que “a veces solemos decir que ‘menos mal que existe el Fondo’ porque, si no, ¿a quién le echaríamos la culpa?”. Tenía razón el socialista. En los muchos países en que los gobernantes son reacios a afirmarse a favor de cualquier ajuste, por suave que fuere, los obligados por las circunstancias a reducir el gasto público se han acostumbrado a atribuir las decisiones en tal sentido a las presiones irresistibles de un organismo multilateral supuestamente sádico que, por dogmatismo o por razones conspirativas, se dedica a hacer sufrir a pueblos enteros. Puesto que el gobierno kirchnerista rompió hace tiempo con el FMI, no le es dado culparlo por los problemas que enfrenta, privilegio éste que sí tienen sindicalistas como Hugo Moyano. Según el camionero y otros de opiniones parecidas, el ministro de Economía Axel Kicillof se ha entregado al Fondo. De ser así, Christine Lagarde, la titular de la entidad que para muchos simboliza el mal absoluto, aún no se ha enterado de la transformación del kirchnerismo en un movimiento “neoliberal”, ya que acaba de difundir un informe lapidario en que prevé que nuestra economía, como la de Venezuela, “se frene de forma marcada” en un clima de “alta incertidumbre”, mientras que las de otros países latinoamericanos seguirán creciendo a un ritmo satisfactorio. Con todo, si bien, como señaló González, para políticos en apuros el FMI cumple un rol que les es útil al proporcionarles un chivo expiatorio que pueden vapulear en público sin correr muchos riesgos, es una suerte que el gobierno de Cristina no esté en condiciones de hacerlo. La larga serie de desastres económicos que han protagonizado gobiernos de distintos orígenes ideológicos se ha debido en buena medida a la negativa de los integrantes de la clase política nacional a asumir la responsabilidad por sus propios errores. Siempre se las arreglan para imputarlos a otros. Aunque en esta oportunidad los kirchneristas no han podido ensañarse con el FMI, se afirman víctimas de la malignidad de “poderes concentrados” que, desde los mercados, los obligaron a devaluar y a emprender un ajuste que amenaza con ser sumamente severo, pero, aparte de los militantes incondicionales, pocos toman demasiado en serio tales explicaciones. Parecería que la mayoría entiende muy bien que, terminada la fiesta de consumo subsidiado, ha llegado la hora de pagar la cuenta. Asimismo, a pesar de la imagen necesariamente mala del FMI, un organismo que cumple la función ingrata de recordarles a gobiernos en problemas que los recursos financieros siempre son limitados, Cristina entiende que le convendría reconciliarse con él porque, en el mundo desarrollado por lo menos, no se ha visto tan desprestigiado como quisieran creer los populistas locales. De coincidir los dirigentes de los países ricos en que los técnicos del FMI son incompetentes que, a diferencia de Cristina, no saben nada de economía, no titubearían un solo minuto en reemplazarlos por otros mejor preparados. Por supuesto que no lo han hecho. Si bien las previsiones formuladas por el FMI a veces resultan equivocadas y, en retrospectiva, es legítimo criticarlo por no haber advertido a tiempo que una grave crisis como la desatada en el 2008 al derrumbarse el mercado inmobiliario estadounidense, y con él algunos bancos de inversión gigantescos, estaba a punto de estallar, comprenden que, de haberlo hecho, muchos lo hubieran acusado de provocarlo sembrando alarma. El consenso es que, dadas las circunstancias, desempeña una función que es imprescindible. De otro modo, países del Club de París como el Japón y Alemania no insistirían en que el FMI haga una auditoría de la economía argentina a fin de determinar si realmente está en condiciones de cumplir con sus compromisos. Por extraño que les parezca a los convencidos de que el organismo no sirve para nada, en muchas partes del mundo Christine Lagarde es considerada más confiable que Cristina, razón por la que el virtual boicot financiero que tantos perjuicios nos ha causado continuará hasta que el FMI haya dictaminado que, a su juicio, las estadísticas difundidas por el gobierno nacional reflejan la realidad.

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