“Derecha e izquierda”
Hace más de dos décadas, el profesor Norberto Bobbio tiró por tierra el vaticinio del politólogo Francis Fukuyama, que se había atrevido a vaticinar el fin de las ideologías entusiasmado por la caída del muro de Berlín y la desaparición del denominado “socialismo real”. Si bien el libro “Derecha e izquierda” del profesor Bobbio no es el primer intento de refutar este pensamiento sí es el que salda el debate concluyendo que izquierda y derecha son los opuestos que se necesitan uno al otro para existir a partir de sus diferencias insalvables. Aunque reconoce que existe una tercera posición intermedia, siempre es un espacio que oscila para un lado o para el otro. Finalmente, concluye Bobbio que la principal característica de cualquier versión de la izquierda es su lucha incansable por la igualdad. Ubicando y respetando al individuo como parte de un colectivo social lucha para eliminar las trabas que hacen al crecimiento de la desigualdad entre los seres humanos. En contraposición, la derecha en sus múltiples versiones acepta la desigualdad como la situación natural de la sociedad y pone al individuo en un lugar diferente según su condición social y económica. Estas posiciones antagónicas existen y se expresan en política a lo largo y a lo ancho del mundo, en todas las sociedades y bajo todos los sistemas políticos. En nuestro país la derecha, a partir de la ley Sáenz Peña, ha tenido una estrategia de incidir o llegar al poder penetrando los partidos tradicionales o golpeando los cuarteles. A partir de las diferentes situaciones que hemos vivido desde 1983 se han dado las condiciones para que la derecha argentina tenga, por primera vez, reales posibilidades de existir de manera independiente sin necesidad de recurrir a esas estrategias. Esto es un dato positivo si lo analizamos desde la tradición golpista de este sector, que no sólo está desinteresado de la igualdad social sino que es el representante de los intereses del capital concentrado que lucra con la desigualdad. Sería otro dato positivo si además significara que los partidos tradicionales quedan liberados de su influencia y recuperan sus ideales de origen. Lamentablemente, el menemismo que abrevó en los Alsogaray respira con mucho espacio en las entrañas del justicialismo y, por otro lado, el pragmatismo y la enorme debilidad del radicalismo lo arrastra al seguidismo detrás de la nueva derecha política, esta vez clara y nítidamente representada por un partido que, entre la vidriera porteña y los enormes titulares de los grandes medios, está en una colina estratégica para el proceso electoral de este año. Así las cosas, pareciera que el universo político argentino se limita a los peronistas oficialistas por un lado y los demás partidos opositores, incluidos muchos peronistas, por el otro. Ambos son espacios más penetrados por el pensamiento y la práctica conservadoras que por las ideas progresistas y por ello, aunque las tapas de diarios y de tevé pretendan ignorarlo, por afuera de este espacio existe la política de izquierda democrática empecinada en seguir trabajando por la igualdad. Seguramente hoy los votos por la igualdad no sean mayoría, incluso en el seno de los sectores sociales destinatarios de esas políticas, pero quienes pretenden ubicarse en el espacio progresista y están convencidos de seguir esa tradicional lucha que tiene mártires y maravillosos ejemplos en el campo del sindicalismo, de los movimientos sociales y de la política no pueden caer en la misma ceguera en que está cayendo un puñado de dirigentes derrotados política e ideológicamente y enceguecidos por el flash que emana del poder económico concentrado. Algo similar sucedió en los 90 y afortunadamente muchos nos resistimos. Es un flash que deslumbra, pero cuando se extinga su brillo la realidad se va a imponer. Quienes decidan acompañarlo serán corresponsables del retroceso en materia de conquistas laborales y sociales que la derecha política representa. Serán corresponsables del incremento de la desigualdad y del deterioro voraz de nuestro medioambiente y nuestra soberanía. Si en la Argentina de hoy la corriente electoral va a favor de esta derecha, los progresistas debemos más que nunca ofrecer nuestra resistencia y poner en las mesas electorales la opción por la igualdad. Es nuestra responsabilidad ante la historia y en especial ante la sociedad que sufre las políticas de marginación y las sufrirá aún más si una remozada versión del menemismo llega al poder, esta vez sin el más mínimo contrapeso de algún sindicalista o de un dejo de folclore popular como todavía hoy tiene el peronismo. Por ello, quienes entendemos el progresismo como la lucha por la igualdad no confundimos “PROgresismo” con progresismo. Juan José Tealdi Presidente del Partido Socialista en Río Negro Viedma
Juan José Tealdi Presidente del Partido Socialista en Río Negro Viedma
Hace más de dos décadas, el profesor Norberto Bobbio tiró por tierra el vaticinio del politólogo Francis Fukuyama, que se había atrevido a vaticinar el fin de las ideologías entusiasmado por la caída del muro de Berlín y la desaparición del denominado “socialismo real”. Si bien el libro “Derecha e izquierda” del profesor Bobbio no es el primer intento de refutar este pensamiento sí es el que salda el debate concluyendo que izquierda y derecha son los opuestos que se necesitan uno al otro para existir a partir de sus diferencias insalvables. Aunque reconoce que existe una tercera posición intermedia, siempre es un espacio que oscila para un lado o para el otro. Finalmente, concluye Bobbio que la principal característica de cualquier versión de la izquierda es su lucha incansable por la igualdad. Ubicando y respetando al individuo como parte de un colectivo social lucha para eliminar las trabas que hacen al crecimiento de la desigualdad entre los seres humanos. En contraposición, la derecha en sus múltiples versiones acepta la desigualdad como la situación natural de la sociedad y pone al individuo en un lugar diferente según su condición social y económica. Estas posiciones antagónicas existen y se expresan en política a lo largo y a lo ancho del mundo, en todas las sociedades y bajo todos los sistemas políticos. En nuestro país la derecha, a partir de la ley Sáenz Peña, ha tenido una estrategia de incidir o llegar al poder penetrando los partidos tradicionales o golpeando los cuarteles. A partir de las diferentes situaciones que hemos vivido desde 1983 se han dado las condiciones para que la derecha argentina tenga, por primera vez, reales posibilidades de existir de manera independiente sin necesidad de recurrir a esas estrategias. Esto es un dato positivo si lo analizamos desde la tradición golpista de este sector, que no sólo está desinteresado de la igualdad social sino que es el representante de los intereses del capital concentrado que lucra con la desigualdad. Sería otro dato positivo si además significara que los partidos tradicionales quedan liberados de su influencia y recuperan sus ideales de origen. Lamentablemente, el menemismo que abrevó en los Alsogaray respira con mucho espacio en las entrañas del justicialismo y, por otro lado, el pragmatismo y la enorme debilidad del radicalismo lo arrastra al seguidismo detrás de la nueva derecha política, esta vez clara y nítidamente representada por un partido que, entre la vidriera porteña y los enormes titulares de los grandes medios, está en una colina estratégica para el proceso electoral de este año. Así las cosas, pareciera que el universo político argentino se limita a los peronistas oficialistas por un lado y los demás partidos opositores, incluidos muchos peronistas, por el otro. Ambos son espacios más penetrados por el pensamiento y la práctica conservadoras que por las ideas progresistas y por ello, aunque las tapas de diarios y de tevé pretendan ignorarlo, por afuera de este espacio existe la política de izquierda democrática empecinada en seguir trabajando por la igualdad. Seguramente hoy los votos por la igualdad no sean mayoría, incluso en el seno de los sectores sociales destinatarios de esas políticas, pero quienes pretenden ubicarse en el espacio progresista y están convencidos de seguir esa tradicional lucha que tiene mártires y maravillosos ejemplos en el campo del sindicalismo, de los movimientos sociales y de la política no pueden caer en la misma ceguera en que está cayendo un puñado de dirigentes derrotados política e ideológicamente y enceguecidos por el flash que emana del poder económico concentrado. Algo similar sucedió en los 90 y afortunadamente muchos nos resistimos. Es un flash que deslumbra, pero cuando se extinga su brillo la realidad se va a imponer. Quienes decidan acompañarlo serán corresponsables del retroceso en materia de conquistas laborales y sociales que la derecha política representa. Serán corresponsables del incremento de la desigualdad y del deterioro voraz de nuestro medioambiente y nuestra soberanía. Si en la Argentina de hoy la corriente electoral va a favor de esta derecha, los progresistas debemos más que nunca ofrecer nuestra resistencia y poner en las mesas electorales la opción por la igualdad. Es nuestra responsabilidad ante la historia y en especial ante la sociedad que sufre las políticas de marginación y las sufrirá aún más si una remozada versión del menemismo llega al poder, esta vez sin el más mínimo contrapeso de algún sindicalista o de un dejo de folclore popular como todavía hoy tiene el peronismo. Por ello, quienes entendemos el progresismo como la lucha por la igualdad no confundimos “PROgresismo” con progresismo. Juan José Tealdi Presidente del Partido Socialista en Río Negro Viedma
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