De ideologías y pactos
HÉCTOR LANDOLFI (*)
Las relaciones entre Alemania y la ex-Unión Soviética se desarrollaron en tres actos sucesivos y sobre un escenario que presentaba un acuerdo de necesidades que se complementaban, un pacto geopolítico para repartirse Europa y el enfrentamiento final, brutal y trágico. La débil, inestable e hiperinflacionaria República de Weimar (Alemania, 1919-33) y la emergente de una revolución y una guerra civil posterior, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, firman el Tratado de Rapallo (1922) que, por debajo de las formalidades referidas a la “solidaridad de los pueblos”, establecía lo que cada parte requería y lo que cada contraparte otorgaba. La Unión Soviética necesitaba desarrollar sus industrias para convertirse en potencia y para ello busca y obtiene la tecnología fabril alemana. Los alemanes, impedidos de desarrollar armamentos por el Tratado de Versalles (1919), logran hacerlo en fábricas soviéticas a las cuales ellos ayudan a modernizar y ganar en eficiencia. Desde lo ideológico, este pacto significó un acuerdo entre socialdemócratas alemanes y comunistas soviéticos (bolcheviques), la fracción mayoritaria del marxismo triunfante en la URSS. La ironía trágica de esta historia revela que la puja por el poder en Alemania lleva a los socialdemócratas en el gobierno a reprimir con salvajismo a los bolcheviques, tarea que encomiendan a un grupo paramilitar compuesto por exsoldados del vencido Ejército alemán. En la URSS, los socialdemócratas (mencheviques) son reprimidos y masacrados por el Ejército Rojo, cuyo fundador y comandante en jefe era Trotski. Los socialdemócratas de Alemania y los comunistas de la Unión Soviética olvidan lo ocurrido y se sientan a negociar con los correligionarios de sus respectivos y aniquilados enemigos. En la operatoria específicamente militar el Tratado de Rapallo se permitía a Alemania formar pilotos de combate en el aeródromo soviético de Lipetsk, para lo cual la URSS aportó también aviones e instructores. Los pilotos alemanes, “recibidos” en la Unión Soviética, constituyeron el núcleo inicial de la Luftwafe, la fuerza aérea nazi que el mariscal Goering organiza por orden de Hitler. Lo aprendido en territorio soviético, los alemanes lo ponen en práctica durante la Guerra Civil Española, al bombardear Guernica en el País Vasco. El 23 de agosto de 1939, 17 años después de Rapallo, Alemania y la Unión Soviética firman un nuevo acuerdo que conmovería al mundo: el Pacto Ribbentrop-Mólotov, es decir una alianza entre Hitler y Stalin. Las cosas habían cambiado en ambos países. En Alemania el ascenso del nacionalsocialismo permitió a Hitler concentrar el poder absoluto y generar una política agresiva y criminal. El Holocausto sería la consecuencia más trágica de esa política. En la URSS, la troyka gobernante originaria, Lenin, Trotski y Stalin, se había deshecho luego de generar el Gulag, un archipiélago de campos de concentración por donde pasaron y padecieron más de una decena de millones de personas. Lenin había muerto y la lucha por el poder entre Trotski y Stalin finaliza con el triunfo de este último, lo que obliga a Trotski a escapar a México donde finalmente un esbirro de Stalin (mercader) lo asesina. El nuevo acuerdo entre nazis y comunistas es esencialmente geopolítico. Establecía las respectivas influencias de los firmantes sobre los países bálticos y el reparto de Polonia. Este último punto es inmediatamente puesto en práctica por las modernizadas fuerzas de ambos países. Alemania invade Polonia con el 19º Cuerpo de Ejército al mando del general Heinz Guderian y poco tiempo después lo hace la Unión Soviética con la 29ª Brigada de Tanques a cuyo frente estaba el general Semyon Krivoshein. Esta convergencia militar nazi-soviética es celebrada en septiembre de 1939 –apenas un mes, luego de firmado el pacto–, en la bielorrusa ciudad de Brest-Litovsk, al producirse un desfile conjunto de unidades alemanas y soviéticas presidido por los aludidos jefes y al son de una marcha militar rusa. (foto) Si la hipocresía se insinuaba en el primer Pacto (Rapallo) al ocultar bajo la conocida consigna de “solidaridad de los pueblos” una alianza militar-industrial, en el segundo acuerdo (Ribbentrop-Mólotov) la simulación llega a extremos absolutos. Bajo el título de “Tratado de no agresión” se generó un pacto donde cada contraparte buscaba ganar tiempo para lograr superioridad militar mientras ponían en práctica el más crudo imperialismo bélico para repartirse Europa. Este matrimonio de conveniencia duraría poco tiempo: dos años más tarde Alemania invade la Unión Soviética generando entre los circunstanciales aliados un enfrentamiento a muerte y disparando el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Ambos regímenes, el nazi y el soviético, afortunadamente ya no existen pero la trayectoria de ambos sistemas, que fue –en poco más de cuarenta años– del acuerdo a la confrontación, deja, junto a la Segunda Guerra Mundial que impulsaron y protagonizaron, la mayor cantidad de víctimas que haya producido un conflicto humano. (*) Exdirectivo de la industria editorial argentina. Referencias bibliográficas: Montgomery, Mariscal: Historia del arte de la guerra, Madrid, Aguilar, 1969. Segunda Guerra Mundial, autores varios. 22 tomos, Barcelona, Centro Editor PDA y Planeta Marketing, 2009.
El general Heinz Guderian (centro) y el general Semión Krivoshein (derecha) presiden el desfile conjunto de tropas alemanas y soviéticas en la ciudad de Brest-Litovsk, en septiembre de 1939.
HÉCTOR LANDOLFI (*)
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