Cuba, inmovilismo y retórica 

Por Eduardo Basz (Especial para "Río Negro")

Redacción

Por Redacción

Por diversas razones, la Revolución Cubana y los fenómenos a ella asociados provocan un debate político tan profundo como apasionado. Es imposible permanecer indiferente, o incluso frío, ante la Revolución y, sobre todo, quien aparece como su máximo protagonista: Fidel. Claro que según la tradición marxista, ese lugar protagónico le corresponde al proletariado y no a un príncipe. Esta dificultad es notoria en cualquier parte de América Latina, donde los compromisos adquiridos en el lejano enero de 1959 parecen seguir vigentes. Es que Cuba fue (y sigue siendo para muchos) un «símbolo sobrecargado de esperanza». ¿Será por eso que cuesta tanto aceptar lo evidente?

¿Qué interpretación hacer de la Cuba revolucionaria? ¿Estamos frente a una forma peculiar del marxismo-leninista o se trata la vieja y perenne revolución nacionalista de Martí, Maceo y Félix Varela? ¿Qué señas de identidad se ocultan tras la consigna «patria o muerte»? ¿Qué papel juegan el Partido Comunista, los Comités de Defensa de la Revolución, la Central de Trabajadores y la Federación de Mujeres? ¿Cómo se constituyó la trilogía Fidel-Patria-Revolución?

Una particularidad cubana: la omnipresencia de Martí. Hoy en día no se puede hablar de Cuba sin mencionar a Martí. Fidel y sus camaradas se llenan la boca con citas martianas. Entretanto, la principal herramienta de la propaganda contrarrevolucionaria se llama, justamente, Radio Martí.

A partir del colapso de la URSS, las insuficiencias económicas y sociales de la Revolución quedaron al descubierto. Algunos datos: en 1992-93, unas 50.000 personas sufrieron neuropatía óptica, una enfermedad causada por la desnutrición. La producción de alimentos disminuyó un tercio entre 1989-1994. Aunque la pobreza es inferior al promedio latinoamericano, pasó del dos por ciento en 1988 al diez por ciento en 1996.

Tal vez el punto más complejo sea su relación con el capital humano. Para muchos la clave está en la subutilización de personas formadas gracias a cuantiosas inversiones realizadas por el Estado. Pero hasta ahora eso no se ha traducido en un avance sostenido de la productividad, ni del desarrollo económico.

Según parece, el Estado se arroga la facultad de decidir en qué actividades y bajo qué modalidades pueden utilizar sus recursos lo individuos. El inmovilismo del régimen y su temor a la espontaneidad social (a pesar de toda la retórica revolucionaria) se hacen tan evidentes en lo económico como en lo político. Fidel dijo: «Nadie imagine que algún individuo puede hacer un artículo enjuiciando al Estado, al partido, a las leyes, todo y sobre todo, al partido. Queremos una amplia información, pero no quiere decir que alguien se pueda tomar las prerrogativas de enjuiciar al partido.

Esto debe quedar clarísimo porque no estamos en un régimen liberal-burgués ni mucho menos». 


Por diversas razones, la Revolución Cubana y los fenómenos a ella asociados provocan un debate político tan profundo como apasionado. Es imposible permanecer indiferente, o incluso frío, ante la Revolución y, sobre todo, quien aparece como su máximo protagonista: Fidel. Claro que según la tradición marxista, ese lugar protagónico le corresponde al proletariado y no a un príncipe. Esta dificultad es notoria en cualquier parte de América Latina, donde los compromisos adquiridos en el lejano enero de 1959 parecen seguir vigentes. Es que Cuba fue (y sigue siendo para muchos) un "símbolo sobrecargado de esperanza". ¿Será por eso que cuesta tanto aceptar lo evidente?

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