¿Deuda eterna?
¿Deuda eterna? Es posible "cambiar la historia". Todo dependerá de lo que hagan los dirigentes políticos.
Ya consciente de que el «cambio de expectativas» que ha estimulado no resultará suficiente como para reanimar la alicaída economía nacional, Domingo Cavallo ha tenido que recurrir a remedios menos subjetivos. Además de ordenar nuevos ajustes e impuestazos -dadas las circunstancias, no le quedaba otra alternativa-, ha comenzado a reprogramar el pago de una parte sustancial de la abultada deuda externa aunque, huelga decirlo, a diferencia de ciertos dirigentes políticos quiere que el operativo sea «voluntario y amistoso, no compulsivo». Para lograr su propósito, el superministro ha ofrecido a los acreedores la opción de canjear bonos que están por vencer por nuevos títulos que sean pagaderos diez o veinte años más tarde. En otras palabras, se trata de aplazar la hora de la verdad un par de décadas más con la esperanza de que en el ínterin la economía crezca de forma tan vigorosa, que para el país le resulte fácil soportar un peso que en la actualidad le parece asfixiante.
Si bien a esta altura muchos tanto aquí como en el exterior sospechan que la Argentina nunca conseguirá librarse de una deuda que en su opinión terminará aplastándola, la tesis de Cavallo dista de ser caprichosa. Como él mismo ha subrayado en diversas ocasiones, en los años noventa un país, Irlanda, se las arregló para reducir drásticamente la magnitud relativa de una deuda supuestamente inmanejable creciendo a un ritmo sumamente rápido gracias a las inversiones de grandes empresas norteamericanas, europeas y japonesas. Claro, antes de merecer tales aportes los irlandeses tuvieron que llevar a cabo una serie de cambios profundos, de los cuales los más notables se concretaron en el ámbito de la educación, pero sus esfuerzos han resultado tan exitosos que lo que hasta hace poco era uno de los países más pobres de Europa occidental ya se incluye entre los más ricos.
¿Está la Argentina en condiciones de emular a Irlanda? En teoría, debería de estarlo a pesar de que las dificultades que enfrenta sean decididamente mayores. Mientras que Irlanda integra la Unión Europea, una fuente hasta ahora casi inagotable de «fondos de cohesión» y cuenta con menos de cuatro millones de habitantes, la Argentina no tiene derecho a subsidios de ninguna clase y su población, diez veces mayor, es en su mayoría más pobre y menos instruida. Con todo, no es necesario ser un optimista delirante para suponer que siempre y cuando el grueso de la población logre adaptarse a las pautas imperantes en todo el mundo desarrollado, rechazando de una vez y para todas la cultura política y económica que la ha mantenido atrapada en el atraso, el país será capaz de avanzar por el mismo derrotero que ya han trazado no sólo Irlanda sino también España y, una generación antes, Italia. Después de todo, hasta hace treinta años, abundaban los convencidos de que por razones sociales y culturales aquellos países nunca podrían llegar a tener economías capitalistas modernas, juicio que, por fortuna, se vería refutado por lo que en efecto ocurriría.
Así, pues, es perfectamente posible «cambiar la historia», pero esto no quiere decir que sólo sea una cuestión de esperar a que el transcurso del tiempo produzca las modificaciones precisas. En última instancia, todo dependerá de lo que hagan los dirigentes políticos. Si éstos continúan colaborando con los comprometidos con intereses creados luchando contra el cambio so pretexto de estar defendiendo al «pueblo» contra los horrores del mundo moderno, la reprogramación de la deuda que ha emprendido Cavallo sólo servirá para asegurar que cuando el default finalmente sea impostergable, la suma adeudada sea mucho más grande de lo que ya es y que las consecuencias para todos sean incomparablemente más penosas. En cambio, si una proporción adecuada de los políticos se pusiera a impulsar las reformas necesarias para que la Argentina se convierta en un país más productivo, más eficaz y más justo, en el futuro se recordará el consenso actual de que la deuda nos está impidiendo crecer con la misma extrañeza que sienten los irlandeses al pensar en el pesimismo económico extremo que caracterizaban a sus líderes aun cuando ya estaba poniéndose en marcha lo que sería el proceso de enriquecimiento más impresionante de la Europa contemporánea.
Ya consciente de que el "cambio de expectativas" que ha estimulado no resultará suficiente como para reanimar la alicaída economía nacional, Domingo Cavallo ha tenido que recurrir a remedios menos subjetivos. Además de ordenar nuevos ajustes e impuestazos -dadas las circunstancias, no le quedaba otra alternativa-, ha comenzado a reprogramar el pago de una parte sustancial de la abultada deuda externa aunque, huelga decirlo, a diferencia de ciertos dirigentes políticos quiere que el operativo sea "voluntario y amistoso, no compulsivo". Para lograr su propósito, el superministro ha ofrecido a los acreedores la opción de canjear bonos que están por vencer por nuevos títulos que sean pagaderos diez o veinte años más tarde. En otras palabras, se trata de aplazar la hora de la verdad un par de décadas más con la esperanza de que en el ínterin la economía crezca de forma tan vigorosa, que para el país le resulte fácil soportar un peso que en la actualidad le parece asfixiante.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora