Debates en tiempos de consenso
Pocos discreparían del aspirante presidencial Sergio Massa de que “en lugar de hablar de acuerdos de personas y de partidos hay que hablar de políticas públicas”, es decir, de propuestas, pero resulta escasa la posibilidad de que en adelante los candidatos a cargos electivos se limiten a debatir en torno a medidas concretas. Massa, cuyo protagonismo reciente se debe menos a los logros que ha anotado en su trayectoria que a una imagen que muchos encuentran atractiva, entenderá muy bien que en política las presuntas cualidades personales, por superficiales que puedan considerarse, pesan mucho más que la eventual capacidad administrativa. Tanto en nuestro país como en todas las democracias, los políticos más exitosos no suelen ser los más inteligentes ni los más eficientes sino aquellos que, de un modo u otro, consiguen conectarse anímicamente con una cantidad suficiente de votantes. Puesto que en las elecciones generales los votos de los muchos que son pésimamente informados cuentan más que los de la minoría reducida de quienes se han dado el trabajo de estudiar los temas económicos y sociales, ningún político ambicioso puede darse el lujo de concentrarse en cuestiones técnicas. Es por este motivo que resulta poco probable que el debate televisivo que la semana pasada celebraron los dos candidatos del Pro, Horacio Rodríguez Larreta y Gabriela Michetti, haya servido para que muchos cambiaran de opinión acerca de su idoneidad para ocupar el lugar de Mauricio Macri como jefe del gobierno porteño, ya que según las encuestas el oficialismo capitalino se impondrá nuevamente en las elecciones venideras. Por tratarse de integrantes de la misma fuerza política que, para más señas, se sentían obligados a llamar la atención a su lealtad hacia el jefe, no les fue dado asumir posturas ideológicas distintas. Con todo, mientras que Michetti se esforzó por mostrar que es una buena persona que entiende “los problemas de la gente”, Larreta prefirió concentrarse en llamar la atención a sus dotes como gerente. Para los acostumbrados a que los debates políticos degeneren en un intercambio de denuncias tremendas, lo que merced a las turbulencias que ha experimentado la Argentina a través de los años a menudo sucede, el resultado habrá sido decepcionante, pero para los que esperan que el país esté por entrar en una etapa menos agitada, sin la beligerancia que es característica del “estilo K”, se trataba de una señal positiva. Aunque es de prever que, al acercarse la campaña electoral a su punto culminante, los distintos candidatos protagonicen enfrentamientos muy malhumorados, con muchas alusiones a presuntos pecados cometidos en el pasado, nadie ignora que los tres principales, el gobernador bonaerense Daniel Scioli, Macri y Massa, el tigrense que según las encuestas ha perdido mucho terreno en los meses últimos, tienen mucho en común. Son centristas pragmáticos que, de alcanzar el poder, intentarían seducir a los inversores acercándose a los mercados de capitales internacionales y frenar gradualmente la inflación sin provocar una convulsión social. En vista de que ninguno quiere asustar al electorado hablando de cosas feas como un ajuste, los eventuales debates serían dominados por los esfuerzos de los participantes de hacer caer a sus rivales en la trampa de admitir que, dadas las circunstancias, el sucesor de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no tendrá más alternativa que la de tomar algunas medidas antipáticas. Sea como fuere, todos serán conscientes de que el resultado final no dependerá de las propuestas concretas que les parezcan oportunas sino de su propia personalidad, mejor dicho, de la imagen que, con la colaboración de la ciudadanía, logren construir. Scioli tendrá que convencer a los escépticos de que, a pesar de su voluntad aparente de subordinarse a Cristina, es lo bastante fuerte como para asumir la responsabilidad de gobernar la Argentina; Macri se verá constreñido a persuadir a los indecisos de que dista de ser el monstruo neoliberal de la demonología progresista; para seguir en carrera, a Massa le será necesario eliminar la impresión ya difundida de que sólo ha sido otra estrella fugaz. Huelga decir que el desenlace dependerá menos de la eventual coherencia de los argumentos que esgrimen los candidatos que de lo que, a juicio del electorado, son sus cualidades personales.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Martes 21 de abril de 2015
Pocos discreparían del aspirante presidencial Sergio Massa de que “en lugar de hablar de acuerdos de personas y de partidos hay que hablar de políticas públicas”, es decir, de propuestas, pero resulta escasa la posibilidad de que en adelante los candidatos a cargos electivos se limiten a debatir en torno a medidas concretas. Massa, cuyo protagonismo reciente se debe menos a los logros que ha anotado en su trayectoria que a una imagen que muchos encuentran atractiva, entenderá muy bien que en política las presuntas cualidades personales, por superficiales que puedan considerarse, pesan mucho más que la eventual capacidad administrativa. Tanto en nuestro país como en todas las democracias, los políticos más exitosos no suelen ser los más inteligentes ni los más eficientes sino aquellos que, de un modo u otro, consiguen conectarse anímicamente con una cantidad suficiente de votantes. Puesto que en las elecciones generales los votos de los muchos que son pésimamente informados cuentan más que los de la minoría reducida de quienes se han dado el trabajo de estudiar los temas económicos y sociales, ningún político ambicioso puede darse el lujo de concentrarse en cuestiones técnicas. Es por este motivo que resulta poco probable que el debate televisivo que la semana pasada celebraron los dos candidatos del Pro, Horacio Rodríguez Larreta y Gabriela Michetti, haya servido para que muchos cambiaran de opinión acerca de su idoneidad para ocupar el lugar de Mauricio Macri como jefe del gobierno porteño, ya que según las encuestas el oficialismo capitalino se impondrá nuevamente en las elecciones venideras. Por tratarse de integrantes de la misma fuerza política que, para más señas, se sentían obligados a llamar la atención a su lealtad hacia el jefe, no les fue dado asumir posturas ideológicas distintas. Con todo, mientras que Michetti se esforzó por mostrar que es una buena persona que entiende “los problemas de la gente”, Larreta prefirió concentrarse en llamar la atención a sus dotes como gerente. Para los acostumbrados a que los debates políticos degeneren en un intercambio de denuncias tremendas, lo que merced a las turbulencias que ha experimentado la Argentina a través de los años a menudo sucede, el resultado habrá sido decepcionante, pero para los que esperan que el país esté por entrar en una etapa menos agitada, sin la beligerancia que es característica del “estilo K”, se trataba de una señal positiva. Aunque es de prever que, al acercarse la campaña electoral a su punto culminante, los distintos candidatos protagonicen enfrentamientos muy malhumorados, con muchas alusiones a presuntos pecados cometidos en el pasado, nadie ignora que los tres principales, el gobernador bonaerense Daniel Scioli, Macri y Massa, el tigrense que según las encuestas ha perdido mucho terreno en los meses últimos, tienen mucho en común. Son centristas pragmáticos que, de alcanzar el poder, intentarían seducir a los inversores acercándose a los mercados de capitales internacionales y frenar gradualmente la inflación sin provocar una convulsión social. En vista de que ninguno quiere asustar al electorado hablando de cosas feas como un ajuste, los eventuales debates serían dominados por los esfuerzos de los participantes de hacer caer a sus rivales en la trampa de admitir que, dadas las circunstancias, el sucesor de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no tendrá más alternativa que la de tomar algunas medidas antipáticas. Sea como fuere, todos serán conscientes de que el resultado final no dependerá de las propuestas concretas que les parezcan oportunas sino de su propia personalidad, mejor dicho, de la imagen que, con la colaboración de la ciudadanía, logren construir. Scioli tendrá que convencer a los escépticos de que, a pesar de su voluntad aparente de subordinarse a Cristina, es lo bastante fuerte como para asumir la responsabilidad de gobernar la Argentina; Macri se verá constreñido a persuadir a los indecisos de que dista de ser el monstruo neoliberal de la demonología progresista; para seguir en carrera, a Massa le será necesario eliminar la impresión ya difundida de que sólo ha sido otra estrella fugaz. Huelga decir que el desenlace dependerá menos de la eventual coherencia de los argumentos que esgrimen los candidatos que de lo que, a juicio del electorado, son sus cualidades personales.
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