De Taiana a Timerman
La renuncia imprevista del canciller Jorge Taiana ha sido atribuida al mal trato que le brindaba la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la que entre otras cosas lo acusó de “deslealtad” –para ella, un crimen casi capital– , además del disgusto que le ocasionaron el manejo kirchnerista de las relaciones con Uruguay y la existencia de una “embajada paralela” en Caracas a cargo del Ministerio de Planificación, aberración ésta que andando el tiempo podría ocasionarle un sinfín de problemas legales. Puede suponerse, pues, que la decisión de irse fue consecuencia de una serie de discrepancias que, un tanto tardíamente, lo convencieron de que había llegado la hora de tirar la toalla. De ser así, Taiana fue la víctima más reciente de un “estilo” que acaso encuentran tolerable los funcionarios congénitamente obsecuentes pero que resulta insoportable para quienes poseen cierto amor propio, como en los casos de los ex ministros de Economía Roberto Lavagna, Martín Lousteau y Miguel Peirano; el ex canciller Rafael Bielsa y algunos otros. En cuanto a la designación de Héctor Timerman para reemplazarlo, parece deberse a que nadie soñaría con poner en duda su lealtad incondicional hacia Cristina ya que últimamente el hijo de Jacobo Timerman no ha dejado pasar ninguna oportunidad para elogiar su gestión o para atacar con virulencia insólita a quienes la han criticado. Si bien el episodio ha servido para echar un poco más de luz sobre la forma sui géneris de gobernar de los Kirchner, su importancia tendrá menos que ver con las distintas personalidades de quienes lo han protagonizado que con su eventual influencia en las relaciones de nuestro país con el resto del mundo. A diferencia de Taiana, un peronista de actitudes un tanto pueblerinas, Timerman conoce muy bien el mundillo político norteamericano, en el que, gracias a su padre, ha adquirido muchos contactos, y domina el inglés, algo que en el mundo actual debería considerarse imprescindible para quienes aspiran a desempeñar con eficacia un papel en el escenario internacional. Para más señas, cuando aún era periodista, Timerman firmó artículos en que denunciaba con vehemencia los atropellos cometidos por la dictadura cubana contra los derechos fundamentales de los habitantes de la isla, asumiendo así una postura que contrasta llamativamente con la de los Kirchner, que nunca se han sentido perturbados por la incompatibilidad de su supuesto compromiso con los derechos humanos con el apoyo anímico que han brindado a una dictadura aún más brutal que la que aquí fue encabezada por el general Jorge Rafael Videla. Es por lo tanto posible que, con Timerman instalado en el Palacio San Martín, en los próximos meses la Argentina se distancie del eje “antiimperialista” liderado por el caudillo venezolano Hugo Chávez, un personaje que se cree el heredero de los ya ancianos hermanos Castro, para acercarse al Estados Unidos de Barack Obama, superando de tal modo la contradicción supuesta por la amistad efusiva del bolivariano con un régimen, el iraní, que la Justicia nacional, con el pleno apoyo del gobierno kirchnerista, acusa de ser directamente responsable del sanguinario atentado contra la AMIA. Asimismo, el que los norteamericanos se hayan sentido consternados por la voluntad del presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, de aliarse con su truculento homólogo iraní Mahmoud Ahmadinejad brinda a los gobernantes de la superpotencia un motivo adicional para procurar mejorar las relaciones con los Kirchner. Con todo, aunque abundan los motivos para suponer que Timerman se siente mucho más afín con Cristina que con su marido, tendrá que maniobrar con mucha cautela, puesto que de lo contrario correrá peligro de compartir el destino de otros funcionarios sindicados como “cristinistas” que terminaron enfrentados con Néstor. A menos que el ex presidente, actual diputado y titular de Unasur acepte que las circunstancias hacen recomendable un giro de la política exterior, se las arreglará para frustrar cualquier iniciativa en tal sentido que emprenda Timerman, dejándonos en el limbo diplomático al que nos hemos acostumbrado desde que se inició la etapa kirchnerista en mayo del 2003 y el santacruceño eligió subordinar todo lo demás a la política interna, cuando no a sus propios intereses inmediatos.