¿Qué es ser jesuita hoy?

Contexto

Hugo Martínez ViademontE

Especial para “Río Negro”

En estos momentos la pregunta a responder es, nuevamente: “¿Y qué es ser jesuita?”. Las respuestas que se han dado en los 500 años que llevan de existencia constituyen bibliotecas enteras. No se puede pretender resumirlas. En todo caso, destacar algunos puntos distintivos que sirven para caracterizarlos.

En primer lugar, su constitución por un militar lisiado, vasco, San Ignacio de Loyola, que tomó la decisión de su creación pero desechó la formación de una orden religiosa que estaba bajo la estricta dependencia burocrática de la Curia Romana y optó por la creación de una “sociedad” civil, de carácter absolutamente religioso, organizada con fuertes matices militares. De ahí el nombre de Compañía y su cabeza es un general. La práctica de la obediencia es el eje de la formación, hasta que el aspirante aprenda a obedecer automáticamente las órdenes recibidas.

La definición de este tipo de obediencia no es sutil. Debe hacerlo “como un cadáver”. Se somete, como todas las demás organizaciones religiosas, a los tres votos conocidos –castidad, obediencia y pobreza– pero agrega el llamado “cuarto voto”, que es el de obediencia al papa, como un cadáver.

Para evitar toda tentación de honores y prestigio personal sus miembros no los pueden recibir, de modo que tienen prohibido el acceso al obispado, el cardenalato, etcétera, salvo que reciban la orden de hacerlo por parte del Padre General. Privilegian la excelencia educativa, de tal modo que entre las más refinadas universidades del mundo se cuentan las jesuitas. Su acción se esparce por todo el mundo, incluidas Asia, África y América Latina, y en cada país en todos los ámbitos sociales y, desde hace al menos 40 años, con particular incidencia en los sectores más pobres de la población.

Manejo de la adversidad

Esto hace del “jesuita” un hombre de elite, capaz de trabajar en ambientes adversos y conflictivos. Con un poderoso espíritu de cuerpo que le asegura la solidaridad efectiva del resto de la Compañía.

Un hombre cultivado en la obediencia y la cultura de los matices, pero dispuesto a trabajar en las fronteras, de la ciencia, de la sociedad, de la experimentación, del arte de avanzar y retroceder, agazaparse, esperar el relevo o volver al cuartel si se lo ordenan. Este manejo honesto y organizado de la estrategia confunde a muchos observadores ajenos a la Compañía que esperan conductas frontales y rectilíneas.

Hoy Francisco tiene en sus manos el máximo instrumento de poder con que ha contado nunca un papa en los últimos 1.000 años. Es cabeza de la Iglesia y a la vez cabeza de la Compañía. Los jesuitas piadosos dirán que su cabeza siempre fue el papa. Pero hoy lo es más que nunca. El general de la Compañía era llamado “el papa negro”, para designar el poder oculto que tenía tras de sí el papa blanco. Hoy Francisco es el papa blanco y el papa negro al mismo tiempo.


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