De una realidad a otra




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Internet no nos deja opción.

Siempre comenzamos la jornada con la idea de revisar en “un toque” los numerosos mails, la actividad de nuestros amigos en Facebook o Twitter, algún dato en el diario on line, jugar un poquito al ajedrez en línea o en algún otro juego de economía virtual, chatear dos palabras y, para no extender el asunto, hacerlo desde la misma cuenta de correo a la cual estamos conectados. Mails y chats que, a su vez, serán respondidos provocando nuevos correos y chats de nuestra propia cosecha.

En definitiva, se trata de un circuito interminable. Una mentira sin fin que promete de un modo poco convincente que allá a los lejos hay un lugar en cual podremos desconectarnos si seguimos como hasta ahora.

Pero el conejo jamás ha alcanzado la zanahoria.

Llevar una vida en Internet requiere precisamente de eso: una vida con todas sus letras.

Según Jorge Luis Borges, Funes el memorioso, necesitada de un día entero para recordar las alternativas de “un día entero”.

Es decir, en su mente no se gestaba una síntesis sino una reproducción exacta del ayer.

La pretensión de que la frenética actividad en la web se circunscriba a una parte del día, resulta tan inocente como esperar que, si uno los deja, los chicos vean voluntariamente una hora de dibujitos por la tarde y luego acudan felices a estudiar matemáticas.

La ecuación por resolver no es qué y cómo hacer con la existencia virtual sino qué y cómo hacer con su contraparte analógica, la que le quita tiempo a la primera.

Esto mientras seamos capaces de demostrar que hay más de una razón para quitar los ojos de la pantalla. De fondo, se desarrolla una discusión de orden filosófico que la condición humana civilizada y cableada no quiere asumir.

Si hoy existe Internet es porque había-hubo un espacio para ella.

Es porque esa civilidad, “la gente”, ya buscaba pasillos etéreos donde permitirse deambular en procura de entretenimiento y emociones.

Cada día que pasa taladramos el piso de una realidad para fugarnos hacia otra.


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