Don Domingo también…
Vivieron la Argentina como pasión. Pensarla. Pensarla en términos de progreso. De rasparle las profundas huellas del pasado colonial que aún tenía impregnado en el tiempo que les tocó vivir.
ENTREVISTA
No alcanzaron a cruzarse en términos de tiempo de protagonismo político. Manuel Dorrego se fue prácticamente sin saber de Domingo Faustino Sarmiento. Éste sí supo del primero. Y seguramente en el largo y cruelmente dirimido desencuentro ideológico que signó más de medio siglo de nuestra historia en el siglo XIX, se hubiesen mirado con rostro fiero.
Pero ambos compartieron mucho más de lo que se pueda imaginar a la hora de reflexionar cómo fueron sus pasos por la jadeante historia del país que les tocó. Hoy, de ambos bien se podría haber dicho que eran «políticamente incorrectos». Molestaban. Molestaban por el descarnado sinceramiento, siempre ajustado a argumentos racionalmente construidos con que se definían. Molestaron incluso por irreverentes ante muchas de las vacas del poder que se daban por consagradas sin más.
Espíritus inquietos al fin, Dorrego y Sarmiento fueron dos de los primeros argentinos en percibir la calidad de decisiones con que Estados Unidos construía sus instituciones. Su sistema político. Su división de poderes. El rol que en el marco de un federalismo, aún debatiéndose en contradicciones, era la clave para el funcionamiento del país.
Desde esa perspectiva, ambos forman parte del lote de argentinos que no se encandilaron con Europa. Es más, rescatando sólo a Inglaterra, Sarmiento la recorrió y criticó agriamente a parte de esa Europa: Francia y España, por caso. No ahorró adjetivos. Vagos. Autoritarios. Como ha dicho el muy talentoso y español Juan Goytisolo, «nos lijó hasta la médula». O «la decepción europea», como definirá Félix Luna las consecuencias de aquel periplo del sanjuanino.
Y Dorrego y Sarmiento dejaron estampados en escritos que la historia revuelve con cierta pesadez -cuestión que no atañe al entrevistado en estas páginas en relación al primero- sus impresiones sobre el EE. UU que conocieron.
Tulio Halperín Donghi sostiene que el sistema americano le ratificó a Sarmiento el valor de la educación en la conformación de la Nación. Recordemos que la educación desvelaba a Sarmiento, quien a los 15 años, en su San Juan y con la ayuda de un tío cura, fundó una escuela que tenía dos alumnos. «El ejemplo de EE.UU lo persuadió de que la pobreza del pobre no tenía nada de necesario. Lo persuadió también de algo más: la capacidad de distribuir bienestar a sectores cada vez más amplios no era tan sólo una consecuencia socialmente positiva del orden económico que surgía en ese país, sino una condición necesaria para la viabilidad de ese orden», dice Halperín Donghi en «Una Nación para el desierto argentino».
(Gabriel Di Meglio es doctor en Historia por la UBA. Es autor, entre media docenas de libros publicados, de «Historia de las clases populares en la Argentina desde 1516 hasta 1880»).