Dos clases de emergentes
Aunque muchos economistas y presuntos expertos en temas geopolíticos tratan a los países “emergentes” como si conformaran un bloque homogéneo, una propensión que tiene consecuencias concretas ya que los inversores, alarmados por lo que sucede en uno, a veces optan por retirarse de otros en busca de más seguridad, acaso lo único que todos tienen en común sea su pobreza relativa. Sin embargo, mientras que algunos, entre ellos Brasil y la Argentina, deben su crecimiento reciente en buena medida a la abundancia de recursos naturales cuyos precios se ven fijados por el resto del mundo, otros, comenzando con China, han privilegiado sus propios recursos humanos. Se trata de una diferencia fundamental que es de prever cobrará cada vez más importancia en los años próximos. Como los países que se han visto favorecidos por “el viento de cola” procedente del Extremo Oriente han descubierto últimamente, de por sí el boom de las commodities no ha sido suficiente como para garantizar el desarrollo sustentable. Aun cuando se mantengan por mucho tiempo, los ingresos así posibilitados se parecen a subsidios que, lejos de estimular los esfuerzos por mejorar el desempeño de los diversos agentes económicos, pueden brindar la impresión de que no será necesario impulsar reformas políticamente difíciles. He aquí una razón por la que, para frustración de los gobernantes, las economías tanto de Brasil como de nuestro país han entrado en una etapa de estancamiento de la que no les será del todo fácil salir. Mal que les pese a los acostumbrados a “pensar en grande”, después de alcanzar un nivel determinado de desarrollo, las eventuales mejoras dependerán de una multitud de cambios menores. El gobierno de China, un país geográfica y demográficamente enorme, se ha visto obligado a concentrarse en aprovechar los recursos humanos, privilegiando la educación, porque no puede depender de los recursos naturales que posea. Ha contado con la ventaja de una tradición de miles de años de respeto por el intelecto que influye en la conducta de virtualmente todos, incluyendo a campesinos apenas alfabetizados, que están dispuestos a sacrificar sus propios intereses personales para que sus hijos logren adquirir los conocimientos que creen precisos para abrirse camino en una sociedad sumamente competitiva. Si bien les costará mucho a los chinos enfrentar los problemas causados por el envejecimiento generalizado que, lo mismo que en Europa, no podrían sino obstaculizar el desarrollo, entienden que la clave del progreso material consistirá en el grado de preparación alcanzado por las generaciones futuras. En muchos otros países presuntamente “emergentes” las prioridades son distintas. Por desgracia, parecería que la Argentina forma parte del grupo que confía más en los recursos naturales que en la capacidad de sus habitantes, ya que, a juzgar por los resultados de pruebas como las de PISA (el Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes, por su sigla en inglés) en el período de crecimiento macroeconómico muy rápido, nuestro sistema educativo se deterioró de manera llamativa. Después de aventajar, durante más de un siglo, a los demás países latinoamericanos en este ámbito tan importante por un margen muy grande, nos hemos visto superados por vecinos como Chile, Uruguay y hasta Brasil, sin que nadie parezca saber muy bien los motivos del retroceso. Con todo, sería razonable imputarlo a factores como la proliferación de paros docentes y la sensación difundida de que el éxito de cada uno tiene poco que ver con la educación. Asimismo, es evidente que hay una diferencia inmensa entre la actitud frente a la educación de los pobres de la China nominalmente comunista y los de la Argentina populista. Aquellos están realmente convencidos de que les corresponde esforzarse mucho por asegurar que sus hijos consigan la mejor educación posible; no se les ocurre considerarse víctimas pasivas de un sistema intrínsecamente injusto. En cambio, parecería que en nuestro país la autocompasión colectiva es normal y que por lo tanto hay un consenso de que, a menos que se concrete pronto una transformación social poco probable, sería inútil esperar que los jóvenes emulen a sus coetáneos del este asiático que, para asombro de los demás, prefieren estudiar con ahínco a perder el tiempo mirando fútbol por televisión o preocupándose por las vicisitudes de ídolos populares.