Debates imposibles



Dice la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que le gustaría que “se escucharan otras propuestas para entablar un sano debate democrático” pero, mientras los oficialistas “nos paramos en un micrófono a contar las cosas que hemos hecho y a contar las que seguimos haciendo”, parecería que a su juicio los dirigentes opositores se limitan a descalificar, agraviar, denunciar e insultar, de tal manera mostrando que son una manga de inútiles. Pues bien, aunque sería claramente mejor que tanto los voceros del gobierno como los líderes de las distintas fracciones opositoras se dedicaran a debatir sana y seriamente acerca de los muchos problemas del país, no podrán hacerlo en las condiciones actuales debido a la negativa oficial a responder a preguntas sobre temas tan importantes como los planteados por la corrupción, la inflación, la pobreza, el deterioro alarmante de la calidad de la educación pública, el ya gigantesco déficit energético, la aproximación sorprendente al régimen islamista de Irán y así largamente por el estilo. Sucede que, como acaba de informarnos el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, el gobierno no tiene fracasos en su haber, o sea, es perfecto y por lo tanto intentar criticarlo sería perder el tiempo. Podría argüirse que, en comparación con otros problemas, la corrupción es un asunto menor, pero lo que quieren los intelectuales orgánicos del kirchnerismo que últimamente se han puesto a reivindicar dicho punto de vista es permitir que los ladrones sigan apropiándose del dinero ajeno hasta que por fin el país sea un dechado de prosperidad y justicia social, lo que es francamente absurdo. Por lo demás, mientras la mismísima presidenta, el vicepresidente y otros funcionarios jerárquicos estén bajo sospecha, propenderán a subordinar todo a sus propios intereses personales, razón por la que sería vano pedirles debatir de buena fe. También lo sería esperar que discutieran con honestidad los problemas económicos porque se aferran con tenacidad a los números fraudulentos confeccionados por el Indec intervenido, números en los que nadie, ni siquiera los sindicalistas más “leales”, realmente cree. Puesto que la economía a la que aluden los voceros gubernamentales sólo existe en “el relato” triunfalista del oficialismo, tratar de organizar un debate público entre el ministro supuestamente responsable, Hernán Lorenzino, y opositores como Roberto Lavagna o Alfonso Prat Gay en torno a lo que sería forzoso hacer para que emprendiera el camino del desarrollo sostenible carecería de sentido. Se ha hecho tan profunda y tan amplia la brecha que separa al oficialismo de la oposición razonable que es como si sus representantes hablaran idiomas mutuamente ininteligibles. Para los kirchneristas, la corrupción es un invento de los “medios corporativos”; para los demás, es una lacra que ya ha costado al país muchos miles de millones de dólares y, tarde o temprano, los acusados del saqueo tendrán que rendir cuentas ante la Justicia, siempre y cuando el gobierno no se las haya arreglado para “democratizarla” a tiempo. Por lo demás, según el oficialismo los precios de los bienes de la canasta familiar aumentan porque empresarios inescrupulosos quieren hambrear a la gente, no porque el país esté sufriendo, una vez más, un proceso inflacionario sumamente peligroso. ¿El blanqueo? No tiene nada que ver con el lavado de dinero. ¿La falta de seguridad ciudadana? Es una “sensación” que los opositores se han encargado de difundir por motivos inconfesables. ¿El acuerdo con Irán? Según el gobierno, los revolucionarios islámicos de Teherán están tan resueltos como el que más a encontrar a los culpables del peor atentado terrorista de la historia de nuestro país y por lo tanto colaborarán plenamente con los investigadores locales. No cabe duda de que tanto estos temas como muchos otros merecen ser debatidos, pero para que ello ocurriera el gobierno tendría que aceptar que la Argentina es un país pluralista, de muchos relatos distintos, y que, si bien las opiniones pueden variar, no lo hacen los hechos concretos, hechos que, es innecesario decirlo, los kirchneristas se han acostumbrado a pasar por alto porque el enemigo principal de lo que llaman su proyecto no es una oposición dividida y, por razones comprensibles, desconcertada, sino la realidad.


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