Después de la primavera
James Neilson
No bien comenzó lo que algunos optimistas siguen llamando “la primavera árabe”, los líderes de los países occidentales y los medios de difusión más influyentes, decidieron que se trataba de una versión musulmana de lo que había sucedido veinte años antes en Europa central y oriental. Impresionados por el espectáculo brindado por jóvenes de clase media que, en inglés o francés, reclamaban reformas políticas y empleos decentes, y que para más señas se afirmaban contrarios al fanatismo religioso, festejaron lo que supusieron sería el derrumbe de un conjunto de dictaduras sanguinarias aplastadas por el poder incontrastable de Facebook, Youtube y Twitter. En efecto, casi todos coincidieron en que los países árabes, además de Irán, pronto se transformarían en democracias en las que el papel de los temidos islamistas se asemejaría a aquel de los demócratas cristianos en Alemania. Reconfortados por su interpretación de lo que estaba sucediendo, Barack Obama, Nicolas Sarkozy, David Cameron y otros se comprometieron a ayudar a los revoltosos, de ahí, entre otras cosas, una serie de declaraciones “fuertes” destinadas a apurar la salida de Hosni Mubarak y otros tiranos, las incursiones aéreas de la OTAN en Libia “para proteger a los civiles” contra el vengativo coronel Muammar Gaddafi y, últimamente, la promesa del G8 de entregar a los países “en transición” 40.000 millones de dólares estadounidenses para impulsar la causa democrática. Desgraciadamente para los dirigentes occidentales, y para muchos millones de bereberes, árabes, iraníes y otros, la “primavera” que tanto entusiasmo motivó ya se parece más a un otoño tormentoso que se verá seguido por un invierno largo y gélido. Gaddafi aparte, los dictadores no tardaron en darse cuenta de que no tendrían que preocuparse demasiado por una eventual intervención de las fuerzas de la OTAN. Con ferocidad creciente, están reprimiendo las manifestaciones públicas en su contra. El más brutal es el sirio Bashar al-Assad, jefe de una secta minoritaria que –según sus enemigos no es auténticamente musulmana– tanto él como sus correligionarios saben muy bien lo que les aguardaría si perdieran el poder. También es alarmante la situación en Egipto, donde los cristianos mayormente coptos son blancos de ataques cada vez más frecuentes de islamistas que queman sus iglesias y asesinan a fieles; puesto que aproximadamente el 10% de los 80 millones de egipcios son cristianos, la intensificación del odio religioso amenaza con provocar una explosión de violencia sectaria. Por lo demás, con el presunto propósito de congraciarse con los fanáticos de la poderosa Hermandad Musulmana, el régimen militar ha asumido una postura hostil frente a Israel. Se entiende: en tiempos difíciles, siempre conviene contar con enemigos externos. Para agravar todavía más el panorama que enfrentan los pueblos del África del Norte y el Oriente Medio, las perspectivas de la mayoría de las economías de la región son sombrías. Aun cuando llegaran aquellos 40.000 millones de dólares comprometidos por el G8, Túnez, Egipto, Yemen y Siria no estarían en condiciones de importar todo cuanto necesitaran para alimentar adecuadamente a sus habitantes. Puede que en términos políticos “la primavera árabe” realmente haya merecido el aplauso de quienes quieren creer que los escépticos se equivocaban y que la democracia echará raíces en el Oriente Medio sin que ningún país occidental se sienta obligado a exportarla manu militari, como en Irak, pero en términos económicos ha sido una catástrofe. Por razones comprensibles, escasean los turistas norteamericanos y europeos que se animen a arriesgarse en Egipto o Túnez: su ausencia ha hecho estragos en lo que era una actividad lucrativa. Contingentes nutridos de obreros egipcios han abandonado Libia y los emiratos del golfo Pérsico, privando a sus familiares de las remesas que les permitían sobrevivir. También está en marcha otro éxodo, el protagonizado por miembros acomodados de la clase media que, acompañados por su dinero, están trasladándose a lugares que esperan que les resulte más hospitalarios. Y, lo que es peor aún, en el Oriente Medio el “viento de cola” que tanto nos ha beneficiado es un huracán devastador que ha hecho aumentar hasta niveles sin precedentes los precios de los alimentos que muchos países tienen forzosamente que importar. Ante las convulsiones que están agitando una vasta región ya terriblemente conflictiva, los líderes occidentales, con el respaldo de un ejército de intelectuales bienpensantes, han decidido aferrarse a la esperanza de que, no obstante las apariencias, los tiranos, cleptócratas y fanáticos religiosos se vean reemplazados pronto por demócratas laicos capaces de llevar a cabo una revolución modernizadora. En vista de las alternativas, tal actitud puede entenderse, pero esto no quiere decir que sea realista. Todos los países, tanto los más ricos como los más pobres, están luchando por adaptarse a los cambios impulsados por el progreso tecnológico. Todos están en crisis. Pero aunque los desafíos económicos y sociales que preocupan a los gobernantes del mundo rico son más que suficientes como para mantenerlos plenamente ocupados, resultan menores en comparación con los enfrentados por los árabes, cuyas sociedades son aún menos “competitivas” que las latinoamericanas. Por cierto, los 40.000 millones de dólares de que se habla no servirán para mucho: el “rescate” propuesto para la pequeña Grecia costaría por lo menos cuatro veces más, pero pocos se sorprenderían que necesitara 500.000 millones para cubrir la deuda pública que los políticos griegos se las han ingeniado para acumular. El panorama sería menos ominoso si los países occidentales sintieran confianza en su propio destino. En tal caso, los demócratas árabes se sabrían acompañados por quienes parecen estar seguros de lo que están haciendo. Sin embargo, por una multitud de motivos –demográficos, culturales, socioeconómicos, lo difícil que es crear fuentes de trabajo para todos–, el Occidente se encuentra tan desmoralizado que los problemas que día tras día siguen surgiendo en el arco de países dominados por el islam sólo le motivan temor. Pedirle ayuda, pues, es virtualmente inútil, pero sin dosis masivas de ayuda el futuro de los países del extenso mundo musulmán y, tal vez, de sus vecinos, será aún más trágico que su pasado.
SEGÚN LO VEO
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