Reconocido antropólogo advierte: «Hay un enorme divorcio entre la mirada de Milei y la realidad que vive la gente»

ENTREVISTA │ En diálogo con RÍO NEGRO, el sociólogo y antropólogo Pablo Semán analizó la disonancia entre los datos que esgrime el gobierno y la percepción del ciudadano de a pie. Analizó el cambio en hábitos de consumo, y señaló que la Canasta Básica ya no es un fiel indicador de los niveles de pobreza.

Por Facundo Iglesia

Hace dos semanas, el Gobierno Nacional celebró la publicación del índice de pobreza, que según el INDEC se ubicó en el 28,2% de la población, el nivel más bajo en siete años.
Además, el Presidente Javier Milei y varios funcionarios de primera línea aseguran constantemente que “el consumo está en sus máximos históricos”.


La disonancia no se ve solo cuando se contrastan estos indicadores con los de consultoras privadas, que tienen métodos distintos a los del INDEC: canastas más actualizadas en el caso de la pobreza y relevamientos de tickets cuando se trata de consumo. El contraste también se ve en la calle.


Hace más de dos años que Pablo Semán, sociólogo, antropólogo, experto en cultura popular y coautor y coordinador de la obra “Está entre nosotros: ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir?” (Siglo XXI, 2023), sigue lo que sucede con el gobierno de Milei respecto a los sectores populares, con foco en los jóvenes.


Según su racconto, desde mediados de 2024 hasta marzo de 2025, la política antiinflacionaria de Milei mostró resultados concretos y la estabilidad cosechó apoyo, a pesar del ajuste.
Pero el recalentamiento del mercado cambiario a lo largo de ese año y la aparición de casos de corrupción en el seno del gobierno, comenzaron entonces a carcomer la legitimidad de la administración libertaria.


En las elecciones de 2025, dice Semán, los votantes de Milei que se habían desmovilizado se activaron “frente al riesgo de devaluación, caos económico y retorno de la oposición”. “Hoy, aunque el mercado cambiario mejoró, la inflación volvió a empeorar y, sobre todo, empeoraron los ingresos. No se recompusieron al ritmo de los precios y además hay pérdida de trabajos, changas, ingresos informales”, afirma, en diálogo mano a mano con RÍO NEGRO. “Hoy la gente tiene que administrar más inflación con menos recursos”, afirma.

Los cambios de hábito son obligados por el escenario. En sectores medios hay sustitución por segundas marcas que son iguales en calidad pero que no tienen el mismo prestigio. En sectores bajos, hay espaciamiento de consumos, se compra más ropa usada o importada barata.


En esta entrevista, Semán habla sobre cómo se experimenta la crisis económica y cómo impacta el relato celebratorio del gobierno en los barrios populares.

PREGUNTA: ¿Cómo se gestiona esta narrativa de crecimiento récord y auge económico en los sectores populares? ¿Qué estrategias advierten entre las familias de menores recursos?
RESPUESTA: La gente pierde cosas todo el tiempo. Se acortan los tiempos libres, las posibilidades de ocio —por el costo del transporte o la inseguridad, que se agrava con el empeoramiento económico— y también los lazos sociales, porque hay una “economización absoluta” de la vida cotidiana: la gente evita vínculos que implican pérdidas, porque no soporta más pérdidas. Hay algo muy sintomático, que es que los cumpleaños o fiestas se reducen cada vez más: “si vos no sos recíproco conmigo, yo no puedo invitarte”. Se advierte que hay ansiedades, hay depresión, un escepticismo político muy marcado y bastante menos esperanza en el futuro.

P: ¿En qué otros ejemplos se ven la economización y la pérdida de lazos?
R:
Es muy evidente en la reducción del gasto en general. Entre las familias, se procura una conectividad más barata, menos salidas. Entre las empresas, es muy marcada la crisis en la gastronomía por falta de demanda, o una marcada crisis en la industria textil y alimenticia.

P: ¿Existen situaciones diversas en base al nivel de ingresos?
R:
En cada nivel socioeconómico, hay distintas estrategias: en sectores medios hay una percibida “compra inteligente”, como la sustitución por segundas marcas que son iguales en calidad pero que no tienen el mismo prestigio. En sectores bajos, aparecen las marcas directamente “Z”. También hay espaciamiento de consumos, se compra más ropa usada o importada barata.

P: Mencionabas una pérdida de esperanza. ¿Cómo se manifiesta eso en términos de interpretación política y sociológica?
R:
Hubo un pasaje desde la incertidumbre inicial a una esperanza basada en la baja de la inflación, incluso con aceptación del ajuste. Después eso derivó en escepticismo, cuyo primer síntoma fue el ausentismo electoral en 2025. El sistema político, entonces, funciona con menos legitimidad porque cada vez menos gente lo considera un mecanismo válido.

Las organizaciones sociales vienen de un ciclo de pérdida de legitimidad desde el final de la pandemia. Los piquetes no eran populares para nadie: ni para los que tenían que ir ni para los que tenían que soportar. Las organizaciones pasaron de ser un refugio a un castigo.

P: En el oficialismo desacreditan la idea de que cayó el consumo ¿Hay signos que revelen dificultades reales para el acceso de las familias a una canasta básica de bienes y servicios?
R:
Hoy, la gente trabaja para consumir al día siguiente. Hay familias que reducen comidas —de cuatro a dos, que incluyen una fuerte y otra más o menos—. Hay una mirada muy pesimista hacia adelante. El proyecto ya es “lo mejor que me puede pasar es perder lo menos posible”. Ese es el nuevo “optimismo”.

P: Los libertarios critican mucho a las organizaciones sociales. ¿Cómo se ve hoy su rol, sobre todo con los recortes?
R:
Las organizaciones sociales vienen de un ciclo de pérdida de legitimidad desde el final de la pandemia. Primero, porque se percibía que quienes tenían vínculos con las organizaciones estaban mejor que los que no, lo que generó inquinas intra-sectores populares. Hacia el final de la pandemia, la inflación deterioró los ingresos que ofrecían y los volvieron irrelevantes. Fue un momento de mucho autoempleo, emprendimiento y aplicaciones.

P: ¿Hay una desacreditación que surge de parte de las propias bases de las organizaciones?
R:
Es una realidad. Mucha gente que tenía dependencia con organizaciones sociales descubrió que la organización le daba poco y le exigía mucho. Y que podía suplir esos ingresos con un viaje de Uber. Además, crecieron las sospechas de corrupción y la percepción de maltrato. Los piquetes no eran populares para nadie: ni para los que tenían que ir ni para los que tenían que soportar. Las organizaciones pasaron de ser un refugio a un castigo.

P: ¿Y hoy?
R:
Hoy no se recuperaron. Perdieron legitimidad, recursos estatales y además enfrentaron políticas de disciplinamiento y represión. El gobierno, con poca resistencia, pudo avanzar fácilmente en ese sentido. No volvieron a ser populares. El Gobierno, además, aumentó muchísimo las transferencias directas vía ANSES, que son ingresos que no alcanzan, pero son una referencia importante en los barrios populares y no están intermediadas por organizaciones sociales.

P: ¿Y qué pasa en el territorio con la militancia libertaria?
R:
Obviamente, critican a las organizaciones sociales y defienden la política de asistencia del gobierno, que Milei siempre dijo que iba a mantener. Cuando él llegó al gobierno, no tenía equipo y se dio la tarea de densificar organizativa, política e ideológicamente su espacio político. Y muchos militantes pasaron a ser funcionarios del Estado. Hay mucha crítica al Estado y al empleo político, pero finalmente, el partido del Gobierno también cayó en eso. Las ventajas que tienen los funcionarios en el nivel más alto — lo que se conoció de los créditos, por ejemplo —, también se dan más abajo.

P: ¿Le cuesta al gobierno la sensibilidad de la calle?
R:
Hay una militancia mileista que entró en una especie de burbuja de invulnerabilidad, de no saber lo que le está pasando a la gente, porque están dedicados a defender al gobierno del cual depende su trabajo.

P: ¿Que opina sobre la estadística oficial de pobreza? El gobierno destaca que bajó según el INDEC…
R:
Todos los gobiernos construyen una retórica sobre la pobreza que es un discurso para validar sus políticas. Sucede que el indicador del INDEC es bastante mezquino: es un conjunto de bienes que definen la línea de pobreza y hay una población que se mueve hacia abajo o hacia arriba. Pero esa canasta es absolutamente irrelevante para medir ya no la pobreza, sino el malestar de la población. Que alguien pueda comprar 10 galletitas, un paquete de yerba y un kilo de carne más no cambia la transmisión intergeneracional de la pobreza o las posibilidades de educarse o de ser más empleable.

P: No obstante, ese no es un flagelo que se pueda asignar solo a esta gestión…
R:
La mayor parte de los argentinos, desde el 89 en adelante, ha ido perdiendo. No quiero ser decadentista: no es un un plano inclinado. Hubo contratendencias, pero fueron insostenibles. Se sustituyó la movilidad social ascendente, que era transmitir un patrimonio entre generaciones, por consumo espurio. Hubo fluctuaciones muy altas, con un indicador que subregistra la pobreza, de gente que sube y baja de la línea de pobreza. Además, se mide con una estructura de consumo que cambió mucho. Hay privaciones que no se están registrando. La línea de pobreza seguramente hoy está en otro lado: hay más pobres.

Perfil


Pablo Semán es Licenciado en Sociología (UBA) y Doctor en Antropología Social (UFRGS, Brasil).
Es investigador principal del Conicet de Argentina y profesor del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martin (UNSAM).
Publicó 13 libros y más de 60 artículos científicos. Sus últimos títulos son: “Vivir la fe: entre el catolicismo y el pentecostalismo, la religiosidad de los sectores populares en la Argentina” (2021) y “Está entre nosotros” (2023).


Hace dos semanas, el Gobierno Nacional celebró la publicación del índice de pobreza, que según el INDEC se ubicó en el 28,2% de la población, el nivel más bajo en siete años.
Además, el Presidente Javier Milei y varios funcionarios de primera línea aseguran constantemente que “el consumo está en sus máximos históricos”.

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