Despertares vocacionales



LAURA HOJMAN (*)

La baja anotación de estudiantes en las carreras de ingenierías, tecnológicas y en las ciencias duras de las universidades, producto de un país que dos décadas atrás privilegiaba los “servicios” en lugar de la industria, continúa como debate ineludible de funcionarios, rectores, empresas, industriales y académicos en general. Tras la alerta de gestiones educativas de hace una década respecto de la demanda de miles de puestos de trabajo para la industria del software para empresas informáticas y de la falta de graduados en esas incumbencias se abrieron foros, seminarios y debates de todo tipo sobre el flagelo irreversible. En un momento, algunas gestiones pensaron en incentivar a través de becas y subsidios el estudio de las carreras “duras” y las ingenierías incluyendo el magisterio, que también reclamaba matrícula. Lo cierto es que esos “estímulos” no lograron revertir las preocupantes cifras en las facultades y en el mercado laboral ni frenar el éxodo de estudiantes avanzados de renombradas escuelas técnicas o de los primeros años de las universidades hacia puestos de trabajo sin terminar sus estudios. Tanto el ministro de Educación, Alberto Sileoni, como el de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, coinciden en asegurar que las carreras con más rápida inserción laboral y mejores sueldos están en las áreas de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) y las licenciaturas en sistemas. Luego también aparecen las ingenierías y, en las relacionadas con la ciencia, las matemáticas, la física y la biología. ¿Qué puede hacer, entonces, que los jóvenes no decidan su vocación hacia esos sectores, pensar en la practicidad del trabajo asegurado y el buen salario tras concluir una carrera universitaria en el marco de becas y subsidios? Barañao ofreció a DyN un costado novedoso en la polémica al señalar que la baja matriculación en ingenierías y ciencias duras se debe a la “escasa publicidad e información sobre las carreras y a la falta de exhibición de casos exitosos” para “despertar vocaciones”. Muchos empresarios noveles en la Argentina arman una pyme de algún rubro pero no tienen frente a sí algún referente de modelo o de experiencia que les pueda mostrar un logro o un éxito y esta falta de parámetros o referentes hace que muchos de ellos fracasen, según el jefe de la cartera de Ciencia. Para Barañao hoy todo vale en la estimulación de una vocación. Se pueden promocionar áreas de conocimiento desde la televisión, a través de matemáticos, filósofos o historiadores que cuenten su experiencia y enseñen la disciplina desde un programa, o también hablar de la “utilidad” que reportará el estudio de una determinada especialidad, dejando de lado el ideario de saber por el saber mismo que rigió durante muchos años en la enseñanza argentina. El doctor en Química sostuvo que también se hace difusión con la megamuestra Tecnópolis, donde se apunta no sólo a atraer estudiantes sino también a empresas de investigación y desarrollo (I+D). “Mal de muchos consuelo de pocos”, podría pensarse respecto de la problemática de este sector del conocimiento al ver la loca carrera que libran algunas naciones desarrolladas como Estados Unidos, Canadá, Finlandia y China por renovar sus productos cada cuatro años y ofrecer innovaciones en un mercado que rápidamente los torna “obsoletos”. Pero también comparten algunas de nuestras carencias. Según el presidente estadounidense Barack Obama, en el país faltan alrededor de un millón de ingenieros y unos 500.000 técnicos programadores, necesarios para continuar girando la rueda de la producción y la innovación y para comercializar estos productos. (*) Periodista especializada en Educación. DyN


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