Leandro Rodríguez, de ganar el ‘Goyeneche’ de oro a la casa del Polaco: una historia de tango, memoria y pasión
Nacido en General Roca, comenzó a cantar a los 3 años y llegó al tango desde muy chico. A los 39, acaba de recibir uno de los reconocimientos más importantes de su carrera y vivió un momento inolvidable junto a Roberto Goyeneche, hijo del mítico Polaco.
Leandro Rodríguez exhibe los dos galardones junto a Robero Emilio Goyeneche, el hijo del Polaco.
A los tres años le pidió a un tío su primera guitarra. Era una de juguete que había visto colgada en un kiosco de la calle Mitre. Lo habían llevado con la excusa de comprar caramelos, pero el pequeño Leandro Rodríguez tenía otros planes. A los cinco años recibió otra, esta vez de su padrino, y para entonces ya cantaba canciones de memoria aunque todavía no sabía leer. A los 15 se fue solo a Buenos Aires a cantar tango y con el tiempo compartió escenarios y programas con grandes figuras de la música popular argentina.
Ahora Leandro Rodríguez, este cantor nacido en General Roca hace 38 años («a los cantantes de tango se les dice cantor…») acaba de recibir el Premio Goyeneche de Oro y vivir una de las experiencias más conmovedoras de su carrera: entrar a la casa del Polaco de la mano de su hijo, quien lo invitó especialmente.
Su relación con la música comenzó mucho antes de que pudiera imaginar que algún día se convertiría en su profesión. Cuando era purrete -ya que estamos hablando de tango- bajo las enseñanzas de su tío Luis Muñoz, músico al que recuerda con especial cariño, Leandro ya contaba con grabaciones donde se podía aventurar que la voz y presencia en el escenario iban a ser una cosa seria. A los ocho años, el 8 de septiembre de 1994, tuvo su primer encuentro con el público: fue en el Auditorio de Radio Popular de General Roca.

«A mí nadie me pidió que cantara o que tocara la guitarra. No fue una imposición familiar, fue una elección», asegura Leandro, quien viene de ganar el premio otorgado por la Academia Nacional del Tango de Buenos Aires, donde se reconoce a figuras destacadas del tango y de la cultura popular.
La distinción de Leandro fue doble: primero se quedó con el galardón de plata al mejor intérprete de tango. Después en la misma ceremonia, fue distinguido con el premio mayor, el de oro, entre todos los ganadores de las distintas categorías.
«Me llega la invitación a través de la organización y del jurado que, obviamente, está presidido por Roberto Emilio Goyeneche, el hijo del Polaco que a la vez fue su mánager en gran parte de su carrera. La Comisión del jugado evalúa todas propuestas y también tiene en cuenta los antecedentes en los distintos concursos de tango a nivel país», agrega Leandro en la charla con Río Negro.

De pibe, en su casa paterna de la calle Don Bosco de Roca había folklore y tango. Su padre estaba permanentemente vinculado con el ambiente de las peñas y rodeado de músicos. En aquellos primeros años, el folklore fue la puerta de entrada. Horacio Guaraní, los Cantores de Quilla Huasi y las voces que sonaban en las peñas de Roca, formaron parte de su paisaje musical. Pero el tango también estaba ahí, casi como una presencia inevitable.
Jorge Falcón, Julio Sosa, Roberto Goyeneche, Guillermo Fernández y, especialmente, Rubén Juárez, fueron construyendo un mapa de referencias que con el tiempo se transformaría en identidad. El tango se hizo más fuerte cuando tenía 12 o 13 años, después de conocer a Fabián Robledo, músico, pianista y bailarín de tango. A partir de entonces comenzó a descubrir otras voces, otras orquestas y otra manera de entender esa música. Y llegó Buenos Aires.

A los 15 años se fue solo a la gran ciudad. Trabajó en La Boca y cantó tango en lugares emblemáticos como La Rueda y el Samovar de Rasputín, el histórico y mítico templo del blues, muy cerca de la zona de Caminito. Allí, siendo apenas un adolescente, interpretaba “Garúa” y “La última curda”, rodeado de fotografías de Pappo y B.B. King.

Una de esas imágenes resume, casi como una escena de película, la dimensión de aquel comienzo. «En el Samovar, detrás del escenario había un chulengo donde hacían choripanes. Hay una foto de esa época donde yo cantaba y se ve a un hombre atrás moviendo el fuego. Tiempo después me enteré que era Pajarito Zaguri», el cantante y compositor considerado uno de los fundadores del rock argentino.

Con 15 años Leandro estaba descubriendo que la música podía llevarlo a lugares que todavía no sabía siquiera nombrar. Volvió a Roca, trabajó, regresó varias veces a Buenos Aires y fue construyendo una carrera que lo llevó por escenarios, programas de televisión y espectáculos junto a grandes nombres del tango.

Compartió espacios con figuras como María Graña, Guillermo Fernández, Raúl Lavié, Néstor Rolán y el recordado Chiqui Pereyra, con quien además tuvo la oportunidad de trabajar en sus últimos años. Con Silvio Soldán compartió tablas para hacer ‘Aguante Tango’, un programa de TV que en ese momento se emitía por Crónica y Canal 26.
En 2022 llegó uno de los reconocimientos que marcaron su trayectoria: obtuvo el primer premio como Solista Vocal de Tango en el Festival Nacional de Música Popular Argentina de Baradero y fue distinguido como Revelación del Festival.

Después vendrían nuevos espectáculos, escenarios y desafíos. En 2024 fue finalista del Certamen de Voces del Festival Internacional de Tango de Medellín y también llegó a la final del Festival de Tango de La Falda. Participó, además, de “María de Buenos Aires”, la ópera tango de Astor Piazzolla, en el marco del homenaje por los cien años del nacimiento del músico.

Sin embargo el «Goyeneche» es un premio que tiene un significado diferente, ya que para Leandro termina siendo apenas una parte de la historia, donde hay otro todavía más importante. Roberto Goyeneche le abrió las puertas de la casa de su padre, en el barrio de Saavedra. No fue a un museo, tampoco una visita guiada. Fue el hijo del Polaco quien tomó la llave, abrió la puerta y le dijo: “Pasá”. Y Leandro entró.
«Va a sonar raro lo que voy a decir pero lo siento así: te puedo decir que esa visita a la casa histórica del Polaco fue más importante que el premio en sí. Si bien para mí fue una sorpresa tremenda recibirlo, porque venís del interior y vas con una propuesta nada menos que a la gran ciudad… Es difícil. Pero recorrer el pasillo de la casa de Saavedra, entrar a ese comedor que lo veía en los documentales, sentarme en el sillón donde lo hacía el Polaco, fue inolvidable».

«Hay remeras estampadas con una imagen del Polaco con Pugliese que es muy conocida, que le está dando un beso. La foto original está en ese comedor. Y así un montón de cosas, el Martín Fierro arriba de la mesa… Es un museo en sí mismo y ahí vive el hijo».

Leandro vivió todo aquello que durante años había observado desde lejos, como parte de la historia del tango y estaba ahora estaba ahí. “Se te aflojan las piernas”, recuerda. Y quizá esa frase explique mejor lo que significó el premio.
Es que Leandro no llegó hasta esa casa como un espectador, sino como cantor, el mejor cantor de tangos del país, según la cátedra de la Gran Ciudad. «Tuve la suerte de descubrir ese mundo maravilloso que fue Goyeneche, quien hace 32 años que falleció y todavía sigue siendo un referente para todas las generaciones».

La historia no termina allí. «De la casa nos a fuimos a comer al Club del Tábano, histórico club del barrio de Saavedra donde el Polaco era habitué y solía cantar tangos para los parroquianos, todos hinchas de Platense como él. Ahí caí también un poco que estaba entrando al Tabano con el hijo del Polaco. Cuando lo nombraron todo el público se puso de pie y empezó a aplaudirlo». Él estaba detrás. Otra vez, la historia parecía empujarlo hacia un lugar que jamás había imaginado.
Ahora el vínculo continúa. Leandro será parte de los festejos por el centenario del natalicio del Polaco Goyeneche, que tendrán lugar el 17 de octubre en el Cemar de Roca, junto al cuarteto Puro Apronte, dirigido por el maestro Humberto Taglialegna, y la Orquesta Municipal Aníbal Troilo.
«Troilo fue el padrino de Roberto, que va a estar junto a nosotros en esta movida donde se sumó también Neuquén y Centenario, con una propuesta del Casino Magic», cuenta Leandro, que el año pasado obtuvo el primer puesto en el Festival Internacional de Tango de Junín. El cantor roquense también va a estar en el Festival del Tango de Neuquén, que se hará entre el 18 y el 20 de septiembre, sumando presentaciones y desafíos a una carrera que, lejos de cerrarse, parece encontrar nuevos caminos.

De todas maneras, cuando le preguntan con cuál de todos sus premios y reconocimientos se queda, la respuesta no tarda. «Esta experiencia tuvo algo distinto. Fue increíble cómo se dio, cómo me convocan a Buenos Aires y cómo comparto con él, con Roberto, el mundo más entrañable del Polaco».
Esta historia no se trató solamente de ganar un premio, sino de llegar a uno de los lugares más íntimos de la memoria del tango. De haber cruzado una puerta y detrás de ella, encontrarse con el aura eterna de un prócer del arrabal que le da nombre al galardón que te coloca como el mejor cantor del país. Ese es Leandro Rodríguez, tanguero, músico y milonguero que viene gastando suela por el camino correcto para quedar, también él, en la historia rica del 2×4.
A los tres años le pidió a un tío su primera guitarra. Era una de juguete que había visto colgada en un kiosco de la calle Mitre. Lo habían llevado con la excusa de comprar caramelos, pero el pequeño Leandro Rodríguez tenía otros planes. A los cinco años recibió otra, esta vez de su padrino, y para entonces ya cantaba canciones de memoria aunque todavía no sabía leer. A los 15 se fue solo a Buenos Aires a cantar tango y con el tiempo compartió escenarios y programas con grandes figuras de la música popular argentina.
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