Dilemas energéticos



En cierto sentido, es una suerte que la economía haya dejado de crecer a tasas apropiadas para China y otros tigres asiáticos, ya que en tal caso sería necesario importar muchísima más energía, lo que haría trizas lo que todavía queda del superávit comercial que era uno de los pilares del “modelo” kirchnerista y muy pronto provocaría una crisis financiera sumamente grave. Se trata de una de las contradicciones básicas del esquema que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sigue reivindicando con vehemencia pero que, según parece, ha comenzado a modificar adoptando algunas medidas “ortodoxas”. De todas formas, para que la economía nacional creciera a un ritmo equiparable con el alcanzado por los países “emergentes” considerados más exitosos tendría que contar con cantidades cada vez mayores de energía pero, por motivos políticos, cuando no electoralistas, a comienzos de “la década ganada” el entonces presidente Néstor Kirchner optó por obligar al sector energético a operar a pérdida porque, señalaba, había prosperado en los infames años 90 y por lo tanto le correspondería conformarse con ganancias más reducidas. La reacción de las empresas fue previsible: dejaron de invertir más de lo necesario para sobrevivir, con el resultado de que andando el tiempo mermaron las reservas comprobadas de petróleo y gas y cayó la producción. La tendencia así supuesta no parece estar por revertirse. Según las cifras disponibles, en el primer cuatrimestre de este año se extrajo un 5,6% menos de crudo que en el mismo período del 2012 y un 7,4 menos de gas. Asimismo, el mes pasado las importaciones de energía costaron 1.150 millones de dólares, lo que hace prever que este año el total gastado para comprar energía se acerque a 15.000 millones, mientras que las exportaciones apenas llegarán a los 4.500 millones de dólares. Si la Argentina fuera un país como Japón, sin muchos recursos naturales de este tipo, el déficit energético no sería motivo de polémicas, pero sucede que en buena lógica a esta altura debería ser autosuficiente, mientras que en el yacimiento neuquino Vaca Muerta posee un depósito de gas shale que, en opinión de los especialistas, está entre los más ricos del planeta, comparable con los de Estados Unidos que están revolucionando el panorama energético mundial. La explotación de aquel tesoro oculto bajo tierra se ha visto demorada por la desconfianza universal hacia el gobierno kirchnerista. Empresarios petroleros que están acostumbrados a trabajar en las regiones más conflictivas del mundo prefieren no arriesgarse invirtiendo en la Argentina por entender que, si encuentran nuevas reservas importantes, el gobierno podría apoderarse de ellas por lo de la “soberanía hidrocarburífera”. Con todo, la petrolera norteamericana Chevron, que acaba de verse beneficiada por un fallo de la Corte Suprema que revocó el embargo de 19.000 millones de dólares derivado de un juicio en contra de otra empresa, Texaco, que había comprado doce años antes, por los daños ambientales que supuestamente ocasionó en Ecuador, cree que valdrá la pena colaborar con YPF en Vaca Muerta, apostando por que el gobierno comprenda que hay tanto en juego que no le convendría maltratarla. El simbolismo es una cosa, la realidad económica es otra. Para el gobierno, la expropiación del grueso de las acciones de Repsol en YPF fue políticamente provechosa por lo que representa la empresa petrolera emblemática en la imaginación nacional, pero en términos económicos fue un desastre. La medida asustó a tanta gente que se intensificó enseguida la sangría de divisas que aún continúa, mientras que los inversores decidieron que, dadas las circunstancias, sería mejor boicotear a la Argentina. Para recuperar el terreno así perdido, el gobierno actual y sus sucesores tendrían que convencer a los inversores en potencia de que están resueltos a respetar sus intereses legítimos, pero los eventuales beneficios de una eventual estrategia más pragmática tardarán en concretarse. Por cierto, no podrían llegar a tiempo para impedir que “el modelo” de Cristina comparta el destino de tantos otros de carácter voluntarista que, si bien sirvieron para permitir a los gobiernos responsables de engendrarlos lograr algunos triunfos electorales, terminaron hundiéndose en medio de una crisis caótica.


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